[Diario El Mundo / Luis Suanzes] Cuando un ciudadano piensa en la democracia la asociación inmediata son urnas o derechos. Cuando lo hace un filósofo, la Grecia clásica. Cuando lo hacen un politólogo o un sociólogo lo primero que les viene a la cabeza no es un concepto o una abstracción, sino un nombre: Robert Dahl. Erudito, sabio y maestro de generaciones de científicos sociales, Dahl falleció el jueves a los 98 años, en paz y rodeado de su familia. Con él, y tras la muerte de Juan Linz, se cierra una era en la política y en Yale, donde fueron una institución.
Bob Dahl fue uno de los grandes politólogos del siglo XX, junto a Almond, Lipset o los que aún le sobreviven, Verba, Liphjart, Sartori o Duverger. Suyo es el mérito de la popularidad alcanzada por conceptos como el de poliarquía y algunos de los comentarios y libros más certeros sobre el poder y la democracia.
Nacido en Inwood, un pueblo diminuto de Iowa, en 1915, antes de cumplir los 10 se fue a Alaska. De sus años de juventud recordaba el placer de la lectura, la vida en la naturaleza más salvaje y el trabajo en los muelles para pagarse la universidad. Esfuerzo que le hizo madurar y le puso en contacto con los movimientos sindicales. Se definía entonces como socialista en la estela del reverendo Norman Thomas, eterno candidato rojo a la presidencia.
Se licenció en la Universidad de Washington y obtuvo su doctorado en Yale en 1940. Durante la Segunda Guerra mundial ocupó puestos de escritorio en el War Production Board, pero después se alistó y combatió, ganando una Estrella de Bronce. En 1946, regresó a Yale, la que fue su casa hasta el final.
Dahl respetaba a los clásicos, pero pensó que era hora de pasar página. Que la idea y la teoría sobre la democracia que seguía en el vértice de la pirámide no se ajustaba a la realidad de las instituciones que la componían desde el siglo XVI en adelante. Dahl popularizó la expresión poliarquía para hablar de los sistemas actuales. Pensaba que era necesario distinguirlos del sentido clásico, ideal e idealizado de democracia, y ajustarse a algo más concreto, con un sistema complejo y partidos políticos modernos.
Se rebeló contra lo que consideraba una visión extremadamente simple del poder, en la línea de Mosca, Pareto o Wright Mills. Su perspectiva, publicada en una obra maestra, Who Governs?, en 1961, sobre el microuniverso de New Heaven, defendía que no existe una clase dominante cerrada y con intereses únicos, una casta diríamos hoy, sino que existen grupos heterogéneos, cambiantes, competitivos. Con diferencias y desigualdades, pero abiertos a las oportunidades y el progreso.
Dahl escribió mucho y dejó discípulos por todo el mundo. Defendió la democracia sobre el papel ante demagogos y simplificadores, y la criticó en la realidad ante oportunistas y nostálgicos de la ilusión. Creía en las elecciones, pero exigía más: censos universales, transiciones pacíficas y poder político de verdad para los ciudadanos. Recelaba de los poderes fácticos y advertía contra la desigualdad, pero creía en el mercado como contrapeso.
Veneró a los maestros, pero no vaciló a la hora de bajarse de los hombros de los gigantes para ver, desde el suelo, con mucha más claridad. Arremetió, contra la «profunda ignorancia» de los padres fundadores por ignorar a las mujeres, tolerar esclavos y dejar una Constitución en la que las partes más complicadas de modificar son, justo, las menos democráticas.
Dahl se mojó toda su vida. Tomó partido, lideró la revolución en los campus y en el papel. Aprendió y enseñó. Se equivocó y rectificó. Vio desvanecerse la era de los imperios, sufrió en guerras impensables y vio irse, poco a poco, todo lo que amó. Pero sobrevivió, como la democracia. No es perfecta, nunca lo fue. Pero del fuste torcido de la humanidad, ¿qué otra cosa mejor puede nacer?
Robert Dahl, politólogo, nació en Iowa (EEUU) en 1915 y murió en Connecticut (EEUU) el 6 de febrero de 2014 .
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junio 22nd, 2016 → 02:57
[…] Obituario: Robert Dahl, prócer de la democracia / Luís Suanzes […]