El concepto de poder en el mainstream de las teorías de Relaciones Internacionales / Pablo Castagnino

Posted on 2010/02/04

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Pablo Castagnino en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=99784

En el campo de la ciencia política, se ha afirmado que el poder es la sustancia de la política. Pero esta definición amplia permite entender la política y el poder de dos modos opuestos, estando presentes ambas posiciones a lo largo de toda la filosofía política occidental. Una primera concepción relaciona política con conflicto; en ella se supone la existencia de una pluralidad de centros de poder y de relaciones de fuerza. La segunda perspectiva relaciona la política con la búsqueda de la paz y la seguridad, esto es, con la formación de un poder que esté por encima de las partes, al que se denomina poder político.

Quienes defienden la primera posición plantean que allí donde hay vida social hay conflicto; es decir, si toda sociedad humana conocida destaca por sus formas de conflicto social, la política nace, por definición, del conflicto: lo grupos se interrelacionan en función de un bien siempre escaso, el poder, sea para conquistarlo, para permanecer en él o para influir sobre él. El conflicto constituye entonces la categoría básica para la comprensión de la política en todos sus escenarios posibles: desde la lucha de clases y la competición entre partidos, movimientos y grupos de interés, hasta los enfrentamientos entre el centro y la periferia.

Aquellos que vinculan a la política con la creación de un orden político, aseguran que no hay vida social posible sin la presencia de un poder político ordenador. Este poder, por definición, tiene que ser único, soberano: no admite otro igual dentro de una unidad política. Es el poder supremo de la sociedad. Así pues, la consecuencia inmediata del orden político no es tanto la paz como la seguridad, fundamentalmente de las personas y de sus bienes; seguridad empero siempre precaria mientras se base sólo en el uso de la fuerza. Si no va más allá, si la fuerza en que descansa no se legitima transformándose en poder, el orden será inestable, transitorio, casi podría decirse, apolítico… o, mejor, pre-político.

Este debate en torno a cómo pensar el poder y la política no está (ni estuvo) sólo presente en la teoría y filosofía política, y en consecuencia también en la ciencia política, sino que atraviesa todo el pensamiento político, incluyendo las teorías de relaciones internacionales. El objetivo de este trabajo será, pues, analizar el concepto de poder en las diferentes teorías de las relaciones internacionales e ir conectando estas concepciones con debates más amplios, que exceden el campo de estudio de estas teorías, intentando de ese modo quebrar la fuerte compartamentalización a la que se encuentra sujeto el pensamiento político actual [1] .

Realismo

El realismo parte del supuesto de que el conflicto es intrínseco a la humanidad. A lo largo de la historia, las ideas y las aspiraciones materiales han supuesto división y han llevado al enfrentamiento y a la guerra. El origen de esta lucha permanente es la propia naturaleza del ser humano, que lo lleva a codiciar el poder y desear la dominación de otros. Siguiendo este supuesto, se determina que la posibilidad de erradicar el afán de poder es una aspiración utópica. Esto lleva a percibir la política internacional como una lucha interminable entre aquellos actores que intentan dominar y aquellos que intentan resistir este dominio.

Teniendo esto en cuenta, el realismo asume que el sistema internacional es anárquico, en el sentido de que no existe una autoridad superior a los Estados capaz de regular efectivamente las relaciones entre ellos. Además, supone que los Estados soberanos son los actores principales que componen el sistema internacional, jugando las ONGs, las corporaciones multinacionales u otras instituciones internacionales, un rol meramente secundario o inexistente.

Cada Estado es considerado un actor racional que busca, en forma egoísta, maximizar su cuota de poder y asegurar su supervivencia mediante la acumulación de recursos de poder militar, económico, etc. Estos intentos de maximizar el poder finalmente derivan en la búsqueda de un balance de poder entre los actores, lo que posibilita cierta estabilidad en el sistema internacional . Para alcanzar este equilibrio de poder “un Estado no debe poseer nunca fuerzas tales que los Estados vecinos se vean incapaces de defender sus derechos contra él.” (Aron, 1985: t. I p. 171)

De este modo, los Estados menos poderosos crean alianzas contra los mas poderosos, de tal manera que si el Estado más poderoso del sistema (poder hegemónico) intenta atacar o anexar alguno de los Estados menos poderosos, la alianza de éstos Estados contraataque; así, la amenaza de represalia mantiene un orden y establece ciertos limites. Igualmente, otros Estados se alinean con el poder hegemónico en caso de conveniencia, usualmente para protegerse de otros Estados hostiles. De esta manera, las alianzas cambian de acuerdo a las circunstancias, manteniendo siempre un balance de poder.

Por poder, entonces, el realismo entiende al conjunto de las capacidades militares (y en menor medida, económicas, culturales, geográficas, poblacionales, entre otras), que los Estados, entendidos como autoridades soberanas insertas en un contexto internacional anárquico y de lucha, compiten por acumular en pos de satisfacer su “interés nacional”. Como bien plantea Rosenberg: “el resultado es un conjunto de compulsiones inherentes a las relaciones entre Estados que trabaja, mediante la compleja operación del balance de poder, para determinar el comportamiento internacional de los Estados. Comprender el balance de poder es, en consecuencia, explicar la política internacional.” (Rosenberg, 1994: p. 9)

El “balance de poder” es esencialmente un balance militar. La consecuencia de esta situación es el aumento de la espiral de acumulación e incremento de armamento. Este mecanismo ha sido llamado “el dilema de seguridad”: un estado sólo está seguro cuando su capacidad militar es igual o superior a la de sus vecinos. Todas las partes se nivelaran respecto de aquellos otros Estados a los que perciban como una amenaza para su “seguridad nacional”.

Desde esta perspectiva, entonces, el poder es, en última estancia, poder militar; y los gobernantes sólo “hacen política” cuando atienden cuestiones relacionadas a la “seguridad nacional”. La acumulación del resto de las capacidades y/o recursos por parte de los Estados estaría subordinada al poder militar. En este sentido, los recursos financieros son un requisito para el poder militar y que por esa razón, entre otras, los Estados mantienen un interés muy fuerte en promover el crecimiento económico.

Con ello, los realistas han creído develar las “leyes de la historia”, es decir, un conjunto de verdades universales aplicables en cualquier momento y lugar. Estas verdades hacen a la “lógica” de la política. Su comprensión permitiría comprender y anticipar el comportamiento de los Estados. Este elemento, sostiene Morgenthau (1986), provee un orden racional en la materia de la política y hace posible su comprensión teórica. Presenta a la política exterior como un todo racional desprendida de otros motivos que no sean el poder, desvinculándolo así de las preferencias, ideologías y la moral. Por ello estudiar la política internacional desde la motivación del estadista es inútil. Como magistralmente ha sostenido Weber (2007), muchas veces las buenas intenciones han conducido a políticas deplorables. No se trata de que las políticas exteriores de los países sean amorales, pues así, ninguna alianza ni tratado sería factible. Pero desde el punto de vista de los realistas, una política exterior guiada por imperativos morales estaría condenada al fracaso; una buena política exterior es la política racional. Sólo una política racional reduce al mínimo los riesgos y lleva al máximo sus beneficios.

Neorrealismo

El neorrealismo parte de una noción “relacional” del poder y, en consecuencia, explica los acontecimientos internacionales fijándose en el poder relativo (de cuántos recursos y capacidades dispone un Estado respecto de los demás) e ignorando el poder absoluto (de cuántos recursos y capacidades dispone un Estado).

El neorrealismo también es conocido como realismo estructural porque fija su atención en la estructura de poder de todo el sistema de Estados . En consecuencia, el comportamiento de los Estados es explicado por las presiones que ejercen sobre ellos las relaciones de poder del sistema, de estructura anárquica y competitiva, que limitan y condicionan sus decisiones.

Se asume que los Estados desean, como mínimo, asegurar su propia supervivencia, siendo éste el prerrequisito para perseguir el resto de sus objetivos. Esta fuerza impulsora es el factor principal que influencia el comportamiento y, al mismo tiempo, asegura el desarrollo de las capacidades militares ofensivas de los Estados, que le permitirán incrementar su poder relativo y jugar un rol preponderante dentro del sistema. Ya que los Estados nunca pueden estar seguros de las intenciones de los otros Estados, existe una falta de confianza entre ellos que los obliga a estar siempre alertas respecto de las pérdidas de su poder relativo que podrían permitir que otros Estados amenacen su seguridad. Esta falta de confianza, basada en la incertidumbre del sistema, es denominada “dilema de seguridad”.

Los Estados son considerados iguales en relación a sus necesidades, no así respecto de sus capacidades para satisfacerlas . El posicionamiento de los Estados en términos de sus habilidades determina la distribución de sus capacidades. Esta distribución estructural limita la cooperación entre los Estados debido al temor de las ventajas relativas que los otros puedan obtener y la posibilidad de terminar dependiendo de ellos de una forma u otra. El deseo y las habilidades relativas de cada Estado para maximizar su poder relativo terminan creando un “balance de poder” que da forma a la estructura de las relaciones internacionales.

Como vemos, en varios sentidos el neorrealismo continúa al realismo. Para el neorrealismo, los actores principales en el sistema internacional también son los Estados; éstos se encuentran, al igual que para el realismo, en un contexto anárquico, que los neorrealistas se preocuparán de definir como un “sistema” anárquico en el que los Estados son como “nodos”, funcionalmente iguales en tanto forman parte de una red que compite por el poder para garantizar la seguridad. Cuando hay cambios en el equilibrio de poder, eso va a generar un conjunto de decisiones que buscarán restaurar el equilibrio perdido.

La crítica fundamental del neorrealismo al realismo será, entonces, metodológica; pero también tendrá un objetivo táctico: lograr sortear las debilidades de las premisas de las que parte el realismo. La crítica principal de Waltz al realismo, especialmente a Morguenthau, tiene que ver con derivar el conflicto internacional por el poder de la naturaleza humana. Morgenthau, explica las relaciones internacionales partiendo de un supuesto deseo inherente por el poder. Esto trae dos problemas: el primero es que este argumento no puede explicar las variaciones en el fenómeno que intenta explicar, por ejemplo, por qué no vivimos en un estado de guerra permanente; el segundo es que abre la puerta a discusiones éticas sobre la verdadera “naturaleza humana”, lo que termina desviando al argumento de su propósito analítico. (Rosenberg, 1994: p. 26)

La derivación alternativa que plantea Waltz del “balance de poder”, partiendo de las propiedades anárquicas del sistema internacional, disfruta del rigor y la neutralidad moral de la “necesidad lógica” basada en los dilemas matemáticos de las teorías de elección racional. La lógica del balance de poder es derivada simplemente de interpolar dentro de esta estructura anárquica un asumido deseo de los Estados por mantener su existencia. Los medios para alcanzar este objetivo están constreñidos por la condición de la anarquía en la que cada Estado debe sobrevivir por sus propios medios y, como en un juego de poker, “la estrategia de cada uno depende de la estrategia de los demás” .

