Alí Jamenei, Guía Supremo del chiísmo iraní / Rafael Fraguas

Posted on 2026/03/01

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Publicado el 28/02/26 en El Obrero y Global. Rafael Fraguas

El ayatola Sayed Alí Jamenei, Guía de la República Islámica de Irán, nació en la ciudad santa chiíta iraní de Mashad, al noreste del país, en 1939. Hijo del religioso azerí Javad Jamenei y de Jadiya Mirdamadi, tuvo siete hermanos. Profundamente creyente, adscrito el Islam chií duodecimano, la minoría islámica mayoritaria en Irán, y portador del emamé shia, turbante negro, de los descendientes del linaje del Profeta, mostró desde su adolescencia un estro literario y poético que devendría en compromiso político. Con él se encaminó hacia el activismo que le procuraban los estudios islámicos, a los que accedió aleccionado por su padre. Para proseguirlos, a finales de los años 50 del siglo XX, se desplazó a la ciudad iraquí de Najaf, donde sería alumno de los ayatollahs Sayed Hussein Burujerdi, Hussein Alí Montazeri y Ruhollah Jomeini, futuro Guía Supremo y personalidad clave tras el triunfo de la revolución iraní en 1979 con el derrocamiento del Sha Mohamad Reza Pahlevi.

Veinte años antes de aquel proceso revolucionario, Alí Jamenei, por imperativo paterno, regresó desde Najaf a Irán para continuar sus estudios coránicos, literarios y poéticos en la ciudad santa iraní de Qom. Allí Jamenei debutaría políticamente como correo del imán Jomeini, exiliado en Irak, con clérigos afectos a su causa. En Najaf aumentó su proximidad a Jomeini, que iniciaba su trayectoria activista denunciando la injerencia estadounidense en la política de Irán, la extraterritorialidad legal de la que gozaban las tropas norteamericanas en el país persa y la que consideraba sumisión de Reza Pahlevi a los designios de Washington. La protesta del clero shií, protagonizada por Jomeini, se enfrentaba a la política oficial del monarca sobre la desamortización de ingentes bienes fundiarios de manos muertas, ancestralmente en poder del clero chií y que Pahlavi se propuso distribuir durante la denominada Revolución Blanca, que la oposición irónicamente decía que lo único de color blanco es que tenía era el haber sido impuesta “desde la Casa Blanca”.

Ali Jamenei asumió desde edad muy temprana el compromiso político para contribuir a derrocar al Shahanshar (Rey de reyes) Reza Pahlavi, actividad que desplegó febrilmente y que le procuró dos detenciones puntuales, un encarcelamiento de dos meses y un prolongado exilio interior en la desértica provincia meridional oriental iraní de Sistán-Baluchistán. De regreso a la lucha política, que en el chiísmo se encuentra hondamente entreverada con la religión, con un hondo sesgo milenarista y martirológico, Jamenei comenzaría a codearse con los líderes religiosos que dirigían desde las mezquitas la impugnación contra el monarca, ya que éste, además de sus medidas para expropiar los bienes del clero, había acometido una iniciativa destinada a resaltar el pasado persa de Irán, frente a la arabización coránica implícita en la doctrina islámica del chiísmo iraní.

Partido único

En los albores de la revolución de 1978-79, Jamenei, hoyatoleslam del Islam chií duodecimano, se integraría en la Asociación del Clero Combatiente, germen del futuro Partido de la República Islámica. Esta formación devendría en el partido único del régimen, plenamente islamizado tras la eliminación física, por fusilamiento u horca, de centenares de dirigentes y miles de militantes políticos y sindicales, así como la prohibición, de otras organizaciones sindicales y políticas, nacionalistas, comunistas, socialdemócratas, fedayines y mujaidines, coprotagonistas de la revolución de 1978-79.

Alí Jamenei, estudioso de los asuntos militares y mentor-creador de la islamizada Guardia Revolucionaria, Pasdarán, destacaría como el orador más renombrado e influyente del régimen islámico naciente, al serle encomendada en 1980 la dirección de la plegaria del viernes en la Universidad de Teherán, principal altavoz ideopolítico-religioso del clero chií, ya entonces, hegemónico en el país persa.

