Este 28 de octubre de 2026, la querida hija de Maura y mía cumple su primer año, de los muchos y felices que, seguro, cumplirá. Ella verá el siglo XXII y sus maravillas, pues a pesar de los nubarrones que hoy parecen cernirse sobre la Humanidad; a pesar de todo, hemos de tener fe, confianza, en que nuestra especie logrará convertir el progreso técnico, en justicia, en ética, en paz y en dicha para todo nuestro mundo. Quizá nosotros no alcancemos a verlo, pero nuestros hijos (y todos los hijos son «nuestros»; los del pasado, los del futuro… de eso habla también mi poema); nuestros hijos, verán ese porvenir mejor, y hemos de seguir trabajando por ello, no importa lo difícil del presente. No perdamos la fe en el Ser Humano.
Para este primer cumpleaños, y para las amistades, el profesor García Bilbao (María Luisa es la madrina de la niña), ha tenido la cortesía de publicarme este denso escrito, que termina con un poema; el «otro» poema que hice con razón del nacimiento. Y es cierto que en esta ocasión, no mía, es una historia triste la cual traigo. «No mía», pero sí de todos. Ya dije, de nuestra Especie. La traigo ahora, porque esa «oscuridad» vino también con la «luz»; como parte de ella, y para que no olvidemos. No para que temamos. Para que sigamos junto a quienes nos precedieron, junto a quienes nos sucederán. Hoy quiero, a pesar de todo, y justamente por todo, celebrar la vida y en cada nueva vida.
Gabriela Maura, aquí va la historia, con dos partes; escribí primero -a comienzos de año-, la que va última, y luego -a mediados-, la otra.
(Gracias por la atención. Nos seguimos viendo en la asociación Ateneo de Madrid).
«El hijo de Charles Lindbergh” (Historia, intrahistoria, poema)
El pasado mes de abril me publicaron en la revista “Entreletras” un escrito (1) con una parte en prosa y otra en verso, como ahora también hay.
El poema, según expliqué, era con razón del nacimiento de mi hija, Gabriela Maura. Expuse las circunstancias que me motivaron a redactarlo, así como mi relación actual con la poesía. Sucintamente, dejar de hacerla hace casi tres lustros, aunque de vez en cuando, sacar algún inédito o poner en digital un poema el cual hasta entonces estaba sólo editado en papel, añadiendo para la ocasión comentarios de contexto.
Y conforme también referí, este regreso por mi parte a la escritura en verso (añadí, escritura «consciente»; planificada, por cuanto en algunas ocasiones hice anotación sin desarrollar luego), se trató de algo muy puntual, específico para celebrar el alumbramiento de la niña.
Sin embargo, mientras iba haciendo, lento (así lo definí), ese poema por subtítulo «La herida iridiscente», me nació otro. Que en perspectiva lo considero, por así decirlo, un «envés sombrío» del primero, a tal punto, que simultaneé la confección de ambos, concluyéndolos casi a la par. Y donde uno me era luz, el otro tiniebla; en donde uno esperanza, en el otro temor.
Si el poema publicado en abril guarda alegría por un pequeño ser humano, este de octubre, recoge dolor por otro. Aquel primer texto tenía motivo por alguien de ahora; este de hoy, por quien de otra época. Pero, precisamente, cuanto me impelió -no buscado-, a realizarlo, fue el modo en que algo pasado se me hizo actual, y lo distante -no sólo en años; también en kilómetros y en valores-, lo percibí muy cerca. Aquí lo cuento…
Charles Augustus Lindbergh Jr, junio de 1931, cuando cumplió un año (foto dominio público) n este invierno, casi de madrugada (Gabriela Maura y su madre dormían), que es de los pocos momentos cuando quien esto escribe me asomo algo a la televisión; entonces, vi un documental (dentro de ese poco, es el formato que más me interesa), sobre el secuestro y muerte, con apenas veinte meses de edad, del hijo del célebre aviador estadounidense Charles Lindbergh. A aquel caso, dada la popularidad entonces del personaje y la masiva cobertura que le dieron unos medios de información los cuales ya en esa época comenzaban a ser lo que son hoy, se lo bautizó como «El crimen del siglo» (2). Y no en vano, está en la base de la más conocida novela de Agatha Christie, «Asesinato en el Orient Express», varias veces adaptada a la pantalla con intérpretes de renombre.