Los neorrealistas creen que los hechos ocurren de acuerdo con principios o leyes generales. A menudo utilizan la teoría de juegos y otros modelos para predecir el comportamiento de los participantes en las relaciones internacionales. La teoría de juegos es un análisis matemático de cualquier conflicto, que calcula la mejor decisión que se ha de tomar en unas condiciones determinadas. Sin embargo, Waltz es muy claro en plantear que para que las leyes derivadas de estos modelos sea aplicable a los Estados, éstos deben calificar doblemente. Primero, el juego producido por la búsqueda competitiva de la seguridad (o sea, la lucha por el poder) no necesariamente se define como un juego de suma cero. Puede convertirse en un juego general en el que las ganancias de una parte pueden no significar una pérdida para otras. Puede haber incluso casos en los que el interés común se convierta en la maximización de la seguridad colectiva. Segundo, los Estados juegan, en forma simultánea, otros juegos, tanto al interior como al exterior, que compiten por la prioridad política y los recursos materiales asignados al juego de seguridad. Esto significa que, dentro de ciertos límites, que en la práctica demuestran ser muy amplios, el impacto de la anarquía en el comportamiento de los Estados varía de acuerdo a determinaciones que no son tenidas en cuenta por la teoría realista. (Rosenberg, 1994: p. 26)

En consecuencia, la teoría del balance de poder no es una teoría de las relaciones internacionales. Esto, como es obvio, implica una enorme debilidad explicativa por parte del neorrealismo ya que sólo puede explicar el balance de poder, algo que Waltz mismo se encarga de enseñarnos que no explica mucho ya que los Estados están atravesados por varios “juegos” y varias “posiciones” y “presiones” que pueden obligar a un Estado a tomar decisiones “irracionales” desde el punto de vista del realismo clásico y del “juego de seguridad”.

Según Waltz, “la referencia a la teoría de los juegos no implica que exista una técnica con la cual puede realizarse una aproximación matemática de las relaciones internacionales. El balance de poder, sin embargo, puede describirse utilizando los conceptos de von Neumann y Morgenstern.” (Waltz, 1988: p. 201) El neorrealismo, entonces, no es una teoría que intente predecir o explicar ciertos comportamientos específicos de los Estados sino que busca explicar sólo los principios generales de comportamiento que rigen a las relaciones entre Estados en un sistema anárquico internacional. Entre estos principios se encuentra el balance de poder.

Realismo ofensivo

La gran coincidencia entre el realismo clásico y el ofensivo, radica en que ambas vertientes consideran como el principal objetivo del Estado la búsqueda o maximización del poder . Ahora bien, no es una simple derivación del realismo clásico, es una vertiente propia que asume el supuesto clásico de la maximización del poder; pero esta maximización del poder tiene una causal diferente.

El realismo clásico supone que la búsqueda incesante de poder es causa de la naturaleza humana. Morgenthau (1986) lo que hace es trasladar su concepción de la naturaleza humana al Estado, suponiendo que los Estados están comandados por individuos que tienen un voraz apetito por el poder derivado de su naturaleza agresiva. Por lo tanto, la conducta agresiva de los Estados viene dada por un factor externo a la estructura del sistema internacional: la propia conducta humana. Teniendo en cuenta esto, podemos afirmar que el realismo clásico considera a la estructura como un elemento de segundo orden en lo que se refiere a las causas del comportamiento de los Estados.

El realismo ofensivo, en cambio, considera que la maximización del poder por parte de los Estados viene dada por un factor diferente. Mearsheimer (2001) sostiene, al contrario de la corriente clásica, que la estructura del sistema internacional conlleva a los Estados a la maximización de su poder dado que el logro de este objetivo es el camino perfecto para que los Estados aseguren su seguridad y supervivencia. En otras palabras, es la estructura misma del sistema la que conduce a una conducta agresiva de los Estados para maximizar su poder y de ese modo poder mantener su seguridad.

La estructura de poder del sistema internacional genera incentivos para que los Estados busquen explotar las oportunidades para ganar poder a expensas de otros y obtener ventajas cuando los beneficios superan a los costos. Lo que se deriva del sistema es una acción más proclive a la ofensiva que a la defensiva. No provoca un “inmovilismo” por parte de los Estados fruto del “miedo” a los costos posibles en caso de perder, sino que los impulsa a modificar permanentemente el balance de poder. El objetivo último de los Estados no es meramente la supervivencia, sino convertirse en “hegemón”. Este es, en verdad, el único modo efectivo de garantizar la supervivencia.

El realismo ofensivo, como vemos, toma elementos tanto del realismo clásico como del neorrealismo, pero tiene también aspectos diferenciales que lo convierten en una corriente aparte. Del realismo clásico toma el supuesto de la búsqueda de poder por parte de los Estados, pero esta maximización del poder se deriva de un factor diferente al de la naturaleza humana: la estructura del sistema internacional. En ese sentido, se parece al neorrealismo, pero se aparta de éste al plantear que la estructura del sistema no necesariamente conduce a que los Estados tengan una conducta conservadora o pro status quo.

Realismo defensivo

Si tuviéramos que verificar las hipótesis del realismo ofensivo deberíamos vivir en un mundo de “guerra permanente”, mientras que lo que verdaderamente ocurre es que la mayor parte de los Estados intenta resolver sus conflictos en forma negociada.

Uno de los argumentos centrales de la crítica de los realistas defensivos es que el realismo ofensivo de Mearsheimer ignora el hecho de que la guerra acarrea costos importantes. Estos costos hacen de la guerra una actividad ineficiente y por eso los Estados tienen incentivos para construir acuerdos negociados. Debido a esta ineficiencia, la confrontación permanente haría, por el contrario, más débiles y menos seguros a los Estados, debido a que los repetidos costos de la guerra agotarían por completo todos sus recursos de poder.

Esta visión, menos agresiva y más moderada, supone que los Estados tienden al status quo y buscan preservar el sistema de poder siempre que su seguridad se encuentre relativamente garantizada.

Tanto el neorrealismo como la vertiente defensiva del realismo sostienen que el objetivo elemental del Estado en el sistema internacional es la búsqueda de su seguridad, entendida en términos de conservación de su posición dentro del sistema. También comparten la importancia de las limitaciones estructurales respecto al comportamiento agresivo de un determinado Estado: la creación de un balance de poder que induce a los Estados “más débiles” a unirse para equilibrar y así poder contrarrestar la excesiva maximización de poder de un Estado más fuerte. En este sentido, el neorrealismo y el realismo defensivo se parecen mucho, pero también tienen sus diferencias, lo que convierte al realismo defensivo en una corriente aparte.

El realismo defensivo también comparte con el realismo clásico y ofensivo, así como también con el neorrealismo, el supuesto de que la “posibilidad” del conflicto es constante e inherente al sistema internacional, como resultado de su carácter anárquico. Esta posibilidad no supone que los Estados se encuentran luchando constantemente sino que es una consecuencia de la condición anárquica del sistema; es decir, está siempre latente y supone un “peligro permanente”. Sin embargo, el realismo defensivo se diferencia de las otras corrientes realistas y del neorrealismo por la introducción de una nueva variable: la “probabilidad” de conflicto. Ella permite asumir la condición de anarquía, pero también plantear que dentro de ella, en determinadas ocasiones, habrá una mayor o menor probabilidad de conflicto.

Para el realismo ofensivo, así como también para el realismo clásico y el neorrealismo, los Estados, al reconocer la posibilidad de guerra, le restan importancia a las expectativas a futuro ya que se focalizan en sus objetivos de corto plazo. Si los Estados no logran garantizar su supervivencia a corto plazo es imposible pensar en cuestiones vinculadas al largo plazo que no estén relacionadas con la seguridad militar. En contraste, el realismo defensivo incorpora en su análisis la “probabilidad” de conflicto: los Estados no siempre se encuentran inmersos en una lucha por la maximización del poder, como sostiene la vertiente ofensiva del realismo, ya que cuando la probabilidad de conflicto es baja los Estados no sienten que su supervivencia se encuentre amenazada en el corto plazo, y, por ende, pueden plantearse objetivos a largo plazo diferentes a las cuestiones relacionadas con la seguridad militar. Cuanto menor sea la probabilidad de conflicto, la importancia del “largo plazo” aumenta y la política internacional deja de ser un juego de suma cero, como tradicionalmente ha sostenido la teoría realista.

Esto introduce un cambio importante en el modo de pensar las relaciones internacionales, abriendo un lugar a la cooperación.

El neorrealismo plantea que la estructura del sistema limita la cooperación entre los Estados. Waltz (1988) afirma que en la cooperación el principal objetivo de los Estados es obtener ganancias, o sea, recursos de poder para poder mantener su seguridad, es decir, su posición relativa en el sistema. Si las ganancias son asimétricas la cooperación permite que un Estado logre un beneficio superior en términos de poder y esto conlleva a que el Estado menos beneficiado de la cooperación pueda tener un problema para garantizar su seguridad; por lo tanto, los Estados que cooperan entre sí buscan obtener ganancias relativas, ya que no pueden permitir que otro Estado logre mayores beneficios en términos de recursos de poder. Lo mismo hacen al competir. Paradójicamente, el conflicto podría entenderse en los mismos términos: una lucha interestatal por la adquisición de recursos de poder para mantener la seguridad. Como se ve, no hay diferencia importante entre conflicto y cooperación, lo que habla de una importante deficiencia en lo que hace a una correcta definición de la cooperación por parte del neorrealismo. El balance de poder, por otra parte, también podría comprenderse como una forma de cooperación para equilibrar el sistema; sin embargo, así pensada, la cooperación es muy débil y frágil, ya que resulta de una unión temporal y circunstancial que sólo sirve para el mantenimiento del status quo.

El realismo defensivo, por su parte, considera que la guerra es indeseable y que los Estados prefieren preservar sus espacios de influencia y mantener su poder relativo preferentemente a través de métodos pacíficos y, sólo en última instancia, a través de enfrentamientos bélicos, debido a los altos costos de la guerra. Por esta razón, la introducción, por parte del realismo defensivo, de espacios en los que la “probabilidad” de conflicto es baja abre la puerta a un nuevo tipo de cooperación. El enfoque sobre las probabilidades permite que los Estados dejen de lado sus preferencias por las ganancias relativas si los requerimientos de seguridad están asegurados o no corren peligro en el corto plazo . Si esto sucede, el realismo defensivo sostiene, a diferencia del neorrealismo, que cuando la probabilidad de conflicto es baja aumenta la probabilidad de cooperación y, en consecuencia, ésta no se encontraría limitada por la estructura del sistema, como sostiene Waltz. Al poner énfasis en las probabilidades de conflicto y no en su mera posibilidad se da lugar a una visión de la política internacional distinta a un simple juego de suma cero en el cual los Estados centran sus preferencias en el corto plazo y en la búsqueda de las ganancias relativas sobre las ganancias absolutas. (Jervis, 1999: p. 42-63)

De este modo, Walt (1985) propone reemplazar el “balance de poder” por el “balance de amenaza”. Éste último plantea que los Estados determinan sus alianzas según el grado de amenaza percibido. Walt (1985) define cuatro criterios que los Estados utilizan para evaluar el grado de amenaza presentado por otros Estados: su fuerza agregada (tamaño, población, y capacidades económicas), su proximidad geográfica, sus capacidades ofensivas, y sus intenciones ofensivas. Walt argumenta que cuanto más un Estado con poder creciente sea percibido por el resto como poseedor de estas cualidades, mayor será la probabilidad de que lo vean como una amenaza y se alíen contra él para balancear su poder.

