Algunas críticas:
- La trampa de “La trampa de la diversidad” (Juan Carlos Monedero)
- Los demonios de la nueva izquerda (Esteban Hernández)
- La revuelta que asoma en la izquierda / Esteban Hernández Diversidad de la diversidad / Fernando Broncano
- Eric Hobsbawm: «Identity Politics and the Left», conferencia en Institute of Education, London 2 May 1996
- Garzón y la diversidad: Crítica de la crítica crítica a la diversidad de Daniel Bernabé / Juani Boto Garrido.
- Crítica de la crítica a la diversidad / Alberto Garzón
- La voz atomizada: una respuesta / Daniel Bernabé 01/07/2018
- La trampa de la diversidad. Una crítica del activismo / Daniel Bernabé
Paint me as I am, warts and all
Oliver Cromwell
Esta introducción sirve, además de como propia reivindicación por el cansancio de que las medallas siempre se las cuelguen los mismos, para ver que tales análisis empiezan a resultar un deslumbramiento inculpatorio. La nueva ultraderecha se parece a la antigua en todo, no solo en programas y peligros, sino también en los métodos utilizados para llegar al poder. La mentira, la política reducida a lo mediático, el fingido interés por cuestiones sociales o la habilidad para apropiarse de manifestaciones culturales ajenas están presentes ya en el fascismo de los años 30, especialmente en el italiano, donde los camisas negras se ganaron las simpatías de la clase media, de bastantes intelectuales y artistas y de algunos obreros utilizando ideas pujantes en su época como el sindicalismo, las vanguardias o la radiodifusión. Quien crea que Hitler y Mussolini aparecieron prometiendo desatar una guerra que costaría 60 millones de muertos se equivoca.
Parece de gran interés explicar, más allá del clasismo y el desconcierto de polluelo asustado que emplea el liberalismo progre, que la pujanza de la ultraderecha actual tiene unas causas estrechamente relacionadas con la pérdida de valor de la democracia parlamentaria bajo la bota de la globalización neoliberal y las enormes desigualdades que este proyecto ha provocado. Lo siguiente, el deslumbramiento inculpatorio, es otra etapa en la que se tiende a sobrevalorar cualquier estrategia de la alt-right. Lo peor de estos análisis es que acaban siempre con la coletilla de: “La izquierda no ha sabido estar a la altura”. Lo indigno es que la frase suele venir de gente que lleva abjurando, minusvalorando y atacando a la izquierda desde hace al menos un par de décadas. Siempre es útil echar la culpa de la intoxicación alimentaria en tu restaurante al cocinero que despediste hace varios años acusándolo de desfasado.
Parece claro que la socialdemocracia devenida en socioliberalismo ha abierto las puertas del desencanto a los ultras. Lo que convendría empezar a pensar es cuál ha sido la responsabilidad en este desencanto de las teorías situadas entre el altermundismo y lo posmoderno que surgieron en los noventa y que han marcado la agenda de la protesta en estos últimos 25 años. Este rotondeo retórico para definirlos viene de una de las pocas cosas que les daban cuerpo común: el interés que ponían en distanciarse de manera tajante del concepto izquierda. Bien es cierto que tras los cascotes del muro y el arriado de navidad en la Plaza Roja (cuentan que en el Vaticano corrieron pías lágrimas) era muy difícil no ya reivindicar el socialismo, sino declararse de izquierdas, unirse de una manera más o menos sentimental a todo aquello. Bien es cierto que la recomposición de un movimiento mundial de protesta fue inusitadamente rápida y apenas ocho años después tuvo lugar la contracumbre en Seattle. Pero no menos cierto es que entre la necesidad y la premura se olvidaron demasiadas cosas que habían sido útiles y se aceptaron otras muchas con la candidez del huérfano reciente.
