Texto: «Sobre diez grandes relaciones» / Mao Tse-Tung

Posted on 2011/07/14

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Fuente: UCM [Discurso pronunciado el 25 de abril de 1956 por  Mao Tse-tung en una reunión ampliada del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China. En este discurso, el camarada Mao Tse-tung, sacando lecciones de la experiencia soviética y resumiendo la experiencia china, expuso las diez grandes relaciones en la revolución y la construcción socialistas y formuló las ideas básicas para la línea general de edificación del socialismo según el principio de cantidad, rapidez, calidad y economía, línea que concuerda con las condiciones de nuestro país.]


Durante los últimos meses, el Buró Político del Comité Central ha escuchado informes de trabajo de treinta y cuatro departamentos centrales de la industria, la agricultura, el transporte, el comercio, las finanzas, etc., y ha advertido en ellos algunos problemas relativos a la edificación socialista y las transformaciones socialistas. Se trata, en síntesis, de diez problemas, de diez grandes relaciones.

Estos diez problemas se plantean teniendo como eje una orientación fundamental: movilizar todos los factores positivos de dentro y de fuera del país para ponerlos al servicio de la causa socialista. En el pasado, a fin de acabar con la dominación del imperialismo, el feudalismo y el capitalismo burocrático y conseguir la victoria de la revolución democrática popular, seguimos ya la orientación de movilizar todos los factores positivos. Esta es la misma que actualmente seguimos para llevar adelante la revolución socialista y la construcción de un país socialista. Sin embargo, existen en nuestro trabajo algunos problemas que es preciso abordar. Algo que merece especial atención son ciertos defectos y errores existentes en el proceso de la edificación socialista de la Unión Soviética, que últimamente han salido a la luz. ¿Desea uno repetir los recodos que ellos transitaron? En el pasado, pudimos evitar ciertos recodos gracias justamente a que tomamos en cuenta sus experiencias y lecciones, y ahora con mayor razón debemos escarmentar en cabeza ajena.

¿Cuáles son los factores positivos de dentro y de fuera del país? Dentro del país, los obreros y los campesinos constituyen la fuerza fundamental. Las fuerzas intermedias son fuerzas que podemos ganar. En cuanto a las fuerzas reaccionarias, aunque representan un factor negativo, no debemos dejar de hacer un buen trabajo para convertir, hasta donde sea posible, lo negativo en positivo. En el plano internacional, debemos unirnos con todas las fuerzas unibles, trabajar porque se tornen neutrales las que aún no lo son, e incluso disgregar y utilizar fuerzas reaccionarias. En una palabra, debemos movilizar todas las fuerzas, directas e indirectas, en favor de la lucha por transformar a China en un poderoso país socialista.

Abordaré a continuación los diez problemas.

I. LA RELACIÓN DE LA INDUSTRIA PESADA CON LA INDUSTRIA LIGERA Y LA AGRICULTURA

La industria pesada es el sector prioritario en la edificación de nuestro país. Es preciso dar preferencia al desarrollo de la producción de los medios de producción; esto ya está determinado. Sin embargo, ello no implica en absoluto que podamos restar importancia a la producción de medios de subsistencia, sobre todo de cereales. Sin una cantidad suficiente de cereales y de otros artículos de necesidad diaria es imposible, como primera cosa, asegurar la subsistencia de los obreros; en ese caso, ¿de qué desarrollo de la industria pesada podría hablarse? De ahí que sea indispensable tratar correctamente: la relación entre la industria pesada, de un lado, y la industria ligera y la agricultura, del otro.

En el tratamiento de esta relación, no hemos cometido errores de principio; hemos trabajado mejor que la Unión Soviética y algunos países de Europa Oriental. En nuestro país no existen problemas corno el que se presentó en la Unión Soviética, donde la producción cerealera no pudo alcanzar, durante largo tiempo, el nivel más alto de antes de la Revolución de Octubre, o como aquellos serios problemas surgidos en algunos países de Europa Oriental a causa del grave desequilibrio entre el desarrollo de la industria ligera y el de la pesada. Ellos ponen unilateralmente el acento en la industria pesada y descuidan la agricultura y la industria ligera, lo que ha provocado la escasez de productos en el mercado y la inestabilidad de la moneda. Nosotros, en cambio, prestamos una mayor atención a la agricultura y a la industria ligera. Siempre hemos dedicado energías a la agricultura y la hemos desarrollado, lo que ha asegurado en buena medida el abastecimiento de cereales y de materias primas para el desarrollo industrial. Disponemos de existencias más o menos cuantiosas de artículos de amplio consumo, y son estables los precios y la moneda.

La cuestión que actualmente se nos presenta es la de introducir apropiados reajustes en la proporción correlativa de las inversiones en la industria pesada, de un lado, y la agricultura y la industria ligera, del otro, imprimiendo un mayor desarrollo a estas dos últimas. ¿Significa esto que la industria pesada dejará de ser lo principal? No. Seguirá siéndolo, permanecerá como el sector prioritario para las inversiones. Sin embargo, debe aumentar en cierta medida la cuota de inversión para la agricultura y la industria ligera.

¿Qué resultado dará ese aumento? En primer lugar, se abastecerá mejor al pueblo de lo necesario para su subsistencia y, en segundo, se acelerará la acumulación de fondos, lo que permitirá desarrollar aún más y mejor la industria pesada. Es cierto que esta última también acumula fondos, pero, dadas nuestras condiciones económicas de hoy, la industria ligera y la agricultura dan una acumulación mayor y más rápida.

Aquí surge un interrogante: ¿Desea uno verdaderamente o sólo en apariencia, con vehemencia o sin ella, el desarrollo de la industria pesada? Si lo desea sólo en apariencia, o sin vehemencia, lo que hará es golpear a la agricultura y la industria ligera y reducir las inversiones en estas ramas. Si, en cambio, lo desea verdaderamente, o con vehemencia, atribuirá importancia a la agricultura y la industria ligera, procurando que haya más cereales y más materias primas para la industria ligera, más Fondos de acumulación y, por consiguiente, una cantidad mayor de fondos en el futuro para inversiones en la industria pesada.

Podemos optar entre dos métodos en el desarrollo de la industria pesada. Uno es comunicar un desarrollo algo menor a la agricultura y la industria ligera, y el otro, imprimirles un desarrollo algo mayor. Miradas las cosas a largo plazo, el primer método redundará en un desarrollo menor y más lento de la industria pesada o, en el mejor de los casos, en una insuficiente solidez de sus cimientos, lo que aparecerá como una desventaja cuando se resuman las cuentas al cabo de unos decenios. El segundo método, en cambio, permitirá desarrollar en mayor medida y más rápidamente la industria pesada y dotarla, además, de cimientos más sólidos para su desarrollo, ya que asegurará al pueblo lo necesario para su subsistencia.