El “balance de amenaza” supone la separación del poder respecto de la amenaza. En el “balance de poder”, que predomina en los análisis realistas, los Estados se alían en contra de aquellos cuyo poder (entendido sobre todo como acumulación de capacidades militares) crece; asumiendo, de ese modo, que aquellos Estados más fuertes tendrán intensiones ofensivas. Walt argumenta que esto no se desprende de la evidencia empírica y que la teoría del “balance de amenaza”, según la cual los Estados no se alían en contra de los más fuertes sino en contra de aquellos que muestran un mayor grado de amenaza, es un mejor modo de dar cuenta de los hechos históricos recientes . Así, por ejemplo, los Estados Unidos se vieron fortalecidos luego de la II Guerra Mundial y muchos otros Estados –por ejemplo los miembros de la OTAN– decidieron aliarse a él y no combatirlo, debido a que no representaba para ellos una verdadera amenaza.

Realismo periférico

Anticipándonos a algunas de las críticas al “mainstream” de la teoría de relaciones internacionales, que expondremos más extensamente en la segunda parte de este trabajo, vale la pena mencionar en un apartado especial al realismo periférico.

El realismo periférico es una teoría que surge como una perspectiva que se autoatribuye una “mirada periférica”, y que se encuentra representada fundamentalmente en la obra del argentino Carlos Escudé (1995). Esta mirada de las relaciones internacionales sostiene que el sistema internacional está constituido más bien por una jerarquía incipiente e imperfecta, que por la anarquía postulada por los teóricos realistas.

Esta jerarquía incipiente, a su vez, está impuesta por la vinculación de cuestiones a través de sanciones (directas o indirectas, públicas o encubiertas). Dicha vinculación no siempre es efectiva, pero hace costosos los desafíos de los Estados débiles contra los poderosos, especialmente si evaluamos los costos externos del desafío desde una perspectiva ciudadano-céntrica.” (Escudé, 1995: c. III, p. 3) Desde este punto de vista, el sistema internacional estaría compuesto por Estados que mandan, otros que obedecen y otros que se rebelan.

Este enfoque introduce una nueva forma de comprender el sistema internacional, esto es, desde el punto de vista de los Estados que no imponen las “reglas del juego” [2] y que sufren altos costos cuando intentan confrontarlos . Por esta razón, la política exterior de los Estados periféricos está enmarcada de forma tal que su “interés nacional” es definido en términos de desarrollo económico y no confrontación con las grandes potencias.

“Además, el problema de la perspectiva (central o periférica) desde la que se acuñó la teoría también se vuelve más serio en el caso del realismo. Obviamente, el realismo es un enfoque del estudio de la política internacional y de la formulación de la política exterior que puede aplicarse por igual a Estados centrales y periféricos. Sin embargo, debido a que el realismo político focaliza su atención en el poder, y debido a que el mundo tiene un aspecto muy distinto cuando se lo mira desde la perspectiva de los poderosos que cuando se lo vislumbra desde la relativa ausencia de poder, un realismo «central» diferirá sustancialmente de uno «periférico». De tal modo, nos enfrentamos a una deficiencia doble, en tanto la diferencia recién apuntada se suma a la diferencia entre el elitismo de un realismo Estado-céntrico y la mayor sensibilidad social de un realismo ciudadano-céntrico” (Escudé, 1995: c. III, p. 2)

Para Escudé, el cuerpo central de la teoría de las relaciones internacionales está patas para arriba. “Sirve al Estado, no al individuo. Hace abstracción del hecho básico de que el Estado administra vidas humanas, en la misma medida en que la teoría política hace abstracción del hecho de que los seres humanos individuales administran sus miembros y células. De tal modo, el Estado se convierte en un monstruo antropomorfo que es un fin en si mismo, y la estructura lógica de la teoría adquiere un sesgo autoritario, ya que sin quererlo alienta al Estado a usar sus «partes» (individuos) con la misma «libertad» con que el individuo usa sus brazos.” (Escudé, 1995: c. III, p. 1)

Esto introduce el problema de la perspectiva oculta en la teoría convencional de las relaciones internacionales, ya sea realista o “liberal”: la consolidación del Estado-nación y los mitos y ficciones que lo apuntalan. La perspectiva explícita del realismo periférico es la de la defensa de las ciudadanías de Estados débiles frente a esta trampa ideológica, que las somete a los intereses de las élites dominantes, los que son vestidos con ropajes seductores: “patriotismo”, “interés nacional”, “seguridad nacional”, “supervivencia nacional”, etc.

Por este motivo, el realismo periférico establece una definición radicalmente diferente del “interés nacional”, que necesariamente es diferente según se trate de Estados centrales o periféricos, pero que en todos, aunque especialmente en éstos últimos, debe ser definido como desarrollo económico . La principal función de la política exterior debe ser, entonces, la de facilitar ese desarrollo. Esta concepción descansa en la máxima hobbesiana y mercantilista de que “la riqueza es poder y el poder es riqueza”. Esto supone una estrecha relación entre el “poder” y la “abundancia”, o, si se prefiere, entre política y economía. La sobrestimación del factor militar por parte de las teorías realistas y neorrealistas resulta extremadamente perjudicial para los Estados periféricos, para quienes los costos de la guerra son mucho mayores, especialmente para su ciudadanía (en su mayoría pobre). (Escudé, 1995: c. III, p. 15 & c VI, p. 8)

Liberalismo

Los liberales coinciden con la premisa realista de que el sistema internacional es esencialmente anárquico, es decir, sin un gobierno central ni normas de conductas comunes, etc. En verdad, lo que los diferencia del realismo y sus derivaciones tiene que ver con las implicancias de ese diagnóstico: para los realistas el sistema fue así, es así y siempre será así, mientras que para los liberales podría decirse que la anarquía es el punto de partida. Por esta razón, mientras el realismo deriva del carácter anárquico del sistema la desconfianza y el miedo permanente entre los Estados, lo que los condena a una guerra brutal y sin fin, el liberalismo supone que, aun así, es posible la cooperación y la superación del dilema de seguridad. Para ello, parten de una concepción basada en el progreso y la evolución humana, que harían posible que todos los seres humanos podamos vivir bajo normas y pautas de conducta comunes. En el fondo, el liberalismo es una gran “idea civilizatoria”, que tomó gran impulso especialmente luego de los grandes enfrentamientos bélicos que marcaron a sangre y fuego la historia del siglo pasado.

Precisamente, la guerra es el producto de las clases dominantes en el poder, que no responden a los intereses de sus representados; surge de una visión mezquina de la lucha por el poder por parte de las élites. Si los ciudadanos pudiesen verdaderamente expresarse no habría guerra ya que las guerras son muy costosas, no sólo en términos de vidas sino también en términos económicos y de bienestar general.

En Kant, máximo pensador de esta corriente, el problema de la paz es el problema de la instauración del Derecho. Es decir, un problema cuya solución exige reformas constitucionales en el interior de los Estados y una organización institucional de la sociedad internacional, además de un respeto legalmente reconocido a los pueblos y a los individuos. Dicho de otro modo, la paz será fruto del establecimiento de un régimen republicano en cada Estado singular, de una Federación de Estados y de un Derecho cosmopolita.

Como primer artículo de la paz perpetua, Kant (1998: p. 15) plantea “la constitución civil de cada Estado debe ser republicana”. Una constitución republicana estará orientada hacia la consecución del resultado deseado: la paz perpetua. Se considerará republicana aquella constitución que establezca los principios de libertad de los ciudadanos, dependencia de todos respecto de una legislación común e igualdad ante la ley. La importancia de una constitución de tipo republicana radica también en los límites que impone a la forma en que se declara la guerra; en aquellos Estados que no funcionan con una constitución republicana, en cambio, sería más fácil, porque dependería exclusivamente de la voluntad del jefe de Estado que actúa en miras de su propio interés.

Esto demuestra que, para el liberalismo, son fundamentales las características propias de cada sociedad porque “lo doméstico” determina el comportamiento internacional de los Estados. El tipo de economía, sistema político y organización social nacional incide en la política exterior debido a que distintos tipos de sociedades ubican al individuo en posiciones distintas. Es decir, si un Estado respeta las libertades individuales de sus ciudadanos seguramente va a respetar también a otros Estados y otras sociedades.

El segundo artículo de la paz perpetua (Kant, 1998: p. 21) establece que los Estados, en sus relaciones internacionales, deberían salir de la situación en la que se encuentran: una situación en la que se prefiere el enfrentamiento a la sumisión a una fuerza superior, a una ley. Esto, lamentablemente, no sucede. En vez de ello, los Estados se apresuran a asegurar su soberanía y su autonomía respecto de cualquier fuerza externa. Kant propone, en cambio, intentar crear una federación de pueblos libres que no tenga intención alguna de recabar ningún poder sino garantizar los derechos y la libertad de todos los Estados federados. En dicha federación el objetivo sería el de acabar con todas las guerras para siempre, conseguir la paz perpetua y la libertad con la extensión de la federación a todos los Estados conforme al derecho de gentes. Los estados, según Kant, no tienen otra solución para conseguir la paz universal que la de unirse en esta federación de pueblos y someterse a unas leyes externas en el juego de sus relaciones internacionales.

El tercer artículo propone que “el derecho cosmopolita debe limitarse a las condiciones de la hospitalidad universal”. Por hospitalidad debe entenderse según Kant (1998: p. 27) “el derecho de un extranjero a no ser tratado hostilmente por el hecho de haber llegado al territorio del otro”. Se trata de un derecho de todos los hombres basado en la propiedad común de la superficie de la tierra. Pero este derecho tampoco se puede extender hasta el infinito; ha de estar limitado al establecimiento de relaciones comerciales, aunque sin dejar de lado la posibilidad de que este derecho se vaya afianzando y cobrando importancia hasta crear una constitución cosmopolita para toda la humanidad.

Este último artículo, aunque parece trivial, es de suma importancia porque permitiría asegurar el establecimiento de un verdadero comercio internacional, que crearía nuevos incentivos para la paz. La naturaleza ayuda a asegurar la paz perpetua, y esto se ve en que el espíritu comercial, el progreso y el desarrollo que representa el poder del dinero, que va unido a los tiempos de paz y va a acabar imponiéndose siempre a la guerra por representar ésta un freno al avance económico de los pueblos [3] . En palabras de Kant (1998: p. 41), esto sucede gracias al “…espíritu comercial que no puede coexistir con la guerra y que, antes o después, se apodera de todos los pueblos. Como el poder del dinero es, en realidad, el más fiel de todos los poderes (medios) subordinados al poder del Estado, los Estados se ven obligados a fomentar la paz (por supuesto, no por impulsos de la moralidad) y a evitar la guerra con negociaciones…”.