Ya en el momento actual se observan con asiduidad extraños debates dentro de los movimientos de protesta que son descriptivos de los resultados de aquella apresurada recomposición: activistas feministas teorizando sobre el burka o la prostitución como empoderamiento para la mujer, activistas LGTB defendiendo los vientres de alquiler, activistas animalistas comparando un matadero con los campos de concentración, activistas de lo precario interesándose por la economía colaborativa, activistas culturales reivindicando expresiones de vertedero como populares, activistas de la salud oponiéndose a las vacunas, activistas étnicos tratando la poligamia con respeto o activistas ecologistas capaces de asumir la muerte por desnutrición antes que aceptar avances tecnológicos en los cultivos. Este gigantesco despropósito, hablemos claro de una vez, no solo es trágico en sí mismo por el daño que hace a cada una de las reivindicaciones mostrándolas ante la sociedad como marcianadas inasumibles, no solo es contraproducente por la enorme desorientación que provoca, es dramático especialmente en un contexto donde la ultraderecha presenta a los ciudadanos un programa centrado en cuestiones inmediatas y tangibles como el empleo, la seguridad o la lucha contra la corrupción y fácilmente admisibles desde el siempre conservador sentido común como el nacionalismo o lo identitario (otra cuestión es la verdadera agenda de los ultras).
¿Significa esto que todos los epígrafes anteriores son un error en sí mismos, que sus reivindicaciones no son justas, que sus objetivos no pueden ser compartidos por la mayoría? ¿Significa esto que todas estas expresiones de lucha son parcialidades que deben ser postergadas sine die? En absoluto. Significa que todos los epígrafes anteriores han sido afectados por el posmodernismo y lo neoliberal hasta un punto donde algunas de sus reivindicaciones empiezan a ser contradictorias con sus objetivos iniciales, de una forma tan sutil que los propios activistas no son conscientes de la espiral autodestructiva en la que están inmersos. Por otro lado determinadas expresiones del feminismo, lo LGTB o el ecologismo no están mucho peor que la gastronomía, la literatura o la ciencia. La dolencia no es propia de unos colectivos o un pensamiento, la dolencia es un mal de época, consustancial a un sistema económico y beneficiosa para las minorías que detentan el poder.
Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Responder a cada uno de los ejemplos expuestos daría para un artículo por réplica, explicar el camino completo para un ensayo de 300 páginas. Por contra, sí es posible, sintetizando y buscando los aspectos comunes, trazar un mapa con aspiraciones no solo punitivas sino, especialmente, como intento argumentativo que valga para restar miedos a una izquierda acomplejada e inactiva frente al movimientismo.
Para alguien que se topaba por primera vez en su vida con una protesta, tomar parte en una manifestación antiglobalización era desconcertante. José María Aznar, gracias a su provincianismo doloroso, expresó una genialidad involuntaria al definir una de estas marchas como: “Un lío con mucha gente”. La verdad es que no se puede explicar mejor. Si bien se suponía que lo que congregaba allí a los manifestantes era específicamente el rechazo a alguna de las cumbres de un organismo financiero internacional y de forma más extensiva un difuso anticapitalismo, aquello acababa siendo una multitud donde importaba más exaltar la especificidad de cada cortejo que cualquier reivindicación común. Había un momento, de hecho, en que las mochilas no daban para guardar más pasquines de organizaciones y causas cercanas a la disgregación atómica. La antiglobalización daba sensación de una enorme diversidad, pero era en realidad escasamente representativa. La consecuencia, además de la poca operatividad, era paradójica, ya que no era raro acabar en una conferencia impartida por un activista de Torrelodones, con un gran conocimiento sobre la deforestación del entorno de las comunidades mapuches que desconocía por completo cuáles eran las condiciones laborales de las trabajadoras del servicio doméstico en su ciudad. Aquello de piensa globalmente, actúa localmente pareció no querer entenderse nunca del todo.