Hay hechos conocidos: el joven de rizoso cabello dorado, hijo de inmigrantes suecos, piloto de acrobacias, formidable en el diseño, la planificación, y la mecánica, quien en un avión monohélice adaptado por él mismo, se convierte (mayo de 1927), en la primera persona en atravesar el Atlántico en solitario y la primera en volar sin escalas entre la América continental (Nueva York) y la Europa (París). Apoteosis pública y un premio de 25.000 dólares de la época; «Hombre del Año» en la portada de la revista «Time» (con él se inició esa serie, hoy denominada «Persona del Año»), puestos bien remunerados como asesor aeronáutico, máximas condecoraciones estadounidenses y francesas (también de otros países, incluida España), vuelo de celebración con el mismo aparato -el legendario «Spirit of St. Louis»-, por casi toda la América Latina, y por el cual conoce a su futura esposa, hija del entonces embajador de EE.UU en México, el multimillonario Dwight Morrow (socio de la firma J.P.Morgan). Boda (mayo de 1929) y pareja de ensueño; el «American Way of Life» en su esplendor de los Felices Años Veinte. Que, como tales, terminan en octubre, el «Crack» de Wall Street.
Mas para el matrimonio la vida sigue radiante; vuelan juntos y atraviesan continentes (ella ha aprendido a pilotar y opera la radio). En junio de 1930 nace su hijo Charles Jr. Tiene los mismos rulos dorados que su padre; los mismos ojos azules. Se cría en una casa de campo, -grande y apartada-, construida para privacidad familiar en la zona rural del Monte Sourland, en Nueva Jersey. Todo parece idílico. Pero…
La dura historia se ha contado muchas veces; investigado hasta la saciedad: libros, documentales, series de TV… Hago una síntesis: en marzo de 1932 el bebé desaparece de su habitación en el segundo piso. Una ventana entreabierta y nota en el alféizar donde se pide rescate. En el exterior a pocos metros, se descubre tirada una escalera telescópica de fabricación casera, hecha en madera y con uno de sus acoples roto. El secuestro acapara las portadas de todos los periódicos. Y una filmación doméstica con el pequeño, se proyecta (no había precedente) en los noticiarios cinematográficos de manera reiterada. La sociedad está conmocionada y los medios hacen su agosto (ese convertir todo en espectáculo, que ha llegado al paroxismo hoy). A comienzos de abril se paga el rescate, 50.000 dólares con los números de serie anotados previamente por las autoridades. Se deja a cambio la ubicación, a salvo, del niño. Es sin embargo falsa. Y no vuelve a haber contacto. Cuarenta días después, de manera fortuita, son hallados, semienterrados en la maleza a siete kilómetros de la casa Lindbergh, los restos del bebé. La autopsia determinó que había muerto por fractura masiva de cráneo, un golpe violento, por las mismas fechas del secuestro, dos meses atrás. La investigación deduce que se había caído, por la rotura en la escalera encontrada, de los brazos de quien lo raptó, muriendo en el acto.
En septiembre de 1934, un carpintero de origen alemán, Bruno Hauptmann, es detenido tras detectarse que pagó con uno de los billetes serializados del rescate. El registro de su domicilio en el Bronx encontró miles de dólares (más de 13.000) también de las series, ocultos en el garaje. Junto a otras evidencias -la madera usada en la escalera encontrada, la caligrafía de las notas (trece en total) durante el secuestro, los germanismos y características de su escritura…-, fueron entonces suficientes para su juicio y sentencia a muerte en la silla eléctrica (ejecutada en abril de 1936) en medio de una descomunal presión pública y mediática; fueron acreditados al juicio 700 corresponsales de prensa y más de cien gráficos. A la localidad donde tenía lugar el proceso, Flemington (N. Jersey), de 2.700 habitantes, llegaron a acercarse hasta 60.000 personas, y hubo puestos de venta ambulante con objetos presunto recuerdo del crimen. El reo proclamó hasta el fin su inocencia.