II. LA RELACIÓN ENTRE LA INDUSTRIA DE LA COSTA Y LA INDUSTRIA DEL INTERIOR

En el pasado, la industria de. China se concentró en la costa. Por costa se entienden Liaoning, Jopei, Pekín, Tientsín, el Este de Jonán, Shantung, Anjui, Chiangsú, Shanghai, Chechiang, Fuchién, Kuangtung y Kuangsí. Aproximadamente un 70 por ciento de la industria ligera y de la industria pesada del país está ubicado en la costa, y sólo un 30 por ciento en el interior. Se trata de un estado de cosas irracional, producto del desarrollo histórico. Es preciso utilizar plenamente las bases industriales costeras, pero, a fin de balancear la distribución geográfica de la industria en el curso de su desarrollo, se debe desenvolver enérgicamente la industria del interior. En el problema de la relación entre uno y otro aspecto, tampoco hemos cometido graves errores; sin embargo, en los últimos años hemos subestimado en cierta medida la industria de la costa y no hemos prestado suficiente atención a su desarrollo, fenómeno que debe cambiar.

Años atrás, la guerra de Corea todavía en curso y la gran tirantez de la situación internacional no podían sino dejarse sentir en nuestra manera de estimar la industria costera. Ahora, es de suponer que no va a estallar en un futuro próximo una nueva guerra de agresión contra China ni una nueva guerra mundial, de modo que podemos contar con un período de paz de diez años o algo más. En estas condiciones, sería incorrecto no utilizar plenamente la capacidad instalada y la fuerza técnica de la industria costera. Aun en el caso de que sólo dispusiéramos de cinco años, para no hablar de diez, deberíamos consagrar cuatro años a desarrollar debidamente la industria en la costa, y la trasladaríamos en el quinto, cuando estallara la guerra. En la industria ligera, según los datos que poseemos, la construcción de fábricas y su acumulación de fondos se logran en general con bastante rapidez. En los cuatro años posteriores a su puesta en completa explotación, además de recuperar las inversiones hechas en su construcción, cada fábrica gana lo suficiente para montar tres, dos, una o, por lo menos, media fábrica. ¿Por qué no hemos de hacer una cosa tan ventajosa? Considerar que la bomba atómica se cierne ya sobre nuestras cabezas amenazando con caer dentro de unos segundos, es una apreciación que no corresponde a la realidad, y es incorrecto adoptar, sobre esta base, una actitud pasiva hacia la industria de la costa.

Eso no quiere decir que todas las nuevas fábricas deban construirse en la costa. Sin duda alguna, la mayor parte de las nuevas empresas industriales deben ubicarse en el interior, con vistas a balancear gradualmente la distribución geográfica de la industria y a facilitar los preparativos para enfrentar una guerra. Pero también en la costa se puede construir cierto número de nuevas fábricas y minas, algunas de las cuales incluso pueden ser grandes. En cuanto al ensanchamiento y reconstrucción de las empresas de la industria ligera y pesada de la costa, hasta ahora hemos hecho algo, y en adelante debemos dar un fuerte impulso a ese trabajo.

Utilizando y desarrollando como es debido la vieja base industrial, ubicada en la costa, poseeremos una fuerza todavía mayor para desarrollar y apoyar la industria del interior. Una actitud pasiva al respecto impediría su rápido desarrollo. Por tanto, de lo que aquí se trata es asimismo de desear verdaderamente o sólo en apariencia el desenvolvimiento de la industria del interior. Si uno lo desea verdaderamente y no sólo en apariencia, debe utilizar y desarrollar aún más la industria de la costa, sobre todo la ligera.

III. LA RELACIÓN ENTRE LA CONSTRUCCIÓN ECONÓMICA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA DEFENSA NACIONAL

No se puede prescindir de la defensa nacional. Actualmente nuestra capacidad defensiva ha llegado ya a un determinado nivel. A través de la Guerra de Resistencia a la Agresión Norteamericana y en Ayuda a Corea, así como del proceso de entrenamiento y consolidación de los últimos años, nuestro ejército se ha fortalecido y es ahora algo más poderoso que el Ejército Rojo soviético de antes de la Segunda Guerra Mundial y, además, ha mejorado su armamento. Está en vías de construcción nuestra industria de defensa. Ya hemos comenzado a construir aviones y camiones, que no supimos construir nunca antes, desde que Pan Ku separó el cielo de la tierra.

Aún no tenemos la bomba atómica. Pero, en otro tiempo, tampoco teníamos aviones ni cañones, y fue con mijo más fusil con lo que vencimos a los imperialistas japoneses y a Chiang Kai-shek. Ahora somos más poderosos que antes, y lo seremos aún más en el futuro; no sólo tendremos una mayor cantidad de aviones y cañones, sino también la bomba atómica. Esta es una cosa de la que en el mundo de hoy no podemos prescindir si no queremos ser atropellados. ¿Qué hacer entonces? Una solución segura es reducir, en una proporción adecuada, los gastos militares y administrativos y aumentar las asignaciones para la construcción económica. Sólo acelerando esta última puede avanzar todavía más la construcción de la defensa.

En la III Sesión Plenaria del VII Comité Central del Partido, celebrada en 1950, ya planteamos la tarea de simplificar el aparato estatal y disminuir los gastos militares y administrativos, considerándola como una de las tres condiciones para lograr un mejoramiento Fundamental de la situación financiera y económica del país. En este Primer Plan Quinquenal, los gastos militares y administrativos representan un 30 por ciento de los gastos presupuestarios del Estado. Ese porcentaje es excesivo. Hay que reducirlo a un 20 por ciento aproximadamente durante el Segundo Plan Quinquenal, a fin de poder asignar una mayor cantidad de fondos para montar más fábricas y construir más máquinas. Así, al cabo de algún tiempo, no sólo dispondremos de gran número de aviones y cañones, sino que, probablemente, tendremos nuestra propia bomba atómica.

Aquí se presenta también un interrogante: ¿Desea uno verdaderamente y con gran ardor la bomba atómica, o sólo es tibio y no ardiente ese deseo? Si la desea verdaderamente y con gran ardor, reducirá el porcentaje de los gastos militares y administrativos y dedicará más recursos a la construcción económica. Si no la desea verdaderamente ni con gran ardor, seguirá la vieja rutina. Este es un problema que concierne a la orientación estratégica, y espero que la Comisión Militar lo discuta.

¿Estaría bien que desmovilizáramos ahora a todos los soldados? No. Porque todavía existen enemigos, que nos atropellan y cercan. Debemos fortalecer nuestra defensa y, a ese efecto, fortalecer en primer lugar nuestra construcción económica.

IV. LA RELACIÓN ENTRE EL ESTADO, LAS UNIDADES DE PRODUCCIÓN Y LOS PRODUCTORES

Es preciso tratar correctamente estas dos relaciones: la relación entre el Estado y las Fábricas y cooperativas y la que existe entre las fábricas y cooperativas y los productores. Por ello, no se debe tomar en consideración sólo un sector, sino simultáneamente los tres: el Estado, la colectividad y el individuo, o como solíamos decir antes, «tener en cuenta tanto al ejército como al pueblo» y «tener en cuenta tanto los intereses públicos como los individuales». En vista de la experiencia soviética y de la nuestra, en adelante es necesario resolver este problema de manera todavía mejor.