La anécdota, además de para revelar la edad de quien escribe, es sintomática de algo que ha quedado fijado en la cultura de la protesta: la especialización del activista. Mientras que en el mundo del siglo XX existía la figura del militante, adscrito a una organización política o sindical, con aspiraciones de cambio general y ligada fuertemente a un territorio o una rama de lo laboral, en el siglo XXI existen activistas que dedican gran energía por un corto espacio de tiempo a temas sobre los que su labor tendrá un nulo impacto. Cuando los temas, por contra, resultan cercanos, su especificidad les lleva a perder por completo la visión general del conflicto. ¿Es por tanto todo esto un problema de actitud, de cortedad de miras, de falta de organización? Puede serlo. Pero sobre todo se trata de un problema ideológico, aquel que surgió cuando los filósofos franceses de cuello vuelto fueron adoptados con entusiasmo por las élites progresistas académicas norteamericanas, muy influyentes en el ámbito teórico y en los consensos en torno al tratamiento del conflicto, pero totalmente inanes en la resolución del mismo y la política inmediata.
Si hay cuatro factores que se repiten en el actual movimientismo son la falta de materialidad en los análisis, el relativismo cultural, la aceptación inconsciente de valores neoliberales y la sobrevaloración del lenguaje y lo simbólico. Si hay uno que manda sobre todos es la falta de crítica a las contradicciones e inconsistencias que se producen.
No es nada nuevo que existan debates en torno a la regulación de la prostitución, sí que exista una parte del feminismo que utilice el argumento derechista de la libertad individual dentro del mercado. Resulta llamativo que publicaciones que dedican un gran espacio a deconstrucciones culturales para hacer visible el patriarcado no tengan entre centenares de artículos una entrevista a las Kellys. O que el mansplaining, un buen análisis sobre un fenómeno cierto, acabe elevándose a teoría para desembocar en una actitud premoderna donde solo tal colectivo afectado por tal opresión puede expresarse respecto al mismo. Es notorio que para poder seguir una discusión sobre género haya que controlar un glosario de anglicismos inabarcables y cambiantes que ni los propios expertos en el asunto son capaces de normativizar. Es sintomático que exista un debate en torno a la precariedad laboral y se exprese sin rubor que la economía colaborativa, el último invento para transformar al trabajador en una unidad de producción sin derechos y atomizada, sea una oportunidad que da la tecnología. Parece normal que exista polémica en torno a las formas de alimentación y su impacto en la salud y el entorno, no tanto que se tache de genocida a un señor que vende filetes. Parece sorprendente que en la discusión sobre los transgénicos se centre la cuestión en conspiraciones absurdas y no en su utilización como herramienta de control económico. Es doloroso que nadie parezca capaz de articular un discurso contra el integrismo religioso desde la laicidad.
Todos estos ejemplos, y las formas de análisis a las que los asociamos previamente, no son el problema en sí mismo, sino el resultado de algo que podríamos llamar la trampa de la diversidad. Asumir que existen conflictos paralelos al del capital-trabajo no es lo mismo que asumir que esos conflictos son independientes y estancos los unos de los otros. Mientras que los movimientos revolucionarios del siglo XX se esforzaron por buscar qué era lo que unía a personas diferentes, el activismo del siglo XXI se esfuerza por buscar la diferencia de las unidades. Así, mientras que el concepto de clase es un intento de, basándose en un análisis de una situación material, buscar algo profundamente transversal que atraviesa nacionalidades, géneros y razas, el movimientismo actual parece empeñado en crear un sistema de análisis donde los individuos son poseedores de privilegios o receptores de opresiones que intercambian al margen de su posición en el sistema productivo. La cuestión no es negar, obviamente, que las personas tienen problemas específicos asociados al género, la raza o la orientación sexual, sino que esos problemas están estrechamente relacionados o bien con necesidades del sistema económico o bien con la estructura ideológica que lo justifica. Así mismo, esas personas no se enfrentarán de la misma forma a esos problemas al margen de la clase social a la que pertenezcan.