Aunque volaron juntos de nuevo (en noviembre de 1933 amerizaron de emergencia en territorio de la entonces República española, en Santoña, donde pernoctaron), Lindbergh y su esposa no volvieron a ser los mismos. A fines de 1935 dejaron Estados Unidos para instalarse en Europa. No regresaron hasta mediados de 1939. Estos son datos escuetos. Pero hay más…
Los años mostraron el lado peor de Lindbergh; controlador, obsesivo, frío… tenía ideas abiertamente racistas y eugenésicas. Fue condecorado en Alemania en octubre de 1938 por Hermann Göring en persona, y fue el rostro más conocido del «lobby» filonazi, -con algunos poderosos empresarios y evangélicos-, en Estados Unidos. Que se disolvió, formalmente, cuando el país entró en guerra contra el Eje en diciembre de 1941. Franklin D. Roosevelt dejó constancia de la amenaza parafascista que supuso Lindbergh antes de ello, y le prohibió luego incorporarse como militar al frente (aún así, se las ingenió para participar como asesor civil en varias misiones de combate contra los japoneses en 1944).
Su imagen fue en parte rehabilitada en el posterior contexto de la Guerra Fría. Se hizo (año 1957) una película -dirigida por Billy Wilder y protagonizada por James Stewart-, sobre su histórico vuelo de 1927 (el film adaptó el libro del propio Lindbergh que ganó el Premio Pulitzer de 1954). Y fue recibido con su esposa, en la Casa Blanca, por John F. Kennedy en mayo de 1962. En los últimos años de su vida, se dedicó al activismo medioambiental, a la defensa de tribus aisladas y a la protección de especies, trabajando con la WWF y alertando del impacto en los ecosistemas de la tecnología industrial: «Si tuviera que elegir, preferiría tener pájaros que aviones», escribió en el Reader’s Digest. Falleció por linfoma en 1974 en Maui, una de las islas Hawai; en una apartada villa rústica que hizo construir. Cerca descansa junto al Océano Pacífico. En su libro póstumo «Autobiografía de valores», se justificó sin embargo, no retractándose, en sus posicionamientos sociales y políticos en la época de entreguerras. Nunca se disculpó. Tuvo cinco descendientes más de su matrimonio. Pero prohibió terminantemente que en la familia se hablase nunca del primogénito muerto (quien fue incinerado rápidamente y sin ceremonia tras la autopsia; el mismo Lindbergh esparció sus cenizas en vuelo sobre el mar). A comienzos de este siglo, se supo y constató que tuvo otros siete (descendientes) en Europa, entre finales de los años 50 y 60, con tres mujeres distintas (todas alemanas). Los mantenía, visitándolos dos veces al año con identidad falsa.
¿Está todo esto en el poema que presento? No mucho. Habla más bien del contexto de aquellos hechos y cómo imbrican en la actualidad. El documental que vi, exploraba una de las varias teorías las cuales han ido desarrollándose frente a la versión oficial (también la más aceptada por la historiografía) de la culpabilidad única de Hauptmann. Para los estándares de hoy, la causa contra él tiene deficiencias significativas (su viuda intentó reabrir el caso hasta su fallecimiento en 1994 y aún en la actualidad hay solicitudes de nuevas investigaciones usando los avances en ADN) (3). Además, se ha sabido que el bebé tenía algunas anomalías físicas: «dedos de martillo» (superpuestos) en el pie izquierdo, cabeza grande para su edad (con fontanela aún no cerrada), y deficiencia de vitamina D, lo cual perjudicaba el desarrollo de sus huesos, obligando a grandes dosis de la vitamina, junto a exposición diaria a lámpara solar. No era algo especialmente grave. Pero luego están las ideas del padre -no infrecuentes, por desgracia, en aquellos días-, y su relación entonces (trabajaban en una máquina para mantener órganos fuera del cuerpo), con Alexis Carrel, médico francés Premio Nobel en 1912. También, prominente eugenista; colaborador de Vichy (regresó para ello de Estados Unidos en 1941), falleció en noviembre de 1944, cuando la Francia liberada se disponía a procesarle (4). Hay hipótesis, con seguimiento y divulgación (ahí lo que vi en la tele), de que Charles Jr, propiciado por su padre, pudo morir en experimento del Dr. Carrel. Y el secuestro fue un montaje. La propia forma de ser de Lindbergh y cómo interfirió en las investigaciones, alimentan esa teoría.
