Tuve la fortuna de poder conocer personalmente al profesor Kaplanov durante una de sus visitas a Madrid. Fue en torno al año 2005. Era historiador y filólogo, natural de Daguestán por su origen familiar, una república autónoma dentro de la Federación Rusa; situada en el Cáucaso en la frontera con Azerbaijan. Por línea paterna procedía de una familia musulmana noble entre los suyos: tanto su madre como su abuela eran judias, así que Kaplanov era sin lugar a dudas un hijo de la civilización y cultura nacida con ese gran aglutinador de pueblos que fue y es en cierto modo el imperio ruso.
Hace ya unos años del fallecimiento de Kaplanov (en 2007), pero en estos días de 2026 hemos evocado su figura durante una visita que nos ha realizado un amigo y colega común, el profesor Владимир Ведюшкин. Que pasado un tiempo le recuerden a uno con cariño y respeto es algo hermoso sin lugar a dudas. Ведюшкин ha sido investigador titular en el Instituto de Historia Universal de la Academia de Ciencias donde compartió años con Kaplanov. Me dije que debía escribir lo que recordaba y en esas estamos, sirva como homenaje y recuerdo a alguien respetado y que nos estrechó muy sinceramente su mano hace ya unos años.
Ocurrió que un buen día me llamó mi muy estimado colega y amigo el Dr. Encinas Moral, profesor de la UCM, quien me dijo que tenía que presentarme a alguien. Esto me hizo ponerme en marcha, pues por experiencia propia ya sabía lo que estas palabras auguraban. Encinas estudió en la Universidad Lomonosov de Moscú y había colaborado muchas veces con la Academia de Ciencias de Rusia y tiene mucho trabajo compartido con académicos de Rusia y su mundo. Durante los cuatro días siguientes acompañamos a Kaplanov por Madrid, Alcalá de Henares y Guadalajara. Tuvimos ocasión de compartir mesa y largas conversaciones. Al poco de estar con él te dabas cuenta de que era alguien muy especial, de esas personas cuyo talante y actitud era atento, reflexivo, educado, un verdadero intelectual y un caballero. Resultaba pasmoso su dominio del idioma español, pero lo que resultaba ya fuera de toda previsión era que ese dominio se extendía por los laterales lingüísticos y culturales hasta profundidades insospechadas.
Kaplanov dejaba hablar. Lo estimulaba incluso. Era consciente de que entre las personas de su ámbito con las que trababa contacto, habría quienes supieran o debieran saber más en detalle de lo que les era cercano y el escuchaba, no despreciaba a nadie, sabía que de todos se puede aprender; escuchaba y buscaba aprender de los detalles, los matices, identificaba pistas que luego apuraba en las bibliotecas; el resultado de todo ello era que lejos de creerse que lo sabía todo, tenía muy claro que tenía que escuchar y aprender de los que sabían de otros temas o zonas por las que él aun no se había aventurado. Y cuando le preguntabas o la conversación le ponía en posición, desarrollaba magníficamente las cuestiones.
Se movió muchísimo y trabó contacto con colegas y alumnos de todas las procedencias. Su ámbito de especialidad era la historia de Europa y muy particularmente la historia de los pueblos judíos de Europa Central y Oriental, pero sobre todo de las relaciones entre religión y política y, no olvidemos, la cuestión de las minorías nacionales sin estado. Hizo su tesis sobre el Portugal salazarista desde los inicios de la República Portuguesa hasta el 25 de abril. Si vemos la lista de publicaciones, encontraremos a una persona con una visión de conjunto pocas veces igualada. No voy a meterme en consideraciones sobre su moverse en el interior de la Academia de Ciencias y del Instituto de Historia Universal de la Academia pues es algo que en realidad desconozco, baste decir que cuando una institución tiene figuras así puede sentirse orgullosa. El principe Kaplanov (lo era de origen) era fruto del sistema universitario ruso, no se improvisa un entorno universitario que permita aflorar personas de esa talla intelectual; su historia familiar y personal no fue fácil, nada fácil, es evidente que se refugió en el trabajo y en el universo intelectual que pobló con sus inquietudes y esfuerzo.