Neoliberalismo

El neoliberalismo, llamado también institucionalismo neoliberal, surgió en la década de 1980 como una respuesta liberal al neorrealismo. Los neoliberales creen que las instituciones internacionales (como la ONU, la OMC, etc.) pueden jugar un papel decisivo en la resolución de conflictos, revalorizar la cooperación internacional y crear incentivos para la realización de acuerdos de largo plazo, superando así un enfoque más cortoplacista como el que deberían tener los Estados según el enfoque realista.

Los neoliberales coinciden con los neorrealistas en que los países actúan sólo por su propio interés, pero no comparten el pesimismo realista sobre la inviabilidad de la cooperación internacional . Por el contrario, los neoliberales creen que las naciones pueden cooperar, porque hacerlo es positivo para la consecución de sus intereses y objetivos. Esto permitiría la construcción de una “comunidad política internacional” con instituciones, valores e ideas compartidas.

Los neorrealistas, por el contrario, consideran que tal “comunidad global” no existe y ven, en cambio, un aceitado sistema de competencia interestatal en el que, en todo caso, puede haber alianzas circunstanciales en el que los Estados recurren al derecho internacional solamente en función de su “interés nacional”, es decir, por su propio interés y no en virtud de un interés o valor supremo. La anarquía, según ellos, limita más la actuación de los Estados de lo que piensan los neoliberales. También consideran que la cooperación internacional es mucho más difícil de conseguir y de mantener, y que depende más del poder del Estado de lo que piensan los liberales. Los neoliberales, por su parte, enfatizan las ganancias absolutas de la cooperación internacional, mientras que los neorrealistas priorizan las ganancias relativas. Los neorrealistas intentan responder quien gana más con la cooperación internacional, mientras que los neoliberales se centran en maximizar el nivel total de ganancias de todas las partes.

Para el realismo, el sistema internacional es un juego de suma cero; para el liberalismo, en cambio, la cooperación es posible produciendo como resultado juegos de suma positiva (o negativa) . Es decir, cuando los Estados cooperan todos ganan; cuando no lo hacen y deciden guerrear entre sí, pierden. La ganancia absoluta es, entonces, el incentivo para la cooperación. Esta visión optimista de las relaciones internacionales no toma en cuenta las asimetrías; no importa quiénes ganan más y quienes menos, así como tampoco es relevante pensar en qué medida los acuerdos favorecen a los más poderosos.

Por otro lado, los neorrealistas asumen que a causa de la anarquía los Estados tienen que estar preocupados por cuestiones de seguridad y por las causas y efectos de las guerras, mientras que los neoliberales se concentran en la economía política internacional y otras problemáticas, como la medioambiental.

Los neoliberales presentan una visión desagregada del poder. La política exterior de los Estados no está subordinada exclusivamente a factores y motivaciones militares . Por el contrario, hay otros que actúan sobre ella en forma simultánea (económicos, medioambientales, etc.) y cada uno de ellos posee su propio sistema de cooperación, formales e informales, cuyo objetivo es la búsqueda de la puesta en común de las expectativas de cada Estado.

En ese escenario, el abanico de actores que forman parte de la política internacional se amplía. Si bien el Estado juega un rol importante, por ejemplo, en la problemática medioambiental, también lo hacen las empresas, ONGs, etc. La cooperación actual supera el mero relacionamiento interestatal.

Podría decirse que la crítica neoliberal al neorrealismo es doble: no sólo pone en cuestión aquella premisa de que los Estados son los únicos actores (importantes) en la escena internacional, incluyendo de ese modo a otros actores e intereses que trascienden al Estado, sino que, además, desagrega los conflictos, intereses y actores que atraviesan a cada Estado. Desde el momento en que se incluye “lo doméstico”, el Estado -y con él el “interés nacional”, etc.- deja de ser una “bola de boliche” o “black box”; pasa a ser un elemento en disputa, cuyo accionar no necesariamente es coherente ni lineal. El “interés nacional”, por ende, es fruto de la lucha de intereses domésticos; o sea, es resultado de una relación de fuerzas [4] domésticas.

A su vez, como ya vimos, el liberalismo en general plantea la existencia de un vínculo entre el comercio internacional y la paz internacional. La interdependencia económica genera espacios económicos integrados, acercando así actores distantes y disimiles, y esparciendo la influencia de los acontecimientos ocurridos en cada rincón del mundo, inclusive el más remoto. Por esta razón, los gobiernos deben crear sistemas para administrar y regular estos procesos económicos. Casi podría decirse que el Estado, por sí sólo no alcanza. Resulta imperativo acompañar y promover la globalización económica y comunicacional creando un aparato político institucional. Los incentivos para esta cooperación política son creados por la propia integración económica; pero esta cooperación no es automática, necesita ser inducida.

También realiza un planteo similar respecto de las democracias. Bruce Russett (1993) ha afirmado que los valores con los que las democracias se identifican -respeto de las minorías, libertad de expresión, separación de poderes, resolución pacífica de conflictos, etc.- hacen que primen los consensos y los acuerdos -en una palabra, la paz- por sobre los conflictos y las guerras.

Una democracia va a reconocer en otra democracia los mismos valores y principios como propios. Hay una identificación del otro como un par que permite la construcción de un vínculo basado en la hermandad de valores. Esto va a tener un impacto en el modo en que se relacionan porque existe un reconocimiento y un respeto mutuo. Esta “proyección” de los Estados colabora en la creación de “zonas de paz”, fundadas en el reconocimiento del otro sobre la base de principios democráticos compartidos.

Además, Russet (1993) argumenta que, teniendo en cuenta la estructura institucional de las democracias, cuyos pilares son el pluralismo político, las libertades individuales y la implementación de un sistema de “pesos y contrapesos” que permita a los ciudadanos ejercer un cierto control sobre los actos de sus gobernantes, las democracias hacen más difíciles y costosas la toma de una decisión tan importante como la de sumergirse a una guerra: se requiere el cumplimiento de ciertos procedimientos lentos, que además son de carácter público y que, por lo tanto, demandan un cierto apoyo popular de la medida. Esto hace que las medidas sean más previsibles y sea también más dificultosa la movilización de la maquinaria militar necesaria; eso sin mencionar que el control, tanto de la opinión pública como de los órganos de gobierno específicos, obligan a la rendición de cuentas de los costos económicos, humanos y de otro tipo, pudiendo así dificultar el ocultamiento de la información y fomentando la discusión y el cuestionamiento a estas medidas.

Críticas a la noción de poder en el “mainstream” de las RRII

Introducción

Al comenzar a escribir este trabajo me preguntaba si la mera comparación entre las diferentes definiciones del poder alcanzaba para llegar a comprenderlas. Con el tiempo me di cuenta de que no. Esto justifica el hecho de que en la sección anterior haya desarrollado un conjunto de otros argumentos relativos a éstas teorías que van más allá de una mera definición del poder por parte de cada una de ellas.

El poder atraviesa al conjunto de las teorías, tanto al interior de la estructura argumental de cada una de ellas como en su relacionamiento con el resto de las teorías: su visión del mundo, su utopía, los intereses que -consciente o inconscientemente- defiende, sus pretensiones, sus premisas, etc. las hacen teorías parciales; pero no sólo eso, sobre todo las hace teorías atravesadas por relaciones de poder . Ellas mismas son parte de esa lucha.

Como lo observara Robert W. Cox (1986: p. 107):

“La teoría siempre es para alguien y para algún objetivo. Todas las teorías parten de una perspectiva. Las perspectivas se derivan de una posición en el tiempo y en el espacio, especialmente del tiempo y espacio social y político. El mundo se percibe desde un punto de vista definible en términos de nación y clase social, de dominación o subordinación, de poder ascendente o declinante, de una sensación de inmovilidad o de crisis, de la experiencia pasada, y de las esperanzas y expectativas para el futuro (…). No hay por lo tanto tal cosa como una teoría en si misma, divorciada de una perspectiva en el tiempo y el espacio. Cuando una teoría se presenta a sí misma en estos términos es más importante estudiarla como ideología, y desnudar su perspectiva oculta.”

Si bien comparto con Cox la preocupación por, podríamos decir, “abrir” estas teorías y develar su parcialidad o, en otras palabras, su historicidad, no puedo dejar de pensar en lo problemático que resulta el concepto de ideología que Cox toma del marxismo. El “marxismo ortodoxo” plantea que las ideologías son una “falsa verdad”, una suerte de engaño, un velo que oculta la realidad objetiva (la explotación capitalista, por ejemplo). Cox, por el contrario, critica al “mainstream” por su pretensión de neutralidad y objetividad pero no pretende tener él mismo estas ventajas; por el contrario, pone en evidencia la perspectiva de intereses de los demás, pero también la suya propia. En este sentido, es más acertado ver a las teorías no como posesión de una verdad o de una cosa, sino como procesos sociales. En estos procesos continuos y dinámicos, las teorías se superponen, compiten, chocan y se hunden o se refuerzan unas a otras. En una palabra, forman parte de la “lucha por las ideas” por construir, en términos gramscianos, su propia hegemonía; en consecuencia, son fruto y al mismo tiempo forman parte de las relaciones de poder y la lucha de intereses contrapuestos.

Por esta razón creo que, aunque pueda parecer paradójico, la “lucha por las ideas” es, en definitiva, una lucha por lo real. La realidad no existe separada del tejido simbólico con el cual la interpretamos y le damos sentido. Las teorías no distorsionan la realidad, sino que la constituyen y le dan sentido. El lenguaje no es sólo una forma de describir el mundo, sino fundamentalmente una forma de pensar, sentir y vivir el mundo.

Pensar al problema en los términos de la alegoría de la caverna, en la que nosotros sólo vemos “sombras” de lo real, creer que el lenguaje o las ideologías son como aquel lago que refleja una imagen distorsionada de la luna, es un error. Es decir, el lenguaje no “representa” al mundo, hace que “veamos” y vivamos un mundo y no otro, que lo “veamos” y vivamos de una forma y no de otra, etc. El lenguaje no “refleja” lo real, “es” parte de lo real.

Creer en verdades objetivas es creer que existen verdades “eternas” por fuera del tejido simbólico, y que en la búsqueda de la verdad sólo hace falta “descubrir” estas objetividades. Esto puede resultar muy útil para legitimar nuestra ideología, nuestro lenguaje. Puede parecer espectacular adornar nuestros argumentos con adjetivos como “neutral”, “objetivo”, “ley natural”, “ley de la historia”, “voluntad divina”, etc., como lo hacen las teorías del “mainstream”. Sin embargo, lo cierto es que nada de esto existe. Las relaciones de poder, en su aspecto ideológico, no consisten en el enfrentamiento de concepciones del mundo predeterminadas o “puras”, sino que involucran una lucha por definir lo real. De allí la importancia de estas teorías ya que, desde esta perspectiva, su falsedad o veracidad no estarían dadas por algún método científico de falsación o verificación, sino que serían el resultado de construcciones sociales más amplias y complejas: las relaciones de poder que atraviesan a la sociedad.