Cuando hice el poema, no vi necesario indagar sobre el caso. Como ya señalé, mi texto tiene su punto de partida en el, pero va luego a otras cuestiones. Además, yo ya sabía algunas cosas sobre Lindbergh, también porque en tiempos me interesó la aviación en sus aspectos técnicos (en mi período de militar profesional especialista mecánico de la Armada, realicé la aptitud de aeronaves). No obstante, cuando me planteé esta introducción al poema, fui profundizando gradualmente en la figura del piloto, su familia, y la tragedia. ¿Suficiente para conformar mi propia opinión? No puedo aseverarlo. Parece que siempre habrá misterios sobre lo que pasó. Sí pienso que existen varias evidencias contra Bruno Hauptmann sólidas incluso con el baremo de hoy. Se sigue especulando sobre si actuó solo o con ayuda; el suicidio, en el curso de la investigación, de una trabajadora, Violet Sharpe, empleada domestica de los abuelos maternos del bebé, dio también pábulo. Las pesquisas posteriores determinaron que estuvo en un bar clandestino la noche de autos, razón por la cual proporcionó explicaciones vagas, temiendo perder su empleo. Interrogada varias veces por la policía, colapsó emocionalmente, ingiriendo un compuesto con cianuro el día antes de un nuevo interrogatorio. Fue, en suma, otra víctima. Y corrobora que todo el caso se llevó bajo enorme presión (mediática, social, política) por ser resuelto. Además, es cierta la cuestionable forma de crianza que tuvo Lindbergh para su primogénito: aislado y negándole que se le dieran cariños, para «hacerle más fuerte», según teoría de entonces la cual se acomodaba a los prejuicios del aviador. Nada de eso ayudó al pequeño, todo lo contrario. Admito que pensé en mi propio padre, Miguel V. Pastrana Pardo, casi de la misma edad (once meses más), en aquel tiempo. Y si la vida de Lindbergh eran los aviones, la de mi abuelo paterno, los automóviles (el primer concesionario de Citröen en España) (5). Pero su personalidad no tenía -por fortuna-, nada que ver con la del ídolo estadounidense, ni han arraigado en nuestro país (pese a los intentos), las execrables ideas de razas.
Posiblemente nunca se resuelvan las dudas en torno a la muerte de aquel niño. Pero yo tengo claro que esa época mala (como esta se va pareciendo), contribuyó a ella. Al final de los años 30 se organizó la Feria Mundial de Nueva York, dedicada a la sociedad del futuro. Dicho porvenir -con prólogo en España y traición a su República hace nueve décadas ahora-, comenzó de inmediato, ese septiembre, y tuvo su fin con el «Little Boy» de Robert Oppenheimer. Durante esos seis años se mataría a niños por millones, a escala industrial; la técnica y la ciencia más punteras puestas al servicio del crimen.
(El uso de la tecnología, no para el progreso ético, sino para lo despiadado; no para reducir las brechas sociales, sino para consolidarlas, y aun aumentarlas; eso -digo-, cada vez más de actualidad y que ya despuntaba -como resultado del siglo anterior-, en aquellos años 30 del siglo XX, está en el núcleo de la obra filosófica del ateneísta, gran presidente, compañero Carlos París. Y como bien nos muestra, no son las «máquinas», son las «ideas», -con sus expresiones escritas o audiovisuales-, lo que decide un rumbo, o decide otro. Por eso le importó tanto siempre el Ateneo, no como un «medio», más como un «fin»: nacer buenas ideas para el conjunto de la Humanidad).