En junio de 1981, en medio de un conato de guerra civil tras el derrocamiento del presidente Abolhassan Banisadr, apoyado militarmente éste por la organización armada Muyaidin-e-Jalq, regida por Massud Radjavi, Alí Jamenei sufriría un atentado al detonar un explosivo situado en un magnetofón durante una de sus prédicas en una capital provincial. Poco antes, Jamenei había sido nombrado Presidente de la República islámica de Irán, cargo en el que sucedería a Alí Rayai, asesinado el 31 de agosto de 1981 por los mujaidines-jalq. Como consecuencia del atentado del explosivo colocado en el magnetofón, Jamenei perdería la actividad de su mano derecha, pero ganaría la consideración de sahid, mártir en vida, que le cualificaría en 1989 para suceder al ayatolá Jomeini como Guía Supremo de la República islámica a su muerte, el 3 de junio de aquel año. A partir de entonces, Jamenei accedería al rango de ayatollah y Marjae Taglid, fuente de emulación para la grey chií.

Durante los ocho años (1980-1988) que duró la guerra irano-iraquí, Jamenei, como Presidente de la República, se desplazó en numerosas ocasiones al frente de batalla y se opuso a que las tropas de Irán penetraran en el país vecino. En conversación aparte, tras una entrevista con este periodista, en febrero de 1983, tildó a Saddam Hussein de “criminal de guerra” y negó rotundamente la posibilidad de establecer negociaciones de paz con aquel. La contienda se prolongaría cinco años más.

Desde el punto de vista ideológico, el Guía de la República islámica de Irán había ido evolucionando hacia posiciones paulatinamente más autocráticas, según sus adversarios, olvidando algunas de las promesas de avances sociales que prometía cuando era el líder de la plegaria del viernes en la Universidad teheraní. Con su necesaria aquiescencia, ya que ha controlado hasta meses recientes todos los resortes militares, institucionales y reales, del poder en Irán, se produjeron distintas oleadas represivas, señaladamente en 1983, 1986 y 1992 contra los restos de las organizaciones políticas y sindicales supervivientes de anteriores purgas. Ello impidió la eficaz organización política de las numerosas protestas de la sociedad civil iraní, acosada en el interior por la represión a manos de la policía de costumbres, sorollah, autora en septiembre de 2023, entre muchas otras exacciones, de la muerte en comisaría de la joven kurda Masha Amini por no llevar correctamente el velo. Aquel hecho desencadenaría una protesta social insólita y causó más de 600 muertes y 20.000 detenciones.

Las sanciones económicas estadounidenses para yugular la eventual carrera de Irán hacia la adquisición de la bomba atómica, castigaron igualmente a la sociedad iraní, cada vez más desafecta del régimen señaladamente en sus capas sociales medias y entre las mujeres, a las que el régimen reprime cuando muestran rechazo a la imposición de una indumentaria considerada humillante.

Pragmatismo y cautela

Partidario de fomentar las relaciones económicas y militares con China, Alí Jamenei se ha distinguido, en los últimos años, por practicar un pragmatismo cauteloso, tratando de no provocar ataques militares contra Irán por parte de Israel ni de Estados Unidos. Pese a ello, los servicios secretos de Israel se han atribuido el asesinato en noviembre de 2020 de uno de los principales mentores del programa nuclear iraní, Mohsen Farkizadeh y de otros renombrados científico. Asimismo distintos bombardeos por parte de la aviación y drones de Israel, con apoyo estadounidense, descargados contra instalaciones militares y científicas en el país de los persas, como la de Natanz, cercenaron parcialmente el programa nuclear iraní durante la llamada guerra de los doce días, en junio del pasado año.

Empero, quizá la mayor derrota política afrontada por Alí Jamenei consistió en la aniquilación, presumiblemente a instancias de Israel y mediante un dron estadounidense, de Qassem Soleimani, general de la Brigada Al Qods y coordinador de las tropas y guardianes islámicos iraníes destacados en Siria, con ascendiente sobre la organización armada libanesa Hezbollah y supuestos nexos con Hamás.