Teniendo en cuenta estas ideas, intentaré desarrollar, someramente al menos, algunas de las críticas más importantes a las teorías del “mainstream” de las RRII -especialmente en lo concerniente a la problemática del poder- desde la perspectiva de otras teorías, casi siempre olvidadas o subestimadas.

Anarquía & analogía domestica

Una de las premisas compartidas por todas las teorías del “mainstream” es la del carácter anárquico del escenario internacional.

Estas teorías distinguen a la anarquía internacional del orden en el plano “doméstico”. Es evidente que los Estados soberanos, a diferencia de los individuos dentro de los mismos, no se encuentran sujetos a un gobierno común o “poder central”, y que en este sentido lo que hay es una “anarquía internacional”. Como resultado de esta anarquía, una idea persistente en los debates contemporáneos de relaciones internacionales ha sido que los Estados no forman ningún tipo de sociedad y que, para poder formarla, tendrían que subordinarse a una autoridad común.

Entonces, la característica que “lo internacional” no posee, el Estado sí la posee: existencia de una autoridad suprema o soberana que a través de un “contrato” logre subordine a todos los Estados. Es decir, no hay una jerarquía comparable a la existente dentro de un Estado; no hay un gobierno mundial, un poder centralizado que garantice la seguridad de todos los Estados. En este sentido, podría decirse que estas teorías piensan al sistema internacional como si fuese un Estado inacabado o como ausencia de Estado.

“Uno de los argumentos principales en los que se apoya esta doctrina es lo que he denominado la analogía doméstica o, dicho de otra forma, la aplicación de las experiencias de los individuos dentro de cada sociedad a los Estados. Según esta analogía los estados, al igual que los individuos, sólo pueden tener una vida social ordenada si, según la frase de Hobbes, se sienten intimidados por un poder común. En el caso del propio Hobbes, y también de sus sucesores, la analogía doméstica consiste en afirmar que los Estados o príncipes soberanos, al igual que los individuos que viven sin gobierno, se encuentran en un estado de naturaleza que no es otro que un estado de guerra. Ni Hobbes ni otros pensadores de su misma escuela consideran que deba, o que pueda, tener lugar un contrato entre los Estados que pueda poner fina a la anarquía internacional.” (Bull, 2005: p. 97)

Estas teorías no estudian a “lo internacional” en su especificidad sino utilizando la “analogía doméstica” .

Un primer elemento que me parece interesante analizar tiene que ver, precisamente, con ello: en caso de existir, ¿cuál es la especificidad de la política internacional que la diferencia de la política doméstica? Esta parece ser una pregunta sin respuesta para el “mainstream”, o mejor, su formulación se hace imposible basándose en la premisa de la anarquía internacional. En verdad, al plantear la ausencia de un “leviatán” mundial estas teorías tienden a pensar a “lo internacional” como un estadio pre-político, tal cual lo hiciera Hobbes al pensar sobre el “Estado de Naturaleza” de guerra de todos contra todos.

Por otra parte, la historia demuestra que el “estado de anarquía” en el que supuestamente se encuentra “lo internacional” no parece traducirse en un “estado de guerra” total, tal como pensaba Hobbes al “Estado de Naturaleza”. Allí tenemos la primera prueba de que existen otros elementos (normas, instituciones, acuerdos, creencias comunes, etc.) que contrabalancean la supuesta necesidad de los Estados de aniquilarse mutuamente para mantener su seguridad. Por esta misma razón, podemos plantear junto con Bull (2005: p. 102) que “…los Estados son diferentes de los individuos y son más capaces de formar una sociedad anárquica. La analogía doméstica no es más que una analogía y el hecho de que los Estados formen una sociedad sin gobierno demuestra que su situación tiene características que son únicas.”

La idea de una “sociedad anárquica”, como la llama Bull, puede parecer un oxímoron desde la perspectiva del “mainstream”. Sin embargo, “existen buenas razones para sostener que la anarquía resulta más tolerable entre los Estados que entre los individuos” (Bull, 2005: p. 100) Es decir que existe un orden, si bien precario e imperfecto, que evita que nos encontremos en un estado de “todos contra todos” y de guerra permanente. Ahora bien, esto no implica una visión optimista que sostenga la superación definitiva del “dilema de seguridad”; lo que se plantea aquí es una suerte de tensión permanente entre orden y anarquía, que atraviesa y define a todas las relaciones internacionales actuales.

Las teorías realistas, que ponen el énfasis en la anarquía del escenario internacional, suelen reducir al Estado y, por ende, a las relaciones entre ellos, a su componente militar. Es comprensible entonces que este reduccionismo haya tenido su momento de auge en un momento histórico concreto: la guerra fría. Es importante notar, además, que esta estrechez de miras no es sólo condenable en forma teórica sino también práctica: un excesivo militarismo puede servir a los intereses de las grandes potencias pero es especialmente perjudicial para los Estados más pequeños o periféricos cuyas poblaciones generalmente tienen serios problemas para asegurar su bienestar. Escudé (1995: c VI, p. 6) estaba en lo cierto al plantear que los realistas “han tendido a olvidar (…) las consecuencias de la política exterior de un Estado para su propia ciudadanía. Visto desde los Estados centrales este problema puede percibirse como vinculado a estrechos intereses ‘nacionales’. Pero desde la periferia subdesarrollada la perspectiva es totalmente diferente, porque lo que frecuentemente está en juego son las necesidades humanas básicas de una población empobrecida.”

No debe llamarnos la atención que, a pesar de sus diferencias, existan importantes similitudes entre esta concepción “reducida” del Estado que fabrican las teorías realistas y la utopía neoliberal del “Estado mínimo”, considerado como un mal necesario, cuyo objetivo básico es la defensa externa y la seguridad interior.

El énfasis liberal en la capacidad de cooperación de los Estados, que limitaría la anarquía reinante en el marco de las relaciones internacionales, no debe confundirnos. Precisamente porque los liberales, al hacer hincapié en las ganancias absolutas de la cooperación se olvidan de mencionar a quiénes favorece más y a quienes menos o, incluso peor, a quienes favorece y a quienes perjudica. El dominio de las élites dominantes y la consecuente profundización de la separación entre gobernantes y gobernados no suele ser la excepción, como suponen los liberales, ni tampoco significan necesariamente el involucramiento de ese Estado en una guerra.

La dicotomía entre guerra y cooperación es falsa ya que olvida la enorme cantidad de grises que hay entre ambas, entre los que, tal vez la más importante, sería la dominación imperial a través de la cual, a lo largo de muchos ejemplos históricos, las potencias más grandes no precisaron de la utilización de su maquinaria militar para oprimir y subyugar a otras naciones. Esto es posible ya que la mayor parte de las veces los intereses imperiales actúan a través de intereses internos (de la periferia) y, en conjunto, logran presentarse como el “interés común”: el “interés nacional” . Un “interés nacional” que, como es evidente, beneficiará más a unos que a otros: a las élites de las potencias más que a la de los países periféricos y a las élites más que al resto de la sociedad civil de cada uno de los países, lo que es más grave en el caso de los países periféricos en los que las desigualdades son mayores.

Por último, no hay que olvidar que el orden internacional (ONU, FMI, OMC, etc.) que las teorías liberales defienden es producto de un momento histórico concreto y que representa la consolidación, institucionalización y predominio de ciertos intereses específicos: puntualmente el imperialismo norteamericano y sus aliados en defensa del capitalismo y, precisamente, los ideales liberales, en detrimento del imperialismo soviético. Lo menciono porque me da la impresión de que muchos teóricos liberales suelen olvidarse de esto y hablan de estas instituciones o ideas como algo universal y eterno que, si bien hoy es compartido por casi todos los países, es resultado de una puja de fuerzas y, por consiguiente, beneficia a algunos más que a otros.

En consecuencia, el ideal de un “estado mínimo” no es contradictorio con la defensa de este “orden internacional”: permite la introducción de las ideas y normas de conducta establecidos por ese orden de forma cuasi-directa y sin intervenciones ni regulaciones. En este sentido, la sumisión casi total de las naciones latinoamericanas a las disposiciones del FMI durante la década de los ’90 es ejemplificadora. “Por eso, los tipos concretos de limitaciones que se imponen al uso de la violencia, el tipo de acuerdos que se consideran de carácter vinculante, o el tipo de derechos de propiedad que se protegen, tendrán la impronta de los elementos dominantes.” (Bull, 2005: p. 107)

El caso de los “Estados fallidos” también es interesante porque justifica la intervención internacional en caso de fallar el Estado en asegurar algunas de las condiciones y responsabilidades básicas que todo gobierno soberano debería cumplir. Para hacer la definición un poco más precisa, generalmente se presume: la falta de control sobre su territorio o la pérdida del monopolio del uso legítimo de la fuerza, la erosión de la autoridad local para tomar decisiones, la imposibilidad de proveer de los servicios básicos a su población y la imposibilidad de entablar relaciones con otros Estados como miembro pleno de la comunidad internacional. El punto importante aquí es que al no existir la soberanía esperada se justificaría la intervención internacional en base a argumentos “humanitarios” y a los peligros que esos “Estados fallidos” representan para los países vecinos y, por qué no, al mundo en su conjunto.

Igualdad soberana, igualdad funcional o lucha entre potencias

Según el realismo, en la medida en que los actores verdaderamente importantes en lo que hace al “dilema de seguridad” son las grandes potencias, ya que ellas poseen mayor capacidad destructiva y, por ende, son las que más pueden influir en el balance de poder, los Estados periféricos no tienen ningún valor explicativo o su importancia es mínima. El realismo, entonces, va a concebir a las relaciones internacionales como una lucha entre grandes potencias, ignorando así a los Estados periféricos.

El neorrealismo, a su vez, plantea que todos los Estados son “funcionalmente iguales” ya que poseen las mismas características y las mismas funciones dentro del sistema internacional. Esto no impide que los Estados, si bien iguales en cuanto a su estructura, sean distintos en cuanto a su “peso específico” dentro del sistema. Por el contrario, esta es la razón por la que Waltz (1988) puede permitirse considerar a los Estados más chicos como una especie de prolongación decimal sin demasiada importancia que no altera el resultado final del juego .

“…en la teoría sistémica la estructura es un concepto generativo y la estructura de un sistema es generada por las interacciones de sus partes más importantes, sería ridículo construir una teoría de la política «internacional» basada en Malasia y Costa Rica. (…) Esto puede ser muy cierto, pero deja de lado el importante hecho de que el comportamiento contestatario de algunos Estados periféricos es una de las mayores fuentes de inestabilidad en el mundo contemporáneo. Estos suelen ser Estados que no aceptan las limitaciones sistémicas que «deberían» guiar su comportamiento: sus políticas pueden parecer ‘irracionales’ desde un punto de vista sistémico, pero no obstante esto no significa que no sean relevantes para la comunidad interestatal.” (Escudé, 1995: c. III, p. 5)

Muchos otros han criticado a Waltz argumentando que los Estados no necesariamente se comprometen con el balance de poder que postula el neorrealismo; en vez de ello, prefieren seguir o aliarse a potencias poderosas en caso de una crisis internacional. Waltz ha respondido a estas críticas con un argumento similar al expuesto más arriba: su teoría explica el accionar de las medianas y grandes potencias, mientras que los países vulnerables y pequeños suelen seguirlos, pero en última instancia su accionar no influye en el curso de las relaciones internacionales en forma significativa.