Explicaba yo, cómo fui ahondando en el Caso Lindbergh con posterioridad a hacer el poema. Me encontré con algunas fotos las cuales quisiera olvidar. Reconozco que, en términos emocionales para mí, este es de los textos (y ahí sí incluyo también la poesía) más dificultosos que he realizado desde hace mucho. Una de mis pocas alegrías ha sido descubrir a Anne Morrow, la esposa del aviador. Autora de gran talento narrativo y en verso también. Publicó, entre otros destacados libros, «A Oriente por el norte» (6), «Regalo del mar» (un éxito enorme de 1955, con tres millones de ejemplares vendidos desde entonces, traducido a cuarenta y cinco idiomas) y «El unicornio y otros poemas». Fue hija de escritora (en verso y también en prosa) igualmente notable, y fue madre a su vez de otras dos reconocidas literatas. A diferencia de su esposo, sí pidió disculpas públicamente, sin ambages, por condescender con el nazismo en los años 30 y principio de los 40. A diferencia de él, sí mostró sensibilidad y plasmó su dolor por la muerte del primogénito, especialmente en su libro «Hora de oro, hora de plomo». Allí escribió: «Veo su rostro en los rostros de otros bebés; busco sus rizos dorados, su sonrisa. Todo lo que veo me lo recuerda, y sin embargo, él ya no está aquí». Ella falleció el 7 de febrero de 2001.
(No quiero dejar de comentar, que cuando leía sobre todo esto, me encontré con una canción, del año 1983, del mítico grupo de rock «Asfalto», por título -precisamente-, «El hijo de Lindbergh». Su planteamiento, la verdad, no tiene nada que ver con el de mi poema -la canción imagina el reencuentro, ya en el cielo, entre padre y niño-, pero reconozco que me conmovió igual).
¿Qué decir ya entonces sobre mi propio poema? Mientras veía en la madrugada -tal conté-, aquel documental, mi hija de pocos meses dormía a mi vista en su cuna de madera sueca, grato regalo de la premiada escritora Evangelina Gutiérrez. Aparecían en el monitor las filmaciones, en sus tonos de sepia, del bebé Linbergh; su expresión a cámara, su vida entonces. Y ahí está el génesis del poema: observaba yo a las dos criaturas -una ya sólo imagen sin color y con movimiento, la otra corporeidad tangible-, sabiendo cuanto ha sucedido en los muchos años transcurridos entre ambas. Pero, como ya referí, era como si todo se superpusiese; se plegase en un mismo punto de la misma hoja. Y en esa cara del niño de entonces, sabiendo yo su tragedia, vi también las de muy pocos años después en España, en China, en Polonia… el orbe ardiendo. Y vi asimismo las de ahora, cuando también lo incendia, crecientemente, el fuego hecho por el hombre y sus «malditas guerras», que dijera desde su dolor Julio Anguita (tuve el honor de estar a su lado en varios actos, compartidos algunos con Carlos París). Ese instinto de autodestrucción en nuestra especie, que no resulta atemperado por el avance material -como podría ser y debería-, siendo incluso agravado tantas veces.
Anotó el también filósofo Bertrand Russell, tras conocer a Joseph Conrad, el escritor, antes marino, que éste «Concebía la vida humana civilizada y moralmente tolerable, como una peligrosa caminata sobre una delgada corteza de lava apenas enfriada, que en cualquier momento podía romperse y dejar que los incautos se hundieran en las profundidades ardientes». Supongo -esto lo pienso yo-, que es ese «corazón de las tinieblas» que en el fondo llevamos todos dentro; que lleva nuestra especie, y nos asusta.
Entonces, reflexionando a posteriori -siempre digo que el parecer del autor es sólo uno de entre los posibles. Y esa polisemia la cual cabe en lo poético es lo que más me atrae-; entonces, posiblemente el motor de este poema sea el miedo. ¿Quién puede no sentirlo -junto a otros sentimientos-, cuando tiene un pequeño, una pequeña?
El miedo por el pasado, por el presente, por el futuro. Que a veces, en algunas horas, en ciertas circunstancias, se hacen uno. Creo que Carl Gustav Jung lo llamó «sincronicidad»; el escarabajo dorado y todo eso… el miedo, así, por aquellos conflictos, aquellas ideas, aquellos medios… y los de ahora (también, también…). ¡Porque volvemos a las andadas! Y como Anne Morrow, ¿quién no ve en la cara de un niño, aunque sea hace mucho, la de otros? Justo es reconocer que en este poema también está mi pequeña, además de en el anterior. Si en el otro estaba la esperanza, en este el temor (ya lo dije). Y admito que no puedo leerlos separados; como una suerte de díptico que no había planeado como tal.
(En la noche alumbrada de explosiones -ya expliqué en estas mismas páginas que no toda luz es deseable…-, y rayos catódicos; de crímenes diarios y quienes los venden).