Si el capitalismo sabe de algo es de apropiaciones, de triturar con su gigantesca maquinaria de sentidos comunes ideas en apariencia radicales para devolverlas envasadas y desactivadas. Ya tuvimos un presidente negro en Estados Unidos bajo cuya administración los problemas raciales no mejoraron. El líder de la ultraderecha holandesa es homosexual, la líder de la francesa una mujer. Hace no mucho me contaban cómo en una empresa de economía colaborativa, donde la mayoría de sus trabajadores son falsos autónomos, habían instalado retretes unisex para luchar contra la discriminación de género. Hace poco leía un texto donde se explicaba cómo en una cadena de montaje de un país centroeuropeo, con una precariedad delictiva, había un comedor con productos respetuosos con las prohibiciones religiosas alimentarias. Algunas multinacionales se han mostrado solidarias con el refugees welcome.
Se diría que mientras que nos arrojan por la borda lo hacen siempre muy atentos a nuestras especificidades y creencias, a nuestra excluyente diversidad. Lo peor es que lo empezamos a asumir como una victoria.
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Ariguanabo
2018/07/10
Reblogueó esto en Ariguanabo.
JCR
2018/07/10
«… pérdida de valor de la democracia parlamentaria bajo la bota de la globalización neoliberal…»
En España, la democracia no ha perdido valor alguno porque no se puede perder lo que no existe.
Urge ya tener una mínima idea de lo que es democracia. A saber: sistema político por el que los ciudadanos controlan a sus gobernantes mediante dos requisitos indispensables:
— REPRESENTACIÓN y
— SEPARACIÓN DE PODERES.
Ni más ni menos.
REPRESENTACIÓN
La representación de la ciudadanía en los parlamentos o asambleas exige un sistema electoral mayoritario, por distritos electorales, para ELEGIR individuos (no partidos) que representen al distrito que los elige bajo mandato imperativo y valor contractual real. Para ello, los diputados han de estar pagados directamente por el distrito electoral al que REPRESENTAN. Todo el mundo responde, obedece, a quien le paga.
El sistema proporcional con listas de partidos, el que existe hoy, es un timo, es antidemocrático. Las listas, abiertas o cerradas da igual, las hacen las cúpulas de los partidos, que colocan en ellas a sus empleados, a quienes pagan para que representen a ellas y solo a ellas, no a los ciudadanos. A los partidos los paga el Estado. Así se crea una clase política en torno a la teta del Estado, que no tiene en cuenta a una ciudadanía que solo vota –que NO ELIGE, eso ya lo han hecho las cúpulas de los partidos– para determinar porcentajes.
Ahora habría que ver quién/es paga/n al Estado y a qué intereses responden los políticos en tal estado de cosas, que esa es otra. Pues bien, solo habría que seguir la ruta del dinero.
SEPARACIÓN DE PODERES
La separación de poderes ha de ser desde su origen, es decir, mediante la elección separada de cada uno de ellos tres –ejecutivo, legislativo y judicial– por parte de la ciudadanía.
En el no democrático régimen oligárquico de partidos, la ciudadanía vota, que no elige, como hemos visto, a los diputados de la asamblea parlamentaria –poder LEGISLATIVO– y ÉSTOS ELIGEN al presidente que formará gobierno, es decir, al EJECUTIVO, que, para más inri se sentarán en el privilegiado banco azul del Parlamento. Es decir, el EJECUTIVO controla al LEGISLATIVO. Además, los partidos representados en el Parlamento se reparten la ELECCIÓN de los JUECES –poder JUDICIAL–.
A esto lo llaman separación de poderes cuando no es más que separación de funciones. La misma separación de funciones existe en casi toda dictadura o régimen no democratico como lo fuera el franquismo CON Franco y el que experimentamos en España, que es heredero del anterior, creado por los mismos franquistas y por los partidos de oposición al franquismo que, durante la llamada Transición, aceptaron una parte del pastel que les ofrecieron los primeros (franquismo SIN Franco).
Artículo XVI de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano:
«Toda Sociedad en la que la garantía de los Derechos no esté asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene Constitución.»