Esta visión etnocéntrica del mundo deja completamente de lado a la periferia y, peor, no habilita la posibilidad de una “mirada periférica” del mundo y mucho menos la existencia de una visión contestataria contraria al actual orden mundial que, como es evidente, tiene más probabilidades de gestarse y nutrirse en la periferia .

El liberalismo y el neoliberalismo, por su parte, suelen esgrimir la igualdad soberana de los Estados, trasladando así la igualdad de los ciudadanos al interior de los Estados al campo internacional como una igualdad entre Estados . Esta igualdad es, en esencia, una igualdad formal, es decir, ante la ley, exenta de cualquier consideración de carácter económico, militar, político, etc. El orden mundial actual y sus instituciones, normas, creencias, etc. aparecen así como el resultado de la actuación de Estados libres e iguales respecto de sus derechos y obligaciones.

Este principio junto con el de “no-intervención en los asuntos de jurisdicción interna de los Estados” han permitido a los Estados más pequeños poder defenderse de los intereses de las grandes potencias e incluso extraerles alguna ventaja. Sin embargo, esta igualdad formal no deja de ser incompleta en la medida en la que no sea vea acompañada de una cierta igualdad real.

En el fondo, lo que estas teorías dejan completamente al margen es una discusión sobre por qué existe un “centro” y una “periferia”, siendo estas características no sólo resultado de factores domésticos (como el tamaño del territorio, la población o el grado de desarrollo de la economía local, etc.) sino también del vínculo de sujeción y lucha permanente que existe entre ambos (el centro y la periferia) .

Además, si bien el neoliberalismo, al igual que el liberalismo, reconocen la lucha de intereses al interior de los Estados e, incluso, aceptan que las guerras ocurren como resultado de la separación entre representantes y sus representados al interior de los Estados, no reconocen esa misma separación, que termina siendo mucho mayor, al interior del orden internacional . El “déficit democrático” en la ONU, la OMC, el FMI y tantas otras organizaciones internacionales, en las que se discuten temas y problemas que interesa a las grandes corporaciones económicas, ponen en cuestión la legitimidad de estas organizaciones para garantizar la utopía de la democracia mundial. En definitiva, terminan profundizando los intereses de los sectores productivos de base nacional (generalmente de los países más poderosos) pero con capacidad de proyección e influencia internacional.

Atilio Boron (2002, pp. 20-21) es categórico al referirse en este sentido sobre el accionar de las Naciones Unidas:

“…las Naciones Unidas no son lo que aparentan ser. De hecho, por su burocracia y naturaleza elitista, son una organización destinada a respaldar los intereses de los grandes poderes imperialistas, y muy especialmente los de los Estados Unidos. La ‘producción jurídica’ efectiva de la ONU es de muy poca sustancia e impacto cuando se trata de tomas o asuntos que contradigan los intereses de los Estados Unidos y/o de sus aliados. Nuestros autores parecerían sobreestimar el papel muy marginal jugado por la Asamblea General de las Naciones Unidas donde los votos de Gabón y Sierra Leona igualan a los de los Estados Unidos y el Reino Unido. La mayoría de las resoluciones de la Asamblea General se reducen a letra muerta a menos que sean activamente apoyadas por la potencia hegemónica y sus asociados. La ‘guerra humanitaria’ en Kosovo, por ejemplo, fue llevada a cabo en nombre de las Naciones Unidas pero sorteando por completo la autoridad tanto del Consejo de Seguridad como de la Asamblea General. Washington decidió que era necesaria una intervención militar y eso fue lo que ocurrió. Naturalmente, nada de esto tiene la menor relación con la producción de una ley universal o, como confiaba Kelsen, con el surgimiento de un ‘esquema trascendental de la validez del derecho situado por encima del estado-nación’.”

Las teorías liberales y neoliberales olvidan que todas las instituciones fosilizan una determinada relación de poder, fruto de una lucha de fuerzas histórica específica . No se crean de la nada ni surgen del acuerdo entre iguales. No obstante, a pesar de la “formalidad” de esta igualdad, éstas instituciones liberales se basan en este principio, lo que la termina convirtiendo en una potencia real. En otras palabras, esto provoca una tensión entre desigualdad real e igualdad formal que atraviesa al conjunto de las instituciones liberales y que, como ya dijimos, a veces pueden ser utilizada en beneficio propio de los Estados más débiles pero la mayor parte de las veces sirve para perpetuar su situación desventajosa.

Imperialismo o globalización

Los cambios científicos, tecnológicos, económicos, políticos, etc. desde siempre han transformado los vínculos entre los países. En ese sentido, la globalización no es un hecho nuevo pero adquiere ahora dimensiones distintas y más complejas que en el pasado.

En ese sentido, “…el realismo es incapaz de mostrarnos la emergencia y formación histórica de la globalización. ¿Qué nos puede decir el realismo sobre la “diferencia específica” de este desarrollo sin precedentes?” (Rosenberg, 1994: p. 37) Aquí, la teoría neoliberal es la que reina; la neorrealista, en cambio, demuestra en este punto lo desactualizada que ha quedado y parece, sobre todo, capaz de explicar un mundo que ya no existe: la guerra fría.

Los neoliberales argumentan que la globalización consiste en la creciente integración de las distintas economías nacionales en una única economía de mercado mundial. Esto favorece un aumento tanto de la prosperidad económica como de oportunidades, especialmente en los países en desarrollo, incrementando así las libertades civiles y realizando una asignación de recursos más eficiente. Es, como vimos, la exportación del capitalismo y la democracia de los países centrales al mundo entero: altos niveles de libertades políticas y económicas, en la forma de democracia y capitalismo, han sido ideas muy valoradas en el mundo desarrollado y han también producido altos niveles de riqueza material. La globalización sería, entonces, un proceso benéfico de extensión de la libertad y el capitalismo o, en otras palabras, de todos los preceptos y máximas liberales.

Este nuevo escenario implicaría además la virtual “desaparición del Estado”: la globalización de la producción y circulación de mercancías ocasionan diariamente la progresiva pérdida de eficacia y efectividad de las estructuras políticas y jurídicas nacionales, impotentes para controlar actores, procesos y mecanismos que exceden en gran medida sus posibilidades y que disfrutan de una movilidad, origen e influencia que sobrepasan las antiguas fronteras nacionales. En esta configuración del mundo, “[n]o hay, se nos asegura, actores imperialistas ni un centro territorial de poder; tampoco existen barreras o límites establecidos, identidades fijas ni jerarquías cristalizadas.” (Boron, 2002: p. 83) Henry Kissinger lo resumiría maravillosamente: “hoy todos somos dependientes. Vivimos en un mundo interdependiente. Los Estados Unidos dependen de las bananas hondureñas tanto como Honduras depende de las computadoras norteamericanas.” (Boron, 2002: pp. 37)

Estaríamos frente a lo que Bull (2005) denominó un “nuevo medievalismo” que explicaría la erosión de la soberanía estatal en el mundo contemporáneo globalizado. Esto ha resultado en un sistema internacional que recuerda al medieval, donde la autoridad política era ejercida por una serie de agentes superpuestos y no-territoriales, como los cuerpos religiosos, principados, imperios, ciudades-estado, etc. en vez de una única autoridad en la forma de un Estado que posea soberanía absoluta sobre su territorio. Este nuevo sistema internacional se basaría en fuentes de poder múltiples y superpuestas.

Sin embargo, la globalización dista de ser este escenario pintado por las teorías neoliberales.

En primer lugar, la globalización dista de ser total en la producción y el comercio mundiales. Los países desarrollados protegen sus mercados en productos que consideran sensibles, como los agrícolas, textiles y el acero. Existen, al mismo tiempo, severas restricciones a las migraciones internacionales de personas. La globalización es, por lo tanto, selectiva y abarca las esferas en donde predominan los intereses de los países centrales. La globalización está enmarcada por un sistema de reglas establecido por los centros de poder mundial. Las normas de carácter multilateral son preferibles a las que surgen del trato bilateral entre los países. De todos modos, los acuerdos en materia de comercio, propiedad intelectual y régimen de inversiones privadas directas, administradas por la Organización Mundial de Comercio (OMC), privilegian los intereses de los países centrales.

En la esfera financiera, en cambio, la globalización es prácticamente total. Existe, en efecto, un mercado financiero de escala planetaria donde el dinero circula libremente y sin restricciones. La desregulación de los movimientos de capitales y la insistencia del Fondo Monetario Internacional (FMI) para que los países de la periferia abran sus plazas, reflejan los intereses de los operadores financieros de los países desarrollados y sus redes en el resto del mundo.

En segundo lugar, esto no significa la desaparición de los Estados-nación y tampoco el surgimiento de “empresas globales” sin ningún tipo de “base” nacional. Si las empresas fuesen globales, correspondería, como plantea Boron (2002: p. 46), que ante cualquier conflicto que afecte los intereses de una de esas “megaempresas globales” hiciera su aparición para presionar al gobierno local el Sr. Kofi Anann o el Director General de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en nombre de los mercados globales y la economía mundial.

A diferencia de los postulados neoliberales, vivimos en un mundo en el que si bien el alcance de estas empresas se ha tornado global, su “base” continúa siendo “nacional” y, en consecuencia, el Estado sigue jugando un papel crítico en el campo de las relaciones internacionales.

La retórica de los ideólogos de la globalización neoliberal no alcanza a disimular el hecho de que el 96% de esas doscientas empresas globales y trasnacionales tienen sus casas matrices en ocho países, están legalmente inscriptas en los registros de sociedades anónimas de ocho países, y sus directorios tienen su sede en ocho países del capitalismo metropolitano. Menos del 2% de los miembros de sus directorios son extranjeros, mientras que más del 85% de todos los desarrollos tecnológicos de las firmas se originan dentro de sus ‘fronteras nacionales’. Su alcance es global y sus propietarios tienen una clara base nacional. Sus ganancias fluyen de todo el mundo hacia su casa matriz, y los créditos necesarios para financiar sus operaciones mundiales son obtenidos convenientemente por sus casas centrales en los bancos de su sede nacional a tasas de interés imposibles de encontrar en los capitalismos periféricos, con lo cual pueden desplazar fácilmente a sus competidores.” (Boron, 2002: pp. 46-47)

La globalización resulta, entonces, de la coexistencia de factores económicos y de marcos regulatorios que reflejan el sistema de poder prevaleciente en las relaciones internacionales. Este sistema de poder induce, a su vez, a la aplicación de un “doble estándar”: apertura indiscriminada de las economías en la periferia, proteccionismo en el centro; políticas monetarias (reducción del gasto público, etc.) en la periferia, políticas keynesianas en el centro; ahogo financiero (a través de la deuda externa, etc.) en la periferia, políticas de salvamento financiero en el centro; y un largo etcétera.