En el caso de los obreros, a medida que se eleva la productividad de su trabajo, se debe mejorar gradualmente sus condiciones de trabajo y los servicios de bienestar colectivo. Siempre hemos abogado por la vida sencilla y la lucha dura y nos hemos opuesto a colocar por encima de todo los intereses materiales personales; al mismo tiempo, siempre hemos preconizado la necesidad de preocuparse por las condiciones de vida de las masas y combatido la burocrática actitud de indiferencia ante sus necesidades. Conforme se desarrolla la economía nacional en su conjunto, es preciso introducir apropiados reajustes salariales. A este respecto, se ha decidido, en fecha reciente, efectuar ciertos aumentos, principalmente para los que trabajan en la base, para los obreros, a fin de disminuir la distancia entre los salarios altos y los bajos. En nuestro país los salarios en general no son altos; sin embargo, los obreros viven mucho mejor que en el pasado, debido, entre otras cosas, a la mayor cantidad de gente con empleo y a los precios reducidos y estables. Bajo el Poder proletario, los obreros han mantenido siempre un grado muy alto de conciencia política y de entusiasmo en el trabajo. Cuando, a finales del año pasado, el Comité Central exhortó a combatir la desviación conservadora derechista, las masas obreras respondieron con calurosas muestras de apoyo; en tres meses de dura lucha, han sobrepasado, contra lo acostumbrado, los planes para el primer trimestre del presente año. Debemos fomentar vigorosamente su espíritu de lucha dura y, al mismo tiempo, prestar mayor atención a la solución de los problemas acuciantes con que tropiecen en su trabajo y en su vida.

Aquí conviene hablar un poco del problema de la independencia de cada fábrica bajo dirección unificada. Por lo visto, es inadecuado concentrarlo todo en manos de las autoridades centrales o provinciales y municipales, sin dejar a las fábricas ni un mínimo de atribuciones, ni un mínimo espacio de maniobra, ni los más pequeños beneficios. La cuestión de qué atribuciones y beneficios deben corresponder al Poder central, a los poderes provinciales o municipales y a las fábricas, es algo que debemos estudiar, pues no tenemos mucha experiencia al respecto. Por principio, unificación e independencia constituyen una unidad de contrarios. Tanto la unificación corno la independencia son necesarias. Por ejemplo, en este momento estamos reunidos, lo que significa unificación; pero una vez levantada la reunión, unos saldrán a pasearse, otros se irán a leer y otros a comer: he aquí la independencia. Si, en lugar de permitir que cada cual goce de esta independencia levantando la reunión, la prolongáramos por tiempo indefinido, ¿no nos moriríamos todos? Lo que es cierto para un individuo, lo es también para una fábrica u otra unidad de producción. Cada unidad de producción debe gozar de determinada independencia vinculada con la unificación; sólo así podrá desarrollarse con mayor vivacidad.

Hablemos ahora de los campesinos. Nuestras relaciones con ellos siempre han sido buenas, pero cometimos un error en el problema cerealero. En 1954, algunas zonas del país vieron menguada su producción a consecuencia de inundaciones; pese a ello, aumentamos en 7.000 millones de jin los acopios estatales de cereales. Este aumento, sumado al descenso de la producción, llevó las cosas a tal punto que, durante la primavera del año pasado, en muchas partes casi toda la gente tenía en los labios el problema cerealero y en todos los hogares se hablaba del monopolio estatal de venta de cereales. Los campesinos se quejaban, y había también muchas quejas dentro y fuera del Partido. Es cierto que buen número de los que se quejaban lo hacían exagerando deliberadamente los hechos y aprovechando la ocasión para atacarnos, pero no se puede decir que no tuviéramos insuficiencia alguna. El hecho de que, por falta de investigación y por desconocimiento del estado real de las cosas, aumentáramos los acopios en 7.000 millones de jin, fue precisamente una deficiencia nuestra. Descubrimos esa deficiencia y, en 1955, redujimos en 7.000 millones de jin los acopios y, además, adoptamos el «sistema de tres fijaciones»[1], esto es, fijamos las cifras de rendimiento, de acopio y de venta. La disminución de los acopios, sumada a la abundante cosecha que obtuvieron, permitió a los campesinos tener en sus manos más de 20.000 millones de jin adicionales de granos. De este modo, hasta los campesinos que se habían quejado dijeron: «¡Qué bueno es el Partido Comunista!» Esta lección la debe tener presente todo el Partido.

Los procedimientos que se adoptan en la Unión Soviética representan un estrujamiento muy duro para los campesinos. Mediante prácticas tales como el llamado sistema de entregas obligatorias[2], se les quita demasiados productos, y a precios bajísimos. Este método de acumulación ha mellado de manera sumamente grave el entusiasmo de los campesinos en la producción. Se quiere que la gallina ponga más y más huevos, pero no se le da grano; al caballo se le exige correr veloz, pero no se le da pienso. ¿Hay en el mundo una lógica como ésta?

A diferencia de la política de la Unión Soviética para con los campesinos, la nuestra contempla tanto los intereses del Estado como los de los campesinos. Nuestro impuesto agrícola siempre ha sido más o menos liviano. En el intercambio entre los productos industriales y los productos agrícolas, seguimos la política de reducción de la «apertura de tijeras», de intercambio equivalente o casi equivalente de valores. Nuestros acopios de productos agrícolas se efectúan a precios normales, sin causar perdidas a los campesinos; además, los precios de compra van aumentando poco a poco. En el abastecimiento de artículos manufacturados a los campesinos, aplicamos la política de vender en gran cantidad y con tasas bajas de utilidad y de estabilizar o reducir apropiadamente los precios, al par que, generalmente, subsidiamos en algo las ventas de cereales a los campesinos de las zonas que tienen déficit de ellos. Pero, incluso así, es posible que por negligencia incurramos en tales o cuales errores. En vista de los graves errores de la Unión Soviética en este problema, debemos prestar aún mayor atención al tratamiento correcto de la relación entre el Estado y los campesinos.

Hay que tratar también de manera acertada la relación entre la cooperativa y los campesinos. Es preciso fijar apropiadamente, de los ingresos de la cooperativa, los porcentajes que corresponden al Estado, a la cooperativa y a los campesinos, así como la forma en que deben sacarse dichas cantidades. La parte que corresponde a la cooperativa va toda a parar directamente al servicio de los campesinos. La necesidad de los gastos de producción salta a la vista; los gastos de administración también son necesarios; los fondos de acumulación colectiva son para la reproducción ampliada, y los fondos de bienestar público, para el mejoramiento de las condiciones de vida de los campesinos. Pero hay que fijar, previo estudio con los campesinos, un porcentaje razonable para cada renglón. Debemos hacer lo posible por mermar los gastos de producción y de administración. También los fondos de acumulación colectiva y de bienestar público deben sujetarse a cierto control, pues no hay que esperar que se materialice todo lo deseable en un solo año.

Salvo que se produzcan calamidades naturales excepcionales, debemos procurar que, sobre la base del incremento de la producción agrícola, aumenten cada año, en cierta medida, los ingresos del 90 por ciento de los miembros de las cooperativas, y que se mantengan sin variación los ingresos del restante 10 por ciento; en caso de que disminuyan, hay que buscar cuanto antes una solución.