No tenemos Constitución. Tenemos una Carta Otorgada, o Colocada, elaborada EN SECRETO por media docena de personas. A esto le llaman democracia.
En tan falseado estado de cosas, con unos políticos que no representan a la nación española sino a quien les paga, y ya se sabe dónde se encuentra el dinero, nos encontramos con el hecho de que quien gobierna y legisla siquiera son esos políticos cuya cara conocemos. A este respecto, viene al caso algo que contaba el abogado y jurista Antonio García-Trevijano, protagonista en primera fila del intento de llevar a cabo una ruptura democrática tras la muerte de Franco, y al que se quitaron de en medio incluso mediante la difamación. Decía más o menos así:
«Sabiendo sobre mis conocimientos como jurista, me llamaban abogados, amigos míos, que trabajaban en las empresas de IBEX, para que les asesorara porque estaban redactando leyes que le iban a entregar al gobierno, y éste al Parlamento para que las aprobaran. Claro, yo les decía que lo sentía, que ahí no les podía ayudar».
¿Quién legisla?, ¿quién gobierna?
Tras la II Guerra Mundial se crearon estas oligarquías de partidos en casi toda la Europa Occidental (la liberada de los nazis por el ejército norteamericano). Sólo lo vencedores, Gran Bretaña y Francia mantienen un verdadero sistema de representación, pero NO de separación de poderes. Después, en España se calcó el sistema impuesto en Alemania, Italia, etc.
Yendo un paso más lejos, ahora habría que ver a quien/es pertenecen esas empresas de IBEX, y nos encontraremos un entramado de multinacionales, que son supranacionales, una supermafia que campa por sus respetos por encima de gobiernos y naciones en este terreno de nadie. ¿Acaso alguien se cree que, por ejemplo, que el Banco de Santander es español y pertenece a la española familia Botín?
Así las cosas, se bacanizan países y naciones con todo tipo de pretextos, para que sean más pequeños y débiles que ese enorme emporio monopolista, se mueven poblaciones para desubicar y hacer desaparecer sentimientos de pertenencia. Y tanto así mediante el control de las instituciones de los países, comenzando por los bancos centrales, casi todos de propiedad privada, aunque pocos ciudadanos lo sepan –la Reserva Federal norteamericana la primera–.
Éste entramado mafioso-corporativo ha creado y controla TODAS las organizaciones internacionales, desde la ONU hasta la UE, desde la INTERPOL hasta el BANCO MUNDIAL o el FMI, etc. Además, dispone de los recursos energéticos y de otros sectores clave como la información. Es una guerra más o menos escondida entre la nación-estado y la corporación privada, en la que la segunda ataca a la primera para que desaparezca: «la institución que sobra es la nación», se ha llegado a decir por parte de la más alta esfera de ese entramado corporativo financierista mafioso.
Aún nos queda la ley, porque hay que disimular. E insisto en que aún.
¿Terreno abonado para una ultraderecha oportunista?
Andar con fantasmagorías como «más o menos democracia», «calidad de la democracia», «mayor o menor valor de la democracia» y cosas por el estilo es no saber qué es democracia y no ir a ninguna parte. Democracia es o no es, no hay matices.
miguel fm
2018/07/17
a mi me parece positivo que aparezcan distintos puntos desde los que criticar el capitalismo, que hay riqueza en esa diversidad y que da pie a relatos profundos como los que proponen aquellos que teorizan la posibilidad de un socialismo eco feminista y que cada vez tiene mas adeptos. Algunos llegaron a esto desde el feminismo, otros desde el ecologismo, otros desde la perspectiva socialista, poco a poco y tiempo al tiempo. No hay que despreciar la diversidad simplemente porque haya gente que no ate cabos, o porque sea complicado crear un discurso cerrado y homogeneo, la diversidad es lo que permite que el ecosistema de la resistencia sea resiliente, es lo que lo nutre, aunque el precio a pagar sea tener que ver a tanto despistado de buena voluntad.