No quiero sin embargo que sea el temor -legítimo, justificable…-, cuanto impere al fin. Hay margen a la esperanza por lo humano, y en el recuerdo está el rescate; en la memoria, en la evocación. Escribió alguien quien sabía de guerras, de tragedias, de perder a un hijo tan temprano, pero no perder el amor, ni la dignidad, ni la humanidad; escribió Miguel Hernández, poeta español republicano, ateneísta:
«Porque la especie humana me han dado por herencia / la familia del hijo será la especie humana»
El miedo es, posiblemente, la mayor causa del crimen; lo que implica masas, genocidios. Más que la ambición o la maldad (que también existen). Si hay miedo entonces en este poema, sea para aprender de la Historia, no para repetirla (como parece por momentos). Sea para evitar, no para reincidir.
El hijo de Charles Lindbergh
(Salva al niño)
Quien mata a un niño
mata a todos los niños;
no importa hace cuánto ni en qué lugar.
¿Y por qué ahora y a ti? Miras el rostro
en su cuna, junto a tu cama
y es parecido;
no importa cuándo, ni importa dónde.
Has abierto la puerta
de todos los tiempos, y aquí confluyen;
en la mirada misma del comienzo del mundo.
Y entonces el reverso oscuro
rubio infantil con raquitismo; el sueño
americano con su pesadilla.
La inocencia que muere por la fama
o tal vez eugenesia.
Escucha el llanto; es raza que delira,
el héroe y el terror
industrial, las cadenas, los consorcios…
Al cabo, tu televisión.
“¿Qué hemos hecho, dios mío, qué hemos hecho?”
El destructor de mundos y el constructor de sombras;
la radiación y tu pantalla amiga,
táctil, como un sudario.
Te mira desde el fondo de la historia, te advierte:
¿en qué bosque al frío, en qué guerra,
en qué masacre? El cine y el horror,
viejos documentos de celuloide,
los aeroplanos y las bombas.
Bienvenidos al mundo del mañana,
NY, 1939,
«World of Tomorrow»
con su ángel derribado, caído de su cielo.
El personaje y la persona,
America first, (german)
American Bound. Y Henry Ford.
Entonces, salva al niño; sálvalo
siempre, no importa dónde
ni hace cuánto. Quien salva a un niño,
salva a todos los niños, salva al mundo.
Notas:
(1) https://www.entreletras.eu/letras/poema-gabriela-maura-saludo-en-prosa-y-verso/
(2) https://historiahoy.com.ar/el-crimen-del-siglo-n802/
(3) https://www.theguardian.com/us-news/2025/may/03/lindbergh-baby-case-dna-testing
(4) https://www.bbc.com/mundo/noticias-49830055
(5) https://eltema8.com/2022/02/13/milagro-en-madrid-el-sobre-verde-de-jacinto-guerrero/
*Miguel Pastrana de Almeida fue obrero maquinista y luego militar nueve años en la misma especialidad. Prosigue en ella como Oficial de edificios municipales. En el Ateneo de Madrid fue Secretario y Coordinador de Actos en la Junta de Gobierno presidida por el filósofo Carlos París con “Convergencia”. Ha publicado los poemarios Trilogía del Centurión (Edición de los XVI Premios Searus, 1994), Lisboa (Ediciones de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 2008) y En piedra, en agua, en verso (Editorial Silente con la Asociación Internacional de la Juventud Mariana Vicenciana, 2016). Su obra poética está también en libros colectivos editados en España e Hispanoamérica. Ha publicado asimismo en prosa –por ejemplo, el ensayo Tres poetas-soldados del Pueblo: Arturo Serrano Plaja, José Herrera Petere, Miguel Hernández (Cuadernos del CAUM, 2007)–, y en conocidos diarios digitales. Ha sido invitado como ponente a la Biblioteca Nacional, la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Glasgow. Tiene varios premios literarios, entre ellos el «Manrique de Lara» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles fundada en 1872. En 2009 quedó entre los finalistas del Premio Adonais. De la poesía de este autor ha escrito el Premio Nacional, Luis García Montero: «No atiende a respuestas superficiales». Y el también Premio Nacional, Juan Carlos Mestre: «Sus poemas son casas».
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Posted on 2026/10/24
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