En resumen, se debe dar consideración a los intereses tanto del Estado como de las fábricas, tanto del Estado como de los obreros, tanto de las fábricas como de los obreros, tanto del Estado como de las cooperativas, tanto del Estado como de los campesinos y tanto de las cooperativas como de los campesinos, y no hay que limitarse a considerar sólo uno de los dos términos. Considerar cualquiera de esos términos aisladamente es desfavorable para el socialismo y la dictadura del proletariado. Este es un problema de importancia vital para los seiscientos millones de habitantes del país y es menester educar una y otra vez en este sentido a toda la militancia y a todo el pueblo.

V. LA RELACIÓN ENTRE LAS AUTORIDADES CENTRALES Y LAS AUTORIDADES LOCALES

La relación entre las autoridades centrales y las locales constituye también una contradicción. Para solucionarla, debemos preocuparnos, actualmente, de ampliar un tanto las atribuciones de las autoridades locales, concederles una mayor independencia y permitirles más actividades, con sujeción a la premisa de consolidar la dirección unificada de las autoridades centrales. Esto será más ventajoso para la construcción de un poderoso país socialista. Nuestro país es tan inmenso, su población tan numerosa y sus condiciones tan complejas, que la iniciativa procedente de ambos lados, del nivel central y del nivel local, resultará mucho mejor que la procedente de un solo lado. No debemos, como se hace en la Unión Soviética, concentrarlo todo en manos de las autoridades centrales y maniatar rígidamente a las autoridades locales privándolas de todo derecho de acción independiente.

Si las autoridades centrales necesitan desarrollar la industria, también lo necesitan las autoridades locales. Incluso las industrias subordinadas directamente a las autoridades centrales tienen que contar con la colaboración de las autoridades locales. La agricultura y el comercio necesitan todavía más apoyarse en los esfuerzos locales. En resumen, para desarrollar la construcción socialista es indispensable hacer valer la iniciativa local. Si se quiere consolidar la dirección a nivel central, es preciso tener en cuenta los intereses locales.

Actualmente, decenas de manos intervienen en los asuntos locales, dificultando su manejo. Cada ministerio, una vez creado, se pone a hacer la revolución y, para hacerla, imparte órdenes. Como a los ministerios no les conviene emitir órdenes a los comités provinciales del Partido ni a los comités populares provinciales, establecen un vínculo directo con los departamentos provinciales y municipales correspondientes, y les dictan órdenes todos los días. Aunque ni el Comité Central del Partido ni el Consejo de Estado conocen esas órdenes, ellas son presentadas como procedentes del nivel central y ejercen una fuerte presión sobre las autoridades locales. El papeleo de requerimientos y encuestas llega a tal cantidad que se desborda en calamitosa inundación. Esta situación debe cambiar.

Debemos promover el estilo de trabajo consistente en consultar con las autoridades locales. El Comité Central siempre consulta con las autoridades locales en el manejo de los asuntos, y nunca se precipita a dar órdenes sin antes intercambiar ideas con ellas. Esperamos que todos los departamentos centrales tengan esto muy presente y que no den órdenes sin previa consulta y acuerdo con las autoridades locales siempre que se trate de asuntos relacionados con ellas.

Los departamentos centrales pueden ser clasificados en dos tipos. Del primer tipo son aquellos cuya función dirigente cubre hasta las mismas empresas y cuyas oficinas administrativas y empresas ubicadas en distintos lugares están sometidas a la supervisión de las autoridades locales. Del otro tipo son aquellos cuya misión consiste en formular lineamientos rectores y elaborar planes de trabajo, dejando las tareas concretas a cargo de las autoridades locales.

Para un país tan extenso y un partido tan grande como los nuestros, es un problema de gran importancia el tratamiento correcto de la relación entre las autoridades centrales y las locales. Algunos países capitalistas también prestan mucha atención a este problema. Su sistema social es radicalmente distinto del nuestro, pero, aun así, la experiencia de su desarrollo es digna de estudio. En cuanto a nuestra propia experiencia, el sistema de grandes regiones administrativas que aplicamos en los primeros años de la República Popular fue una necesidad en aquel entonces, pero tuvo deficiencias, que más tarde fueron explotadas hasta cierto punto por la alianza antipartido de Kao Kang y Yao Shu-shi. Luego se acordó abolir esas grandes regiones y subordinar directamente las provincias al Poder central, decisión que fue correcta. Pero a partir de esto se llegó a suprimir la independencia necesaria de las autoridades locales, y el resultado no fue tan satisfactorio. Nuestra Constitución estipula que el poder legislativo está concentrado en el nivel central. No obstante, las autoridades locales, conforme a las circunstancias y las necesidades del trabajo, pueden elaborar normas, reglamentos y disposiciones, siempre que no vayan en contra de la orientación de las autoridades centrales; esto no lo prohibe la Constitución. La unificación es necesaria, pero también lo es la particularización. A fin de construir un poderoso país socialista, se requiere una fuerte dirección central unificada, una planificación y disciplina unificadas a escala nacional; no se permite socavar esa indispensable unificación. Pero, al mismo tiempo, se hace preciso poner en pleno juego la iniciativa local y permitir que cada localidad tenga algo que le sea particular y que concuerde con sus propias condiciones. Esta particularidad no es la que propugnó Kao Kang, sino la que se hace imprescindible para los intereses de conjunto y para reforzar la unificación nacional.

Hay otro problema, que es el de la relación entre unas autoridades locales y otras. Me refiero aquí, principalmente, a la relación entre instancias locales superiores e inferiores. Si las provincias y municipios se quejan de los departamentos centrales, ¿no tendrán quejas las prefecturas, distritos, territorios y cantones respecto de las autoridades provinciales y municipales? Las autoridades centrales deben velar por que se despliegue la iniciativa de las autoridades provinciales y municipales, y éstas, a su vez, hacer otro tanto respecto de las prefecturas, distritos, territorios y cantones; ni las unas ni las otras deben meter a las instancias inferiores dentro de marcos demasiado rígidos. Por supuesto, hay que dar a conocer a los camaradas de los niveles inferiores cuáles son los asuntos en que hace falta la unificación, evitando que cada uno vaya por su lado. En resumidas cuentas, la unificación debe imperar donde sea posible y necesaria, y no imponerse forzadamente donde no lo sea. Siempre que se trate de una independencia legítima, de poderes legítimos, cada provincia, municipio, prefectura, distrito, territorio y cantón deben gozar de ellos y luchar por su consecución. Esta lucha por los poderes, que tiene como punto de partida los intereses del país en su conjunto, que no es una lucha en aras de intereses seccionalistas, no debe ser calificada de localismo ni de pretensión de «independizarse».

La relación entre diferentes provincias y municipios es también una relación entre unas autoridades locales y otras, y asimismo hay que tratarla correctamente. Un principio que siempre preconizamos es el de tomar en consideración el interés general, ayudarse y hacerse concesiones recíprocas.

En lo que se refiere a la solución del problema de la relación entre las autoridades centrales y las locales y entre unas autoridades locales y otras, nuestra experiencia aún no es rica ni madura; espero que ustedes estudien y discutan esto concienzudamente y que, al cabo de cada período, hagan un resumen de su experiencia para desarrollar las conquistas y superar las deficiencias.