Soleimani fue abatido en Bagdad en enero de 2021 cuando, con el presumible placet de Washington, trataba de mediar ante manifestantes chiíes concentrados frente a la Embajada de Estados Unidos en la capital iraquí, la más grande de las legaciones norteamericanas en el Medio Oriente. El general asesinado, dado su ascendiente y su prestigio, dentro de una quiniela que contemplaba una evolución del régimen hacia fórmulas políticas no titularizadas por personalidades religiosas, se perfilaba como heredero político de Alí Jamenei, cuya sucesión desencadenaría entonces y cabe que desencadene aún hoy agudas luchas en el interior del régimen, si éste sobrevive como tal a la actual situación prebélica.

La autonomía política y, señaladamente, económico-financiera adquirida por los Guardianes Islámicos, Pasdarán, podría llegar a convertir la lucha sucesoria en una confrontación declinante hacia la guerra civil, con Pasdarán enfrentado al Artesh, el ejército regular, los dos polos de la insólita bicefalia militar iraní; desde luego, siempre y cuando no se rompa, como parece haberse roto de hecho, la hasta ahora irrompible alianza entre el lumpen proletariado, mostazaffin, y el Bazar, la burguesía comercial, que detentan amplias parcelas del poder, militar-policial, el primero y económico-financiero, el segundo, respectivamente y se configuran, todavía, como el principal soporte social del régimen islámico.

Un primer chispazo de esta ruptura de la alianza básica del régimen iraní se consumó a partir del pasado mes de diciembre, con la huelga de bazaríes contra la inflación, la devaluación del rial y la desastrosa gestión económica del país, incentivada por las sanciones estadounidenses y, formalmente europeas, por la supuesta prosecución del programa nuclear iraní del cual Alí Jamenei ha sido, en verdad, mentor oculto. Por primera vez en los 47 años del régimen islámico, la represión de las protestas enfrentaron al Bazar y al lumpenproletariado militarizado, erosionando gravemente así sus vínculos.

Otro golpe político sufrido por Alí Jamenei había sido la muerte en mayo de 2024, en un oscuro accidente de helicóptero, de Ebrahim Raisi, presidente de la República, así como la del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Hossein Amir Abollahian, cuando regresaban ambos de inaugurar una presa fronteriza en Azerbayán, país vecino septentrional de Irán. Se especuló con que la muerte de ambos pudiera haber sido resultado de un atentado. A Raisi, singularizado por haber firmado miles de ejecuciones, fuentes opositoras lo identificaban como futuro Guía y sucesor de Sayed Alí Jamenei, candidato alternativo a Qassem Soleimani, muerto en Bagdad tres años antes.

Ejemplo de una radicalidad doctrinaria ahormada por la prudencia política y por el victimismo resiliente y milenarista del islamismo duodecimano, Jamenei ha sabido sobrenadar por encima de las numerosas facciones del poder clerical chiíta; algunas asociaciones semisecretas, como la denominada al grupo hodjatieh, cobraron una relevancia extraordinaria contando con su aquiescencia, pero siempre contenida en límites que el propio dirigente trazaba.

Sangre en las calles

Los últimos y sangrientos acontecimientos de los pasados meses de diciembre y enero, con miles de muertos por armas de fuego, desencadenados tras la defección del Bazar de su adscripción al régimen en protesta por la postración económica del país, se agregan a las crecientes presiones populares a favor de la secularización que afloraron tras el asesinato de la joven kurda Masha Amini y que echaron a las calles a millones de iraníes, señaladamente mujeres. Las pulsiones secularizantes antislamistas son interpretadas como la principal erosión en la legitimidad del régimen que, junto a la rotura de la alianza básica del Bazar y las fuerzas paramilitares y parapoliciales, más la resaca de una represión sin precedentes en las calles y con un eco de indignación internacional igualmente insólito, afronta desafíos existenciales.


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