Juan Valera: el esteticismo clasicista liberal que ha viajado mucho y no se ha enterado de (casi) nada. Crítica a Juan Valera por su análisis de Los miserables de Victor Hugo

Posted on 2026/06/04

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Una crítica de Juan Valera a Los MiserablesPrimera parte. Fantina. Por Víctor Hugo. Fuente en Cervantes virtual

El análisis de Juan Valera sobre Los Miserables es, bajo su deslumbrante pátina de corrección estilística, el epítome de la crítica del «señorito de casino»: una lectura que destila el provincianismo burgués y el esteticismo mundano de quien juzga las tragedias del arroyo desde la comodidad de una tertulia de ociosos. Incapaz de procesar la hondura mística de la obra, Valera despacha el milagro de la redención con la mentalidad de un contable enfurecido.

Su obsesión con que el obispo Myriel retenga «a la chita-callando» las alhajas robadas de Nuestra Señora de Embrun para socorrer a los desvalidos revela una santificación absoluta de la propiedad privada por encima de cualquier justicia evangélica.

Para este crítico de orden, la caridad es una transacción administrativa que no debe alterar los balances; no logra entender que la transformación de Juan Valjean tras el robo de los cubiertos no es una «inconsecuencia de carácter», sino una crisis espiritual profunda que escapa a la causalidad mecánica de sus manuales de lógica de hortera salón burgués. Además, debería saber que estamos hablando de literatura. Se conoce que sus prejuicios de clase le nublan su sagacidad habitual

Esta ramplonería moral tan garbancera típica de Españita, se vuelve verdaderamente obscena cuando Valera desciende al análisis sociológico, demostrando una ignorancia criminal y una ceguera absoluta frente a la realidad histórica de la miseria decimonónica. Con un machismo recalcitrante disfrazado de sentido común, despacha los padecimientos de Fantina decretando que la joven hace «todas las cosas al revés de como se hacen» y que sus desgracias se deben simplemente a que «era tonta». Calificar de «fenómeno extraordinario» que una madre soltera repudiada no encuentre trabajo honrado en el París de la Restauración demuestra la desconexión total de un aristócrata que jamás se enteró de cómo funcionaba el mundo real.

En la Francia de 1830, la condición de fille-mère (madre soltera) conllevaba la muerte civil y laboral absoluta. Las fábricas y los talleres textiles operaban bajo un severo control moral burgués donde el descubrimiento de un hijo ilegítimo implicaba el despido fulminante para «no contaminar» al resto. Al no existir ningún tipo de derecho o subsidio, estas mujeres eran condenadas a la exclusión inmediata. Lo que a Valera le parece una «extravagancia» narrativa de Hugo era, en realidad, el pan de cada día para miles de parisinas.

Su mentalidad de casino llega al colmo del cinismo cuando censura el desamparo de la protagonista sugiriendo que, en su caída, «hubiera debido buscar amigo más decente, que, en vez de apalearla, la diera para mantener a su niña». Valera reduce la prostitución de supervivencia a una mera cuestión de mal gusto o de mala elección de clientela.

Omite de forma flagrante que las mujeres arrojadas a la indigencia extrema no alternaban en los salones con «caballeros distinguidos», sino que pasaban a ser insoumises (prostitutas clandestinas no registradas), perseguidas con brutalidad por la Police des mœurs (policía de costumbres). Malvivían hacinadas en los distritos más degradados de París, expuestas a las enfermedades venéreas, a la extorsión de proxenetas y a la violencia cotidiana de los bajos fondos; no había «margen de elección» cuando la alternativa a un cliente violento era ver morir de inanición a su hijo esa misma noche.
Del mismo modo, el crítico rechaza el descarnado realismo de la escena del sacamuelas tachándola de «calumnia al género humano» y un «diluvio de disparates».

La historiografía material de la miseria del siglo XIX vuelve a dejar a Valera en ridículo: el comercio de cabello humano para las pelucas de la alta sociedad florecía a costa de las desposeídas, y antes del desarrollo de la porcelana, las prótesis dentales de los ricos se fabricaban con dientes sanos arrancados a personas vivas en extrema pobreza a cambio de sumas miserables.

Hugo no inventó una truculencia macabra; retrató un mercado caníbal perfectamente activo. Pero si la fealdad de la realidad le revuelve el estómago burgués, el señorito prefiere decretar que el autor miente antes que admitir que su idílica sociedad cobija semejantes monstruosidades. Lo mismo hacían con Zola.

Donde la mala fe de esta crítica reaccionaria se vuelve más evidente es en la construcción del «hombre de paja» con el que intenta dinamitar el calado político de la novela, especialmente en el encuentro entre el obispo y el convencional moribundo. Para hacer la gracia cuñada de tertuliano asustado ante el fantasma de la revolución, Valera deforma y simplifica ridículamente el texto de Hugo.
El crítico asegura en su artículo que los discursos del viejo revolucionario no tienen nada de filosóficos ni profundos, y caricaturiza su postura afirmando que el convencional viene a decir que “la letra con sangre entra, viene a decir el convencional, y por otra parte, si la revolución mató a algunos inocentes, a muchos más mató Herodes”.