Recuerdo que evoqué ante él la figura de Julián Juderías, diplomático español de finales del XIX y traductor del Ministerio de Estado quien dominaba del orden de 18 lenguas y Kaplanov se sintió muy honrado con la comparación; desde luego conocía perfectamente la figura y obra de Juderías, que fuera quien acuñase el término «Leyenda Negra», entre otras aportaciones. Los días que compartimos con Kaplanov fueron para recordar. No era pretencioso ni presumido, era alguien forjado en el trabajo callado de la biblioteca, ante el abismo de la hoja en blanco y en el arte de escuchar y compartir, sabía engranar con las personas y distinguir muy bien entre ellas a aquellos que solían por los mismos caminos, puentes y espesuras por los que él mismo se adentraba. Cuando te encuentras en la vida con personas así te das cuenta de muchas cosas, y para quien como es mi caso, forma parte del mundo académico, figuras como Kaplanov te ayudan a ser más consciente de ,lo mucho que nos queda por saber, pero sobre todo, son un referente humano imprescindible como académico e intelectual. Poco después supimos que un infarto se lo llevó. Pensé en la finitud de las personas y al tiempo en la grandeza de la condición humana que permite a algunos rebelarse contra el fango y aprovechar su tiempo en en el mundo para conocer, aprender y compartir. Descanse en paz, profesor Kaplanov. (PAGB)
Obituario de Rachid Kaplanov (1949-2007) Por Gennady Estraikh, Igor Krupnik& Mikhail Krutikov. Publicado en Asuntos Judíos de Europa del Este Volumen 38, 2008 – Número 1 https://doi.org/10.1080/13501670801897296
Rashid Kaplanov fue una persona extraordinaria en muchos sentidos, y fue muy respetado y querido por casi todos los que tuvieron el privilegio de conocerlo. La naturaleza lo dotó de una memoria prodigiosa y unas habilidades lingüísticas excepcionales que le permitían conversar con fluidez con personas de todos los rincones de Europa y de muchas partes de la antigua Unión Soviética en sus lenguas maternas. No había mayor placer en la vida para él que compartir su conocimiento con cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar. Llevaba su enorme erudición enciclopédica con gran soltura, gracia y humor; no es de extrañar que tuviera tantos amigos y admiradores entre personas de todos los ámbitos de la vida, desde aristócratas británicos hasta campesinos ucranianos. En la sombría atmósfera de la era Brezhnev, siempre logró mantener una notable sensación de libertad interior que, de alguna manera, parecía formar parte de su naturaleza. Haciendo gala de su característico papel de «príncipe» (Rashid descendía por parte paterna de la aristocracia kumyk de Daguestán y solía presentarse como «Príncipe Kaplanov» – kniaz’ Kaplanov en ruso), invitaba a todos a seguir las reglas de su juego, que no admitía mediocridad, complacencia ni aburrimiento. Con su aire aristocrático cuidadosamente cultivado, se comportaba de la manera más democrática al interactuar con la gente.
Su interés por la historia y la cultura judías fue solo una de las muchas aficiones intelectuales y culturales que desarrolló. Rashid se formó como historiador de Europa Occidental y su obra abarcó desde la teoría política de Dante (su tesis de maestría en la Universidad Estatal de Moscú, 1971) hasta el sistema político portugués bajo el régimen fascista de Salazar (su doctorado en el Instituto de Historia Mundial de la Academia de Ciencias de la URSS, 1974). Sin embargo, siempre mantuvo un interés genuino por las minorías, su política, historia y cultura. Desde los catalanes, friulanos y sorbios de Europa Occidental hasta los caraítas, krymchaks y judíos de las montañas de la antigua Unión Soviética, sobre los que fue uno de los principales expertos, los intereses de Rashid eran increíblemente diversos. Este profundo interés y gran conocimiento de las diversas culturas minoritarias lo introdujeron, naturalmente, en el círculo de un pequeño grupo de académicos especializados en estudios sobre minorías rusas que surgió en torno a la Comisión de Etnografía de la filial de Moscú de la Sociedad Geográfica Rusa a finales de la década de 1970. Su primera serie anual de conferencias públicas en 1980-1981 (que posteriormente se materializó en un pequeño libro, Geografía y cultura de los grupos etnográficos de tártaros en la URSS , 1983, I. Krupnik, comp., S. Arutyunov y L. Cherenkov, eds.) incluyó varias presentaciones sobre los caraítas de habla tártara y los krymchaks judíos. Rashid, siempre al tanto del tema, participó activamente en esas presentaciones y debates públicos. También experimentó por primera vez lo que incluso el enfoque cauteloso hacia lo que podría llamarse «estudios judíos» en la Unión Soviética podía significar a nivel personal: desde el interés explícito de la KGB en la naturaleza del seminario y algunos de sus ponentes, hasta el acoso directo al esfuerzo por parte de algunos activistas caraítas y «tártaros», enfurecidos ante cualquier intento de explorar las raíces judías de sus respectivos grupos.