VI. LA RELACIÓN ENTRE LA NACIONALIDAD JAN Y LAS MINORÍAS NACIONALES

En lo que respecta a la relación entre la nacionalidad jan y las minorías nacionales, nuestra política es bastante prudente y goza en buen grado de la aprobación de éstas. Ponemos el acento en el combate al chovinismo de gran jan. Hay que combatir también el nacionalismo local, pero éste, por lo común, no es el blanco principal.

En nuestro país, las minorías nacionales no representan una población numerosa, pero están asentadas en grandes extensiones territoriales. Desde el punto de vista demográfico, los janes son abrumadoramente mayoritarios, pues constituyen el 94 por ciento de la población. Sería muy malo que practicaran el chovinismo de gran jan, discriminando a las minorías nacionales. Ahora bien, ¿quiénes ocupan más tierras? Las minorías nacionales, que ocupan del 50 al 60 por ciento de la superficie. Solemos decir que China tiene grandes extensiones de tierras con ricos recursos naturales y una población numerosa. En realidad, es la nacionalidad jan la que tiene una «población numerosa» y son las minorías nacionales las que poseen «grandes extensiones de tierras con ricos recursos naturales»; por lo menos en lo que se refiere a los recursos del subsuelo, son muy probablemente las minorías nacionales las que poseen «ricos recursos naturales».

Cada una de las minorías nacionales ha hecho contribuciones a la historia de China. Que los janes sean tan numerosos se debe, entre otras cosas, al prolongado mestizaje entre muchas nacionalidades. En el pasado, los gobernantes reaccionarios, sobre todo los de la nacionalidad jan, levantaron toda clase de barreras entre las diversas nacionalidades y atropellaron a las minorías nacionales. Las consecuencias de todo esto no son fáciles de liquidar en corto tiempo ni siquiera dentro del pueblo trabajador. Esto hace necesario que eduquemos amplia y permanentemente tanto a los cuadros como a las masas populares en el espíritu de nuestra política proletaria sobre la cuestión nacional y que nos preocupemos por examinar de modo constante cómo marchan las relaciones entre la nacionalidad jan y las minorías nacionales. Ya se efectuó hace dos años un examen en este sentido, y ahora es preciso hacerlo una vez más. Si se descubre algo anormal, hay que darle una solución seria y no dejar que el asunto se quede en las palabras.

Es menester estudiar a fondo el problema de cuáles son el sistema de administración económica y el sistema financiero más apropiados para las zonas de minorías nacionales.

Debemos ayudar sincera y activamente a las minorías nacionales a desarrollar su construcción económica y cultural. En la Unión Soviética, son sumamente anormales las relaciones entre la nacionalidad rusa y las minorías nacionales; es preciso que de allí saquemos las debidas lecciones. El aire del espacio, los bosques de la tierra y las riquezas del subsuelo son todos importantes elementos, indispensables para la construcción del socialismo, pero ningún factor material puede ser explotado y aprovechado sino por el factor hombre. Debemos trabajar porque haya buenas relaciones entre la nacionalidad jan y las minorías nacionales y consolidar la unidad entre ellas para edificar nuestra gran patria socialista con los esfuerzos de todos.

VII. LA RELACIÓN ENTRE EL PARTIDO COMUNISTA Y LOS PARTIDOS NO COMUNISTAS

¿Qué es mejor: que haya un solo partido o varios partidos? Por lo que hoy parece, es preferible que haya varios. Esto no sólo es válido para el pasado, sino que puede serlo también para el futuro; significa coexistencia duradera y supervisión mutua.

En nuestro país, siguen existiendo los numerosos partidos democráticos que se formaron durante la resistencia al Japón y la lucha contra Chiang Kai-shek y que se componen principalmente de elementos de la burguesía nacional y de su intelectualidad. En este punto, nuestra situación difiere de la que existe en la Unión Soviética. De manera consciente permitimos que subsistan los partidos democráticos, les brindamos oportunidades para expresarse y aplicamos para con ellos la política de unidad y lucha. Debemos unirnos con todas las personalidades democráticas que nos hagan críticas de buena fe. Debemos continuar estimulando el entusiasmo de aquellos elementos de espíritu patriótico que pertenecieron a los círculos militares y políticos kuomintanistas, tales como Wei Li-juang y Weng Wen-jao. Incluso a los que nos hacen ataques, como es el caso de Lung Yun, Liang Shu-ming, Peng Yi-ju y otros, debemos asegurarles la subsistencia y permitirles que nos ataquen, rebatiendo lo que haya de infundado y aceptando lo que haya de razonable en sus ataques. Esto es más ventajoso para el Partido, el pueblo y el socialismo.

Puesto que subsisten en China las clases y la lucha de clases, es imposible que no exista la oposición en una u otra forma. Aunque todos los partidos democráticos y las personalidades democráticas sin partido han expresado que aceptan la dirección del Partido Comunista de China, entre ellos hay mucha gente que, en realidad, constituye una oposición en diferente grado. En diversos problemas, como el de «llevar la revolución hasta el fin», el movimiento de resistencia a la agresión norteamericana y en ayuda a Corea y la reforma agraria, ellos estuvieron y a la vez no estuvieron en la oposición. Respecto a la represión de la contrarrevolución, hasta hoy siguen poniendo reparos. Decían que el Programa Común era inmejorable y no querían una constitución de tipo socialista, pero cuando salió el proyecto de Constitución, todos ellos levantaron la mano en señal de aprobación. Es frecuente que las cosas se conviertan en su contrario; esto ocurre también con la actitud de los partidos democráticos frente a muchos problemas. Ellos son oposición y a la vez no lo son, y con frecuencia pasan de la oposición a la no oposición.

Tanto el Partido Comunista como los partidos democráticos surgieron en el proceso histórico. Todo lo que surge en el proceso histórico desaparece en el mismo proceso. Así, tarde o temprano desaparecerá el Partido Comunista y, de igual modo, los partidos democráticos. ¿Es esta desaparición algo tan desagradable? A mi modo de ver, será muy agradable. Me parece realmente estupendo el día en que el Partido Comunista y la dictadura del proletariado pierdan su razón de ser. Nuestra tarea es justamente impulsar el proceso, de modo que su desaparición advenga más pronto. De esto ya hemos hablado muchas veces.

Pero, en la actualidad, son imprescindibles el partido proletario y la dictadura del proletariado y, aún más, es indispensable continuar fortaleciéndolos. De lo contrario, no es posible reprimir la contrarrevolución, oponer resistencia al imperialismo ni construir el socialismo y, aun si se logra construir éste, no es posible consolidarlo. De ningún modo «se ha anticuado», como afirma cierta gente, la teoría de Lenin acerca del partido proletario y la dictadura del proletariado. Esta dictadura no puede menos que revestir un fuerte carácter coercitivo. No obstante, hay que combatir el burocratismo y la hipertrofia administrativa. Propongo que se proceda a una drástica simplificación del aparato del Partido y del gobierno reduciéndolo a un tercio, siempre que esto no implique la muerte de nadie ni la parálisis del funcionamiento de ese aparato.

Sin embargo, la simplificación del aparato del Partido y del gobierno no significa que queramos deshacernos de los partidos democráticos. Espero que ustedes dediquen algunos esfuerzos al trabajo de frente único, para que mejoren las relaciones entre ellos y nosotros y se active hasta donde sea posible su entusiasmo, poniéndolo al servicio del socialismo.