Esta burda tergiversación es el recurso clásico del rancio que necesita infantilizar el argumento del oponente para no confesar su propio pánico al cambio de régimen. Valera esconde deliberadamente la monumentalidad del diálogo original, donde el convencional revolucionario no hace chistes de patio de colegio rebota en tu culo explota, sino que confronta al obispo con una lucidez teológica e histórica devastadora. Cuando el prelado le reprocha con severidad el año 93 y la muerte de Luis XVII, el viejo moribundo no responde con una chulería sangrienta, sino devolviéndole el espejo de la historia secular de opresión:

«¿Por quién lloráis? ¿Por el niño inocente? Entonces, bien, yo lloro con vos. ¿Es por el niño real? Os pido que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado de los sobacos en la plaza de Gréve hasta la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos digno de compasión que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Temple»»

El revolucionario no minimiza la sangre; exige una balanza justa en la que no pese más la sangre azul:

«Lloremos por todos los inocentes, por todos los mártires, por todos los niños; lo mismo por los de arriba que por los de abajo… Y si la balanza debe inclinarse, que sea del lado del pueblo. Hace más tiempo que sufre».

Valera, asustado ante la pérdida de sus propios privilegios de clase, prefiere inventarse a un jacobino embrutecido antes que confrontar la demoledora réplica del convencional a las jerarquías eclesiásticas.

El revolucionario desnuda la hipocresía de esos «hombres dorados, blasonados, ricos… que tienen gruesas prebendas… que comen pollo los viernes… y que andan en carroza en nombre de Jesucristo, ¡que andaba con los pies desnudos!»», forzando al obispo a balbucear un humilde «Vermis sum» (un guasano soy). Cuando el prelado insiste en la crueldad de Marat, el convencional asesta un golpe de acero que a Valera le causa un síncope intelectual:

«¿Qué pensáis vos de Bossuet, cantando el Te Deum sobre las dragonadas?», recordándole que la monarquía que el crítico defiende ataba a las madres hugonotes desnudas para que sus hijos murieran de hambre mientras les exigían abjurar de su conciencia.

«Señor, recordad esto: la Revolución francesa ha tenido sus razones… De sus más terribles golpes brota una caricia para el género humano», sentencia el moribundo. Al final, no es un ateo sanguinario el que habla, sino un místico de la justicia que confiesa que «el yo del infinito es Dios» tras haber dedicado su vida a la patria: «He sido uno de los dueños del Estado; las cajas del Banco estaban llenas de plata y oro… y, entretanto, yo comía en la calle del Árbol Seco, por veintidós sueldos. He desgarrado la sábana del altar, pero ha sido para vendar las heridas de la patria».

Valera pasa sistemáticamente de las verdaderas palabras del moribundo porque no puede citar al convencional cuando este silencia los reproches con una metáfora histórica inapelable:

«Una nube se ha formado durante mil quinientos años. Al cabo de quince siglos, ha estallado la tormenta. Vos procesáis al rayo»

El crítico calla porque carece de argumentos ante el filósofo que le recuerda a la Iglesia su complicidad con el verdugo de ochocientos años, mientras derrama lágrimas selectivas por el verdugo de un solo día. Ante la imposibilidad de demoler semejante catedral política, prefiere degradar la escena al nivel de una chanza de casino provinciano y reírse de su propia manipulación.

Esta misma necesidad de proteger el statu quo lo lleva a glorificar el orden judicial burgués y a construir una visión idílica de las instituciones. Valera sostiene con ingenuidad pasmosa que la encrucijada de Juan Valjean en Arras es falsa porque, en el mundo real, a un rico industrial, alcalde y filántropo, cualquier tribunal lo habría indultado de sus faltas pasadas «a la chita-callando».

Sin darse cuenta, el crítico confiesa la gran verdad de su clase: que la ley solo debe ser implacable con los desheredados y complaciente con los poderosos. Le resulta «monstruoso» y «absurdo» que la justicia detenga al señor Madeleine adinerado, porque para él la verdadera función del orden social es proteger las fábricas de azabache falso y mantener a los verdaderos miserables en el rincón que les corresponde.

El esteticismo de salón de Valera se delata definitivamente cuando acusa a la musa de Víctor Hugo de «revolcarse en el lodo con deleite» al retratar la degradación de Fantina. Para el crítico mundano, la literatura debe ser un adorno pulcro, un objeto de evasión que no ensucie las alfombras del club; el dolor humano solo es tolerable si se presenta bien peinado y con modales decentes. Su mezquindad estética culmina en ese ridículo reproche final en el que se lamenta de que Juan Valjean «nunca tratase de devolver sus cubiertos al obispo».

Valjean devolvió el favor transformando su existencia, redimiendo su alma y salvando vidas enteras, cumpliendo el mandato místico de Myriel de comprar su alma para el bien. Pero para el horizonte mental de un señorito de casino que sabe latín y griego tan bien como desconoce la vergüenza, la salvación espiritual y la transformación humanitaria de un hombre no significan absolutamente nada si no se devuelven las joyas por corro certificado con acuse de recibo.

Valera, en definitiva, pretendió juzgar una tormenta bíblica y una realidad social descarnada con el manual de etiqueta de un salón de té, y el resultado no fue una crítica constructiva, sino el acta notarial de su propia cobardía, ignorancia sociológica y complacencia de clase.

Razón por la que sus novelas, pese a su magnífica prosa, no salieran de su pueblo.


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