Rashid encontró su verdadera vocación en el campo de los estudios judíos, que surgió entre 1981 y 1982. En otoño de ese año, varios miembros de la Comisión de Etnografía de Moscú fundaron un nuevo organismo, la Comisión Etnográfica Histórica Judía, de la cual Rashid fue uno de los fundadores. La Comisión se afilió inicialmente a la revista moscovita en yiddish Sovetish Heimland , y Rashid pronunció su primera conferencia pública sobre judaísmo en las sesiones abiertas de la Comisión, celebradas en el abarrotado vestíbulo de la redacción de la revista. El título de su presentación era muy propio de Rashid: «El estatus de los grupos judíos en las naciones «límite» de la Europa del Este de entreguerras». Desde Hungría, Bulgaria y Eslovaquia hasta Finlandia y Estonia, Rashid hizo gala de su formidable erudición; además, era un orador encantador. Sin embargo, su presentación fue el último discurso público sobre historia y etnografía judías que la Comisión organizó en las instalaciones de Sovetish Heimland. El artículo de Rashid nunca se publicó, y la Comisión Histórica Etnográfica Judía se convirtió en uno de los muchos grupos intelectuales semidisidentes informales. Sus reuniones mensuales en apartamentos privados y sus innumerables debates sobre cómo llevar a cabo estudios judíos en la Unión Soviética fueron prohibidos por el sistema académico oficial.
Rashid, con su elegancia habitual, se sentía tan a gusto en las sesiones de la Comisión Judía en su apartamento como en los simposios académicos formales sobre historia de Europa Occidental que se celebraban en su casa, en el Instituto de Historia Mundial de la Academia de Ciencias. Fue en esas reuniones donde escuchamos por primera vez las presentaciones de Rashid sobre los médicos marranos portugueses en la corte imperial rusa de San Petersburgo en el siglo XVIII, sobre los caraítas de Troki, sobre la prensa judía en los países de Europa del Este antes de la Segunda Guerra Mundial, entre otros temas. Rashid también aprovechó su enorme red de contactos personales entre historiadores de toda la antigua Unión Soviética en beneficio de la Comisión Judía. Gracias a Rashid, tuvimos la fortuna de conocer y traer a nuestras audiencias a académicos de Lituania y Ucrania. Esto era típico de la visión de Rashid de una «judaica sin fronteras», que florecería con fuerza durante las dos últimas décadas de su vida.
En el ambiente intelectual más liberal de finales de la década de 1980, Rashid se lanzó a la vanguardia de la vida académica judía en Rusia: primero como uno de los líderes de la Sociedad Histórica Judía de Moscú (1987-1989), que reemplazó a la Comisión Histórica Etnográfica Judía, y luego como redactor jefe del Vestnik Moskovskogo Evreiskogo Universiteta (Boletín Judío de la Universidad de Moscú) y presidente del Consejo Académico de Sefer, el Centro de Estudios de la Civilización Judía de Moscú.
Sus contribuciones a los estudios judíos fueron múltiples. Además de llevar a cabo su propio proyecto de investigación de toda la vida sobre los sefardíes en la Rusia del siglo XVIII (que se vio truncado por su prematura muerte), publicó y editó las obras de sus colegas, impartió clases a estudiantes y dio conferencias públicas. Fue tanto su personalidad singular y carismática como sus decididos esfuerzos por difundir y apoyar a sus colegas lo que creó un ambiente tan cordial como riguroso en los estudios judaicos en lo que antes se conocía como la Comunidad de Estados Independientes. Con su característica corbata y su porte distinguido, Rashid viajó incesantemente a lugares como Kazán, Minsk, Kiev, Leópolis, Vilna y, lamentablemente, Chernivtsi, donde sufrió un terrible infarto el verano pasado que truncó su carrera académica y, finalmente, su vida.
Resulta difícil pensar en alguien que haya hecho más que Rashid para mantener los antiguos vínculos entre académicos y estudiantes interesados en los estudios judíos en toda la antigua Unión Soviética y para atraer a tantos jóvenes talentos. A pesar de su delicado estado de salud, siempre estaba en movimiento, viajando por el mundo, dando conferencias e investigando, visitando a sus viejos amigos y colegas y haciendo nuevos. Era muy conocido y estimado por sus numerosos colegas en muchos países europeos, en Israel y en Estados Unidos. Con una nobleza digna de un príncipe, dedicó la mayor parte de su trabajo al servicio voluntario de la comunidad y de su profesión. En una ocasión explicó por qué no intentó conseguir un puesto académico en una universidad occidental: «Los príncipes [ kniaz’ia ] nunca solicitan. A veces aceptamos una invitación». Fue en gran medida gracias a su prestigio y esfuerzo que la Asociación Europea de Estudios Judíos decidió celebrar su Congreso en Moscú en 2006, lo que contribuyó a realzar la imagen de los académicos rusos y a acercarlos a sus colegas en Europa, Israel y Norteamérica.
Para nosotros tres, Rashid Kaplanov fue una figura fundamental en nuestra historia personal en la antigua Unión Soviética, un amigo cercano y objeto de muchos recuerdos entrañables. La vida será diferente sin Rashid. Expresamos nuestras más sentidas condolencias a sus colegas del Centro Sefer para el Estudio de las Civilizaciones Judías y a sus numerosos estudiantes y colaboradores en la antigua Unión Soviética y más allá. Lo echaremos mucho de menos. Tardaremos años en comprender plenamente el vacío irreparable que deja su prematura muerte.
¡Adiós, querido kniaz !
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Posted on 2026/04/12
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