VIII. LA RELACIÓN ENTRE LA REVOLUCIÓN Y LA CONTRARREVOLUCIÓN

¿Qué factor representa un contrarrevolucionario? Representa un factor negativo, un factor destructivo, una fuerza opuesta a los factores positivos. ¿Puede cambiar o no un contrarrevolucionario? Desde luego, los contrarrevolucionarios recalcitrantes no cambiarán nunca. Pero, dadas las condiciones de nuestro país, la mayor parte de los contrarrevolucionarios cambiarán en uno u otro grado. Gracias a que hemos adoptado una política correcta, buen número de contrarrevolucionarios ya han sido transformados en no contrarrevolucionarios, e incluso una parte de ellos han hecho algunas cosas útiles.

Se debe afirmar los siguientes puntos:

Primero. Hay que afirmar que fue necesario el movimiento de represión a los contrarrevolucionarios desarrollado en 1951 y 1952. Existe una opinión según la cual ese movimiento pudo no haberse efectuado. Esta opinión es errónea.

Los métodos de tratamiento a los contrarrevolucionarios son: ejecución, prisión, vigilancia y concesión de libertad. Ejecución, todos sabemos en qué consiste. Prisión significa reclusión de los contrarrevolucionarios para su transformación por medio del trabajo físico. Vigilancia significa dejarlos en el medio social para su transformación bajo el control de las masas. Concesión de libertad significa no arrestar, por regla general, a aquellos cuyo arresto sea optativo, o poner en libertad a los arrestados que se hayan comportado bien. Es menester tratar de manera diferenciada a los elementos contrarrevolucionarios según el caso de que se trate.

Ahora me limitaré a hablar de la ejecución. En ese movimiento de represión a los contrarrevolucionarios, se ejecutó a cierto número de personas. ¿Qué clase de gente eran? Eran contrarrevolucionarios que habían amontonado deudas de sangre y a quienes las masas odiaban a muerte. En una gran revolución de seiscientos millones de personas, si no hubiésemos dado muerte a esos «tiranos del Este» y «tiranos del Oeste», el pueblo no habría podido levantarse. De no haberse procedido a esa represión, las masas no estarían de acuerdo con la política de clemencia que hoy adoptamos. Ahora hay quienes, al oír decir que Stalin se equivocó en ejecutar a alguna gente, afirman que nosotros hemos matado también equivocadamente a aquellos contrarrevolucionarios; éste es un juicio incorrecto. Reviste un significado práctico en el momento actual reafirmar que fue del todo correcto ajusticiar a esas personas.

Segundo. Hay que afirmar que aún existen contrarrevolucionarios, pero que su número se ha reducido considerablemente. A raíz del surgimiento del caso de Ju Feng, se hizo necesario investigar y sacar a la luz a los contrarrevolucionarios. Hay que continuar poniendo al descubierto a aquellos que permanecen ocultos. Se debe afirmar que hay todavía un pequeño número de contrarrevolucionarios, que siguen llevando a cabo diversas actividades contrarrevolucionarias de zapa, como matar bueyes, incendiar cereales, hacer sabotajes en fábricas, robar información y pegar consignas reaccionarias. Por eso, no es correcto decir que todos los contrarrevolucionarios han sido liquidados y que se puede dormir a pierna suelta. No debemos relajar jamás la vigilancia mientras exista la lucha de clases en China y en el mundo. Pero tampoco es exacto decir que todavía quedan muchos contrarrevolucionarios.

Tercero. En adelante, debemos hacer menos arrestos y dictar menos ejecuciones en la represión a los contrarrevolucionarios del ámbito social. Dado que éstos son objeto directo del rencor de las masas, que los odian a muerte, todavía es necesario ejecutar a unos pocos. En lo que concierne a la mayoría de ellos, se los debe enviar a las cooperativas agrícolas para que participen en la producción bajo vigilancia y se transformen a través del trabajo físico. Sin embargo, aún no podemos declarar que no ejecutaremos a ninguno; no podemos abolir la pena capital.

Cuarto. En las entidades oficiales, los centros docentes y el ejército, el trabajo de investigar y sacar a la luz a los contrarrevolucionarios infiltrados allí, debe atenerse firmemente a la política iniciada en Yenán, esto es, la política de no ejecutar a ninguno y eximir de arresto a la mayor parte. Corresponde a las entidades oficiales afectadas esclarecer a fondo los casos de los contrarrevolucionarios cuyos crímenes están confirmados con pruebas fehacientes, sin necesidad de que los departamentos de seguridad pública, los departamentos de fiscalización y los tribunales los arresten, incriminen y enjuicien. De cada cien contrarrevolucionarios, tratamos de la manera antedicha a más de noventa. Esto es lo que se llama eximir de arresto a la mayor parte. En cuanto a la ejecución, no ejecutaremos a ninguno.

¿Qué tipo de personas son las que no ejecutamos? Son personas como Ju Feng, Pan Jan-nien y Yao Shu-shi, e incluso criminales de guerra prisioneros como el emperador Pu-yi y corno Kang Tse. La razón de que nos abstengamos de ajusticiarlos no es que no hayan cometido crímenes que les hagan merecedores de la pena capital, sino que hacerlo no reporta ninguna ventaja. Si ejecutáramos a uno de ellos, la gente compararía con él a un segundo y un tercero, de modo que rodarían muchas cabezas. Este es el primer punto. Segundo, existe la posibilidad de matar equivocadamente. La historia demuestra que una vez caída una cabeza, no hay cómo volver a unirla al cuerpo, y que con ella tampoco ocurre lo que con los puerros, que vuelven a crecer luego de cortados. Si cortamos equivocadamente una cabeza, no hay manera de rectificar el error, aunque lo deseemos. Tercero, al ejecutar a un contrarrevolucionario se elimina una prueba. Para la represión a los contrarrevolucionarios, se requieren pruebas. Un contrarrevolucionario suele ser prueba viviente de otro. Pueden presentarse casos en que tengamos que acudir a sus servicios. Pero si lo eliminamos, posiblemente no encontraremos nunca la prueba, lo que sólo favorecerá a la contrarrevolución y no a la revolución. Cuarto, ejecutarlos no contribuye: 1) al incremento de la producción, 2) a la elevación del nivel científico, 3) a la eliminación de las «cuatro plagas», 4) al robustecimiento de la defensa nacional y 5) tampoco a la recuperación de Taiwán. Sólo nos acarreará la fama de que matamos prisioneros, y ésta ha sido siempre una triste fama. Otro punto es que los contrarrevolucionarios en las entidades oficiales son diferentes de los del ámbito social. Estos últimos cabalgan sobre las espaldas del pueblo, mientras que aquéllos están en cierta medida alejados de las masas y, aunque han contraído deudas ante el pueblo en general, son pocas las víctimas directas de sus crímenes. ¿Qué perjuicio puede traer el no ejecutar a ninguno de ellos? A aquellos que son aptos para el trabajo físico debemos transformarlos por este medio, y a los que no, sustentarlos. Los contrarrevolucionarios son desechos, alimañas, pero podemos hacer que presten algún servicio al pueblo una vez atrapados.