En tercer lugar, el predominio del laissez-faire no significa la disolución del Estado-nación. Como lo anotara Gramsci (1971: p. 160), “el laissez-faire también es una forma de ‘regulación’ estatal, introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos. Es una política deliberada, consciente de sus propios fines, y no la expresión espontánea y automática de los hechos económicos. Consecuentemente, el liberalismo del laissez-faire es un programa político.” De hecho,

Estas políticas favorecieron la prácticamente ilimitada penetración de los intereses empresariales norteamericanos y europeos en los mercados domésticos de las naciones del Sur. Para ello fue preciso desmantelar el sector público de esos países, producir una verdadera desestructuración del Estado y, con el objeto de generar excedentes para destinar al pago de la deuda, reducir al mínimo el gasto público sacrificando para ello gastos vitales e impostergables en materia de salud, vivienda, educación y otros del mismo tipo. Las empresas de propiedad pública fueron primero desfinanciadas y luego vendidas a valores irrisorios a las grandes corporaciones de los países centrales con lo que se hacía lugar para el máximo despliegue de la ‘iniciativa privada’ (¡pese a que en muchos casos los adquirientes eran empresas públicas de los países industrializados!). Otra política que se impuso sobre estos países fue la apertura unilateral de la economía, con lo que se posibilitó la invasión de bienes importados producidos en otros países a la par que los índices de desocupación aumentaban extraordinariamente. Cabe consignar que mientras la periferia era forzada a abrirse comercialmente, el proteccionismo del Norte se sofisticaba cada vez más. La desregulación de los mercados, sobre todo el financiero, fue también otro de los objetivos de la ‘revolución capitalista’ precipitada desde los años ochenta del siglo pasado. En su conjunto, estas políticas tuvieron como resultado un fenomenal debilitamiento de los Estados en la periferia, cumpliendo el sueño capitalista de mercados funcionando sin tener que preocuparse por las regulaciones estatales, lo que originó que de hecho fuesen los conglomerados empresariales los que se encargaban de ‘regularlo’, obviamente en provecho propio. Y como decíamos antes, estas políticas no fueron para nada fortuitas ni producto del azar, toda vez que el desmantelamiento de los Estados aumentó significativamente la gravitación del imperialismo y de las firmas y naciones extranjeras en su capacidad para controlar no sólo la vida económica sino también la vida política de los países de la periferia.” (Boron, 2002: pp. 92-93)

La presión ejercida para realizar estos cambios generalmente no proviene en forma directa desde los directorios de estas “empresas globales” sino de los gobiernos centrales y las instituciones intergubernamentales controladas por estos países . Este es un vínculo que pocos se atreven hoy a desmentir.

“Noam Chomsky cita, por ejemplo, un informe reciente de la revista Fortune en la que se informa que, en una encuesta practicada entre cien más grandes empresas trasnacionales de todo el mundo, la totalidad de las firmas, sin una sola excepción, reconocieron haberse beneficiado de una manera u otra de las intervenciones hechas en su favor por los gobiernos de ‘sus países’ y el 20% de ellas admitió que habían evitado la bancarrota gracias a los subsidios y préstamos de rescate que les habían sido oportunamente concedidos por ‘sus gobiernos’.” (Boron, 2002: pp. 47-48)

En este escenario, en el que las doscientas megacorporaciones que prevalecen en los mercados mundiales registran ventas por un total combinado mayor que la totalidad de los países del planeta excepto los nueve mayores, que sus ingresos totales anuales alcanzan los 7,1 billones de dólares y son tan grandes como la riqueza combinada del 80% de la población mundial, cuyos ingresos apenas alcanzan los 3,9 billones; en este escenario, como decía, existe una falta casi total de acciones multilaterales para resolver problemas muy graves de orden mundial y que deben preocupar especialmente a los países de la periferia. Por ejemplo, el subdesarrollo y la miseria prevalecientes en gran parte de la humanidad, el aumento de la brecha entre ricos y pobres, las migraciones clandestinas, la protección del medio ambiente, etc. Semejantes cuestiones no tienen respuesta por el libre juego de los mercados y tampoco parecen ser de interés de las grandes potencias mundiales.

Abriendo el concepto de Estado

El enfoque realista ha sido comúnmente criticado por ser demasiado simplista y no conseguir captar el sentido de las relaciones internacionales en toda su complejidad. Las acciones de los Estados son el resultado de las presiones de grupos de intereses, compañías e individuos en su interior y también de esas mismas fuerzas provenientes del exterior. Esto pone en cuestión la concepción realista del Estado, entendido como una “black box” o “bola de boliche” indiferente a las presiones internas y externas, que a través de un accionar racional busca la maximización de su poder.

El neorrealismo también adolece de este problema. Establece que el “interés nacional” es determinado en forma exógena, y no surge como resultado de fuerzas internas. La política de los Estados no está determinada por factores internos ni su relación con los externos, se explica por cambios sistémicos y el afán de subsistencia del Estado para garantizar su seguridad.

Esta definición del Estado como algo cerrado, monolítico y sin fisuras no es “neutral”: sirve para camuflar los intereses de los sectores dominantes con los ropajes del “bien común”, la “seguridad nacional”, el “interés nacional”, etc. Teniendo esto en cuenta, una mirada desde los sectores subalternos de la sociedad necesita “abrir” esa definición del Estado y hacer patente las fisuras, luchas y contradicciones que lo atraviesan, no sólo para descubrir que el despotismo en el lugar de trabajo se continúa en el despotismo del Estado, como plantea Rosenberg (1994: p. 128), sino también para reconocer los límites y contradicciones de las luchas que se pueden librar en su interior .

Los procesos culturales, económicos, políticos, etc. internos y externos que atraviesan a ese Estado no sólo determinan su comportamiento sino que definen su “forma”: la soberanía . “La soberanía del Estado depende tanto de la abstracción de éste de la producción como de la reconstitución de una esfera político-estatal separada de la sociedad civil. Pero ésta no es una abstracción que implique que la soberanía del Estado sea neutral. (…) [L]a separación de las funciones políticas en esferas públicas y privadas es la forma del poder de clase y el poder estatal bajo el capitalismo.” (Rosenberg, 1994: p. 129)

Cuando hablamos de “forma de Estado”, no nos referimos al tipo de gobierno de ese Estado [5] sino al modo en que el Estado ha asumido su carácter político “puro” bajo el capitalismo: la soberanía estatal. Resulta imperativo, entonces, no definir a la soberanía en términos de habilidad práctica del Estado de comandar el comportamiento de sus ciudadanos, o como derecho de los Estados para organizarse y regirse con independencia de toda intromisión política externa. Estos atributos, si bien tienen una importancia práctica enorme, no explican por qué el Estado moderno asume su forma “puramente política” distintiva. En contraste, debemos definir a la soberanía como la forma social del Estado en una sociedad donde el poder político es reducido al ámbito público-estatal.

Partiendo de esta base podemos establecer, a diferencia de las teorías del “mainstream”, una distinción histórica de las relaciones internacionales modernas, pudiendo resaltar así aquello que las hace únicas y distintas.

Las relaciones internacionales modernas no son diferentes por tratarse de un sistema interestatal; más bien, podemos tener un sistema interestatal global sólo porque la ‘política’ moderna es diferente. El modo seguro de confundirse aquí es precisamente el intento de teorizar esta diferencia en abstracción del tipo histórico específico de sociedad que produce esta forma de política. La forma, en sí misma, no es inerte o neutral, sino más bien cubierta con las determinaciones derivadas de su carácter capitalista.” (Rosenberg, 1994: p. 131)

El poder

Las teorías realistas parten de una noción “cosificada” del poder: piensan a los recursos y capacidades como pedazos de la “torta de poder” que los Estados competirían por maximizar. Por el contrario, los neorrealistas tienen una concepción “relacional” del poder en tanto conciben a los Estados como nodos funcionalmente iguales dentro de la red o sistema de poder de las relaciones internacionales .

El realismo y el neorrealismo, además, si bien toman otros recursos y capacidades en cuenta, prácticamente reducen al poder a un mero “poder militar”, siendo éste último el “factor decisivo” para determinar las características del sistema internacional. El liberalismo y el neoliberalismo, por su parte, si bien no reducen el poder a lo militar, también parecen caer en un “reduccionismo” similar: el Estado es o debería ser “mínimo”, apenas un cascarón que asegure la defensa externa y la seguridad interior . La diferencia tal vez radique en el hecho de que estas teorías plantean también que entre los fines del Estado estaría el asegurar una plétora de derechos considerados importantes.

Esto nos lleva a otra diferencia importante entre (neo)realistas [6] y (neo)liberales. Para los primeros, el poder, sin importar las diferencias respecto de considerarlo una “cosa” o una “relación”, estaría inmerso en un juego conflictivo: el poder implica necesariamente lucha. El escenario internacional es un “Estado de Naturaleza” de lucha permanente imposible de superar debido a las características propias del sistema (neorrealistas) o a la naturaleza humana (realistas). Para los segundos, en cambio, el poder surge, precisamente, de la cooperación. Si lo pensamos desde la “analogía doméstica” esto es mucho más claro: el poder soberano, representante del “bien común”, surge de la superación de la guerra de facciones, nace de la superación del estadio pre-político del “Estado de Naturaleza”. En el campo de las relaciones internacionales, la esperanza depositada en las instituciones internacionales y sus normas puede leerse en el mismo sentido. La lucha, entonces, es reducida a la competencia y la guerra, al contrario de las concepciones realistas y neorrealistas, es percibida como ausencia de política. El poder, en el caso del (neo)realismo, es concebido como dominación; en las teorías (neo)liberales, como libertad (aunque, como veremos, una libertad meramente “formal”).

Esta distinción tiene otro costado que es necesario explicar. Las teorías (neo)realistas tienen una concepción asimétrica del poder. En el caso del realismo, existen Estados con mayor poder y otros con menor poder; Estados que pudieron hacerse de mayores capacidades y recursos y otros que lo hicieron en menor medida. El neorrealismo, por su parte, al poner el énfasis en las “ganancias relativas”, necesariamente va a pensar al poder como un “juego de suma cero”. Esto significa que lo que uno gana, el otro lo pierde. Las teorías (neo)liberales, en cambio, parten de una concepción “igualitaria” del poder. Los Estados son entidades soberanas “formalmente” iguales. Además, al pensar al poder en las relaciones internacionales como un “juego de suma positiva” en el que lo importante son las “ganancias absolutas”, no sólo no van a poder apreciar las “ganancias relativas” y asimetrías fruto tanto de la cooperación como de la guerra, sino que asociarán falsamente la cooperación con el mutuo beneficio y la guerra con la desgracia compartida. Lamentablemente, como vimos, la cooperación no necesariamente beneficia por igual a todas las partes, es más, bien puede perjudicarlas; la guerra tampoco perjudica por igual a las partes y, no sólo eso, bien puede beneficiar a alguna de ellas [7] .

