por Daniel Link Fuente: Radar Libros Página 12
VIERNES
Querido Michel Foucault:
Una cosa es la disciplina, decís en Defender la sociedad, y otra cosa es la soberanía. También insistís en invertir el aforismo de Clausewitz: no es que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, sino que la política es la guerra librada por otros medios
(“La ley no nace de la naturaleza, junto a los manantiales que frecuentan los primeros pastores; la ley nace de las batallas reales, de las victorias, las masacres, las conquistas que tienen su fecha y sus héroes de horror”).
El mapa que trazabas no servía para descubrir algún tesoro –como sí lo eran La arqueología del saber (1969), “La vida de los hombres infames” (1977) o el “Prefacio a la transgresión” (1963), que memorizábamos como si se tratara de poemas. Venías a decirnos que hacían falta mapas estratégicos, mapas de combate, porque estábamos en guerra permanente (y la paz era, en ese sentido, la peor de las batallas, la más solapada y la más mezquina). El terreno estaba minado por el enemigo: había que tener un gran cuidado.
Porque insististe en desarrollar un cierto activismo político en relación con las prisiones y sus efectos sobre el cuerpo de los delincuentes, muchos de nosotros fuimos a las cárceles, a ver, a escuchar, a hablar. ¿Pensábamos encontrar a nuestro propio Pierre Rivière? Ibamos como si fuéramos la avanzada de un ejército disperso en una guerra nunca declarada. Yo estuve en la cárcel de San Nicolás y sentí miedo y asco cuando pude comprobar la forma en que la disciplina (y también la soberanía) operaban sobre esos cuerpos. Vos ya lo sabías, yo tuve que aprenderlo.
Después conociste Estados Unidos, California, la democracia que había fascinado a Tocqueville. La doctrina de la corrección política te acosaba (¡tan luego a vos!) para que hablaras de tu sexualidad e hicieras públicas tus “inclinaciones”. Con qué repugnancia habrás recibido esas demandas que no hacían, en última instancia, sino volverte víctima del dispositivo que vos mismo habías descripto y descalificado. Uno de tus biógrafos, James Miller (La pasión de Michel Foucault, 1992) intentó sostener el relato de tu vida a partir de tu muerte, víctima del sida. Insinuaba que seguiste teniendo relaciones sexuales “descuidadas” luego de conocer tu diagnóstico, fatal en ese entonces. Insinuaba que tus últimos textos debían leerse en relación con la fascinación que las prácticas sadomasoquistas habían despertado en vos. Ya no te disfrazabas de Carmen Miranda sino de Tom de Finlandia.
No es que Miller no te quisiera tanto como nosotros; es que no entendía los mapas, se equivocaba en la comprensión del alcance de la guerra que estabas sosteniendo y se ponía del lado de la moral que, vos lo sabías, Nietzsche ya había desmontado para siempre. ¿Cómo ibas vos, que estabas tanto más allá, que eras prácticamente un nuevo Sartre, a ser acusado de “faltas” a la corrección política?
Hay que reprocharte, eso sí, tu impaciencia, tu ansiedad, tu indisciplina. Diez años después te hubieras contagiado de todos modos, pero habrías sobrevivido como un mutante conectado para siempre a la máquina farmacológica. ¿Habrías aceptado esa mutación o habrías emprendido un nuevo viaje a los Tahumaras? No lo sé. Pero, si estuvieras vivo, sé que yo seguiría teniendo los mejores mapas de la escuela. O, al menos, la esperanza de tener a quien pedírselos.
Descubre más desde Sociología crítica
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.









Posted on 2014/01/13
0