Ahora bien, ¿es necesario consignar una cláusula legal declarando que no se ejecutará a ningún contrarrevolucionario infiltrado en las entidades oficiales? No, no hay necesidad de hacerlo público, pues se trata de una política interna nuestra, y basta aplicarla de hecho en la medida de lo posible. Si alguien arrojase una bomba y acabara con todos los presentes en esta sala, o con la mitad, o con un tercio, ¿debería ajusticiárselo o no? Claro que sí.

La aplicación de la política de no ejecutar a ninguno en lo que respecta a la eliminación de los contrarrevolucionarios en las entidades oficiales, no nos impide tomar una seria actitud hacia los elementos contrarrevolucionarios. Antes bien, nos previene de cometer errores irremediables y, en el caso de que cometamos errores, nos deja la posibilidad de corregirlos; además, coadyuva a tranquilizar a mucha gente y a evitar la desconfianza entre los camaradas del Partido. Ya que no ejecutamos a esos contrarrevolucionarios, debemos asegurarles el sustento. Debemos dar a todos ellos la posibilidad de ganarse la vida, de modo que tengan oportunidad de enmendarse. Esta manera de proceder contribuirá tanto a la causa del pueblo como a nuestro prestigio internacional.

La represión a la contrarrevolución aún nos exige un trabajo arduo; no debemos aflojar los esfuerzos. En adelante, junto con seguir aplastando a los contrarrevolucionarios del ámbito social, debemos continuar investigando y sacando a la luz a todos los contrarrevolucionarios infiltrados en las entidades oficiales, los centros docentes y el ejército.

Debemos establecer una clara distinción entre nosotros y el enemigo. Todos sabemos perfectamente el serio peligro que significaría para la causa socialista y la dictadura del proletariado permitir que el enemigo se colara en nuestras filas y, lo que sería peor, en nuestros organismos dirigentes.

IX. LA RELACIÓN ENTRE LO CORRECTO Y LO ERRÓNEO

Tanto dentro como fuera del Partido, debemos distinguir claramente lo correcto de lo erróneo. Cómo tratar a las personas que han cometido errores es una cuestión importante. La actitud acertada hacia los camaradas que se han equivocado debe ser la de seguir el principio de «sacar lecciones de los errores pasados para evitarlos en el futuro, y tratar la enfermedad para salvar al paciente», ayudarles a corregir sus errores y permitirles continuar haciendo la revolución. En el pasado, cuando estaban en la dirección los dogmáticos encabezados por Wang Ming, nuestro Partido erró a ese respecto al asimilar el lado negativo del estilo de trabajo de Stalin. En el contexto social, ellos rechazaron a las fuerzas intermedias y, dentro del Partido, no permitieron que otros rectificaran sus errores y siguieran haciendo la revolución.

La verdadera historia de A Q es un buen relato. A los camaradas que ya lo leyeron les aconsejo que lo lean de nuevo, y a los que no, que lo hagan con detenimiento. En su relato, Lu Sin describe principalmente a un campesino atrasado y huérfano de conciencia política. Hay, en particular, un capítulo titulado «Prohibido hacer la revolución», en que el autor relata cómo el Falso Diablo Extranjero no permitía a A Q participar en la revolución. En realidad, lo que significaba revolución para A Q no era más que cogerse, como cualquiera, unas cuantas cosas ajenas. Pero el Falso Diablo Extranjero no le permitió hacer ni siquiera esta clase de revolución. A mi modo de ver, en este sentido alguna gente se parecía bastante al Falso Diablo Extranjero. No permitía hacer la revolución a aquellos que habían cometido errores, ni trazaba una línea de demarcación entre éstos y los contrarrevolucionarios, y llegó incluso a matar a algunos de ellos. Esta lección la debemos tener presente. No está bien prohibir, en el marco de la sociedad, que otros participen en la revolución, y tampoco prohibir, dentro del Partido, que se enmienden los camaradas que han cometido errores.

Algunos dicen que hay que observar si los camaradas que han cometido errores los corrigen o no. Yo diría que no basta con observar, sino que se les debe ayudar a corregir. Esto quiere decir: por un lado, observar y, por el otro, ayudar. Todos necesitan ayuda; la necesitan los que no han cometido errores y, con mayor razón, aquellos que los han cometido. Se podría decir que nadie es infalible; quien más, quien menos, todos cometemos errores. Cuando alguien ha caído en error, es preciso ayudarle. Limitarse a observarlo es una actitud pasiva; hay que crear todo tipo de condiciones para ayudarle a corregir. Debemos distinguir claramente lo correcto de lo erróneo, pues las controversias de principio dentro del Partido son un reflejo en su seno de la lucha de clases en la sociedad y no admiten ninguna ambigüedad. Es normal que, según el caso de que se trate, se hagan críticas adecuadas y bien fundamentadas a los camaradas que han cometido errores, e incluso se desplieguen contra ellos luchas en la medida de lo necesario; esto se hace con el fin de ayudarles a enmendarse. Negarse a ayudar a los camaradas que han caído en falta e incluso alegrarse de sus males es una actitud sectaria.

Para hacer la revolución, mientras más gente, mejor. De aquellos que se han equivocado, excepto una exigua minoría que insiste en sus errores pese a reiteradas advertencias, la mayoría puede corregirse. Así como los que han padecido tifoidea quedan inmunes a ella, quienes han cometido errores cometerán menos, siempre y cuando sepan sacar las debidas lecciones. En cambio, aquellos que no han cometido errores están propensos a incurrir en ellos, pues les es Fácil andar con el rabo erguido. Debemos tener presente que cuando imponemos un correctivo extremado a quienes se equivocan, esto frecuentemente se vuelve en contra nuestra. Kao Kang intentó levantar una piedra para golpear a otros, pero terminó derribándose a sí mismo. Si tratamos benévolamente a quienes han cometido errores, podemos ganarnos el corazón de la gente y unirnos con los demás. Un criterio para juzgar si una persona tiene buena o mala intención frente a los camaradas que se han equivocado, es ver si adopta la actitud de ayudarles o una actitud hostil.

El principio de «sacar lecciones de los errores pasados para evitarlos en el futuro, y tratar la enfermedad para salvar al paciente», es un principio orientado a unir a todo el Partido; debernos adherirnos firmemente a él.

X. LA RELACIÓN ENTRE CHINA Y EL EXTRANJERO

Hemos lanzado la consigna de aprender de los demás países, y creo que hemos hecho bien. Los dirigentes de algunos países no quieren plantear esta consigna, e incluso se muestran temerosos de hacerlo. Para lanzar tal consigna se necesita un poco de coraje, coraje para desprenderse de la pose histriónica.