En ambos casos, sin embargo, se piensa a los actores principales del escenario internacional como actores racionales que buscan maximizar beneficios y reducir sus costos . Esto explica por qué todas las teorías del “mainstream” se han visto tentadas a utilizar la teoría de la elección racional: se trata de un enfoque teórico para interpretar los fenómenos políticos a partir de supuestos básicos que derivan de principios de la economía. Esta racionalidad tiene que ver con una cierta intuición que lleva a los individuos a optimizar y mejorar sus condiciones. Sin embargo, esta visión de la sociedad y del sistema internacional es profundamente equivocada: reduce todo el comportamiento de los actores –sean éstos individuos, Estados, etc.– a la mera maximización de beneficios sin tener en cuenta que los individuos y, en consecuencia, todas sus relaciones sociales e instituciones, son mucho más complejos y contradictorios; además, en la medida que en el juego de las relaciones internacionales hay “información imperfecta e incompleta”, el “interés nacional” de cualquier Estado, argumento clave del realismo, puede llegar a ser imposible de definir en términos racionales debido no sólo a la existencia de diferentes prioridades que lo atraviesan, sino a que la carrera de un país por conseguir sus objetivos puede alejarse de lo considerado como racional. Un ejemplo notorio habría sido la I Guerra Mundial (1914-1918), en la que casi todos los países beligerantes perdieron más de lo que ganaron.

Por último, al partir de una noción esencialmente militar del poder, las teorías (neo)rrealistas acaban por tener una visión “estado-céntrica” del poder. Esto a su vez, les impide ver las fisuras y relaciones al interior de cada Estado y de cada nación ya que no son capaces de notar la particularidad de lo que Rosenberg (1994) denominó la “forma” del Estado moderno: su separación en dos esferas, una civil y otra “puramente” política. Esta “forma” peculiar es la que permite la existencia del sistema internacional actual. Las teorías (neo)liberales, por su parte, naturalizan hasta tal punto esta división que no reducen el poder al Estado sino todo lo contrario: plantean la existencia de varios poderes (económico, político, etc.) sin pensar en las vinculaciones entre ellos ni por qué se presentan en forma separada, algo que históricamente nunca había sucedido antes del advenimiento del capitalismo.

Es mi opinión que, partiendo de una percepción del poder no-cosificada, es decir, planteando que el poder está implícito en todas las relaciones sociales y, además, no meramente en las relaciones “políticas”, “públicas” o “estatales”, resulta imperioso desechar las posturas predominantes en el “mainstream” que lo definen como esencialmente dominación o libertad. No es la presencia o ausencia del poder la que determina nuestra libertad o dominación sino el tipo de relaciones de poder que predominen. Toda relación social es una relación de poder. Quienes conciben al poder como dominación tienden a “naturalizarla” y a convertirla en una especie de mal que es inútil combatir porque siempre existirá. Esta es la postura de los (neo)rrealistas. Por otro lado, quienes conciben al poder como expresión de la libertad (económica, política, etc.), como hacen los (neo)liberales, no alcanzan a ver las relaciones de dominación existentes en nuestras sociedades y, en consecuencia, nunca se han preocupado, desde su confortable sillón de intelectuales, por luchar para “cambiar el mundo” e intentar establecer relaciones sociales distintas a las actualmente existentes.

En el caso del realismo, al derivar la búsqueda por la “maximización de poder” de la naturaleza del hombre y al concebir a este como un animal opresor (retomando la idea de que “el hombre es el lobo del hombre”), eternizan un supuesto “Estado de Naturaleza”, justificando así un orden de cosas existente. El neorrealismo, por su parte, si bien no deriva esto de la “naturaleza” humana, lo hace del “sistema”, que parecería condicionar a los actores pero éstos no al sistema, “naturalizando” así el status quo vigente. El (neo)liberalismo, a su vez, preocupado por la supuesta expansión de la libertad (económica, política, etc. pero siempre “formal”), no hace más que convertirse en un “modelo civilizatorio” que todos deben copiar, justificando de ese modo el orden de cosas existente, capitalista y liberal, y condenando a todos quienes intenten salirse del “modelo”.

Sin embargo, la política, no es en sí misma libertad ni opresión; en todo caso, es el terreno en el que la libertad y la dominación son posibles. De allí la importancia de la crítica a la concepción “estado-céntrica” de la política, puesto que libertad y dominación no son exclusivas al terreno estatal ni tienen que ver con evitar que el Estado se entrometa en la “esfera privada” ni están vinculadas a un tipo particular de gobierno (democrático, totalitario, etc.); libertad y dominación se dan en toda relación social, aun en las que consideramos “privadas”.

Del mismo modo que es falsa la creencia liberal de que somos naturalmente libres, también es erróneo creer que la libertad es un derecho “formal”, como cree el liberalismo. Es decir, no somos libres porque un papel dice que lo somos sino que, en todo caso, lo seremos por el tipo de relaciones que predominen en nuestra sociedad. La libertad, entonces, no puede pensarse como algo individual sino que es definitivamente algo colectivo. La libertad es el resultado de cierto tipo de relaciones de poder –entre individuos, Estados, etc.–; nuestra libertad siempre hace referencia a nuestra relación con los demás.

No obstante, a pesar de que es preciso superar la concepción “Estado-céntrica” de la política y del poder, esto no implica un abandono del Estado. Lo aclaro porque pareciera estar de moda el plantear, parafraseando a Nitzsche, que: “el Estado ha muerto”. En el apartado “Imperialismo o globalización” vimos de la mano de Atilio Boron cómo el Estado no sólo no ha muerto sino que se articula con los intereses de los grandes poderes económicos y financieros internacionales.

En este sentido resulta fundamental rescatar la obra de Marx. Toda ella se encuentra fuertemente imbuida de una concepción del Estado como instancia suprema de alienación que preserva el mantenimiento de la sociedad de clases, criticando así la concepción hegeliana del Estado como el terreno de la máxima eticidad, altruismo, igualdad, etc. Marx encontró en el Estado un conjunto de prácticas, instituciones, creencias y procesos mediante el cual la dominación de clase se reproduce y profundiza. La síntesis más clara de esta idea la encontramos en el Manifiesto: “el Estado es el comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa”.

Según Marx, el Estado surge como consecuencia del carácter irreconciliable de las partes involucradas en la lucha de clases. El Estado, aunque se presenta como una esfera separada de la “sociedad civil”, está absolutamente comprometido con las luchas que se dan en ella. Por esta razón, nunca puede considerárselo la mansión de la igualdad o de la conciliación de clases, sino que ha sido específicamente creado para fosilizar (naturalizar), legitimar, amortiguar y canalizar los enfrentamientos de clase, para mantener todo conflicto dentro del orden. Es decir, el Estado no resuelve las contradicciones de la “sociedad civil”, más bien colabora con su reproducción. Se trata, entonces, de un órgano de opresión de una clase por otra, es la expresión más clara de la creación de un orden: el de la clase dominante.

Ahora bien, aun cuando compartamos esta concepción del Estado resulta necesario admitir que las clases dominantes no gobiernan directamente, sino a través de un grupo de funcionarios y burócratas. En este sentido, el carácter de clase del Estado, en particular del Estado burgués, no proviene del hecho de que estos funcionarios y burócratas sean “el comité de negocios del gran capital”. Esta claro que esto suele ser lo normal, pero pensar al Estado como un instrumento que la clase dominante usa a gusto no es correcto, porque se ignora los diferentes conflictos y presiones sociales que lo atraviesan. Lo que demuestra el carácter de clase del Estado burgués no es el hecho de que los gobiernos, por gusto o por obligación, se encuentren más o menos subordinados al deseo del gran capital, sino que es el Estado el espacio en el que la clases dominantes han logrado sintetizar, fosilizar y normalizar sus “reglas del juego”, sus formas de producción y reproducción del mundo.

Dejar de concebir al Estado como un “instrumento” en mano de las “clases dominantes” no sólo nos sirve para abandonar una concepción “cosificada” del Estado, sino también para “abrir” el concepto y ver en él las múltiples luchas e intereses que lo atraviesan y que provocan diariamente fisuras y contradicciones que hacen posible la promulgación de políticas contrarias a los intereses de los sectores dominantes. Dicho lo cual, sería iluso creer que por ello el Estado ha perdido su carácter de clase: la lucha de clases no se da solamente en la “sociedad civil” sino que se reconoce, continúa y legitima en el Estado. Al mismo tiempo, otras luchas e intereses lo atraviesan y definen su comportamiento. Esto es especialmente cierto en el Estado moderno que debe presentarse como el abanderado del “bien común”.

Estos últimos comentarios en torno a una definición crítica del Estado me parecieron ideales para presentar como conclusión ya que colaboran en una nueva visión respecto de la estructura de poder del sistema internacional actual, en el que la interacción entre los Estados centrales y periféricos no debe entenderse en forma separada del conjunto de las instituciones intergubernamentales y sus normas, así como tampoco del accionar de las grandes compañías económicas y financieras que controlan la mayor parte de la riqueza mundial.

Bibliografía

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· WEBER, Max 2007 La ciencia como profesión / La política como profesión (Madrid: Espasa Calpe)


[1] La discusión respecto a pensar al poder como un instrumento o como una relación social, si la política surge del orden o del conflicto, si el Estado es el actor principal de la política, si éste es un actor monolítico o con fisuras, si representa ciertos intereses o el “interés nacional”, etc. supera ampliamente el campo de las relaciones internacionales pero, a su vez, resulta indispensable para pensar esas relaciones.

[2] En este sentido, las “reglas del juego” no vienen dadas, sino que son creadas y recreadas. Por cierto, la “creación” de las reglas y su generalización, a través de métodos más o menos violentos, permite la creación de un esquema que garantiza el poder de las grandes potencias.

[3] A pesar de ello, las guerras son en muchos casos un estímulo para la economía de algunos países ya que permiten el desarrollo de su industria armamentística y una vez finalizada la guerra se distribuyen cuantiosos contratos de reconstrucción del país vencido, que traen consigo importantes beneficios económicos.

[4] Es decir, relaciones de poder…

[5] Algo a lo que por cierto tampoco le prestan la mínima atención los enfoques realistas, aunque no así los enfoques liberales que intentan introducir al régimen como variable explicativa de las relaciones internacionales a pesar de que, como vimos, su calidad explicativa se ve relativizada por su pretensión etnocéntrica de formular un “modelo civilizatorio” que todos los Estados deberían seguir

[6] Utilizo esta forma para referirme a ambas de modo sintético. En este caso, por ejemplo, me refiero a las realistas y a las neorrealistas.

[7] De hecho, si bien en toda guerra ambas deben pagar algún costo, generalmente la parte agresora entra en una guerra teniendo la expectativa de obtener algún tipo de beneficio.


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