Debemos admitir que cada nación tiene sus puntos fuertes, pues de otra manera, ¿cómo habría podido subsistir?, ¿cómo habría podido desarrollarse? Al mismo tiempo, cada nación tiene sus puntos débiles. Hay quienes consideran que el socialismo es tan maravilloso que no adolece ni de un ápice de deficiencia. ¿Cómo puede ser esto? Debemos reconocer que siempre existen dos aspectos: uno positivo y otro negativo. Los secretarios de célula de nuestro Partido y los jefes de compañía y de pelotón de nuestro ejército, al resumir sus experiencias diarias, acostumbran todos señalar en sus libretas los dos aspectos de las cosas: lo positivo y lo negativo. Si ellos saben que las cosas tienen dos aspectos, ¿por qué nosotros hablamos de uno solo? Siempre habrá dos aspectos, aun luego de transcurridos diez mil años. En el futuro habrá dos aspectos correspondientes a su tiempo; los hay también en el presente; cada individuo tiene sus propios dos aspectos. En síntesis, siempre hay dos aspectos y no uno solo. Decir que no existe más que uno, significa que sólo se conoce una cara de la moneda.

Nuestra línea de conducta es asimilar los puntos fuertes de las demás naciones y países, asimilar todo lo verdaderamente positivo en los dominios de la política, la economía, la ciencia, la tecnología, la literatura y el arte. Sin embargo, debemos aprender con un espíritu analítico y crítico, y no de manera ciega, no copiarlo todo ni aplicarlo mecánicamente. Por supuesto, no debemos asimilar los puntos débiles y defectos de otros.

Esta es también la actitud que debemos adoptar ante las experiencias de la Unión Soviética y demás países socialistas. En el pasado, algunos de los nuestros no comprendían esto claramente y asimilaron también los puntos flacos. En el momento en que llegaron a la convicción de que lo aprendido era formidable, esas cosas ya habían sido desechadas en su lugar de origen. Y entonces dieron una voltereta como Sun Wu-kung, el Rey Mono. Valga esto como ejemplo: En otro tiempo, algunos afirmaban que habíamos cometido un error de principio al crear un ministerio de cultura y un buró de cinematografía, cuando lo que había en la Unión Soviética era un ministerio de cinematografía y un buró de cultura. Pero, para sorpresa suya, un poco más tarde la Unión Soviética creó, al igual que nosotros, un ministerio de cultura. Hay algunos que nunca analizan nada; simplemente siguen el viento. Hoy sopla un viento del Norte, y ellos se hacen partidarios del viento del Norte. Mañana vendrá un viento occidental, y entonces se harán partidarios del viento occidental. Más tarde, cuando venga otra vez el viento del Norte, se harán de nuevo partidarios del viento del Norte. Ellos no tienen una sola opinión propia, y con frecuencia van de un extremo a otro.

En la Unión Soviética, aquellos que anteriormente elevaron a Stalin a una altura de cien mil metros, ahora lo han rebajado de un solo golpe a noventa mil metros por debajo del suelo. En nuestro país, también hay quienes bailan al compás de ellos. El Comité Central considera que Stalin tiene un 30 por ciento de errores y un 70 por ciento de méritos y que, en su conjunto, es un gran marxista. Con base en esta apreciación fue como escribimos «Sobre la experiencia histórica de la dictadura del proletariado». Es más o menos apropiada esta apreciación, que se fundamenta en la proporción de 3 a 7. Stalin cometió algunos errores con relación a China. De él provinieron tanto el aventurerismo de «izquierda» de Wang Ming en la última fase de la Segunda Guerra Civil Revolucionaria como su oportunismo de derecha en la fase inicial de la Guerra de Resistencia contra el Japón. En el período de la Guerra de Liberación, Stalin comenzó por prohibirnos hacer la revolución afirmando que si estallaba una guerra civil, la nación china se encontraría bajo la amenaza de la ruina. Iniciada la guerra, creyó sólo a medias en nuestra fuerza. Al triunfo de la guerra, tuvo la sospecha de que la nuestra era una victoria al estilo Tito y ejerció, en los años 1949 y 1950, una presión muy grande sobre nosotros. No obstante, consideramos que él tuvo un 30 por ciento de errores y un 70 por ciento de méritos. Esta apreciación es justa.

En materia de ciencias sociales, de marxismo-leninismo, debemos continuar estudiando con ahínco lo que hay de correcto en Stalin. Lo que debemos estudiar es aquello que pertenece al dominio de las verdades universales, y este estudio debe combinarse con la realidad china. Si introdujéramos cada frase, aunque fuera de Marx, nos meteríamos en un lío tremendo. Nuestra teoría es la integración de la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución china. En un tiempo, algunas personas de nuestro Partido practicaron el dogmatismo, que ya criticamos en ese entonces. Sin embargo, ahora sigue existiendo el dogmatismo. Existe tanto en los círculos académicos como en los económicos.

En las ciencias naturales, estamos bastante atrasados y debemos hacer esfuerzos especiales en aprender de los demás países. Pero, aquí nuestro aprendizaje también debe ser crítico y no ciego. En el campo tecnológico, yo pienso que debemos comenzar imitándolos en la mayoría de los casos; más vale proceder así, pues se trata de cosas que no poseemos ni comprendemos. No obstante, en cuanto a lo que ya tenemos claro, no debemos imitarlos a cada paso.

En lo referente a todo el corrupto sistema y a todas las corruptas ideas y prácticas de la burguesía extranjera, debemos boicotearlos y criticarlos resueltamente. Pero, esto no quita que aprendamos la avanzada ciencia y tecnología de los países capitalistas y lo que hay de científico en sus métodos para la administración de empresas. Las empresas de los países industrialmente desarrollados operan con poco personal y elevada eficiencia y saben hacer negocios. Todo ello debemos aprenderlo concienzudamente y a la luz de nuestros principios, con el objeto de mejorar nuestro trabajo. Ocurre ahora que los que aprendían inglés han dejado de estudiarlo y que las tesis académicas ya no se traducen al inglés, francés, alemán o japonés para fines de canje. Este es otro prejuicio. Rechazar en bloque, sin hacer análisis, la ciencia, la tecnología y la cultura de los demás países, lo mismo que el mencionado fenómeno de transplantar sin análisis todo lo extranjero, no es una actitud marxista, es una actitud desfavorable para nuestra causa.

Considero que China tiene dos deficiencias, que son, al mismo tiempo, dos ventajas.

Primero. En el pasado, China era colonial y semicolonial y no un país imperialista y siempre fue humillada por otros. Nuestra industria y nuestra agricultura no están desarrolladas y el nivel científico y tecnológico nuestro es bajo. Aparte de nuestro vasto territorio, abundantes recursos naturales, numerosa población, milenaria historia, El sueño del pabellón rojo en la literatura, etc., somos inferiores a otros en muchos aspectos, lo cual nos priva de motivos para enorgullecernos. Pero, algunos, por haber sido esclavos durante largo tiempo, se sienten inferiores a los demás en todos los aspectos y no pueden mantener recto el espinazo en presencia de extranjeros. Son como Chia Kui[3] en El templo de Famen, quien, al ser invitado a tomar asiento, dijo que estaba acostumbrado a permanecer de pie y que, por eso, no quería sentares. Al respecto, es necesario hacer algunos esfuerzos por levantar la confianza nacional y por desarrollar el espíritu de «desprecio al imperialismo norteamericano», espíritu que fomentábamos durante el movimiento de resistencia a la agresión norteamericana y en ayuda a Corea.

Segundo. Nuestra revolución Fue tardía. Aunque la Revolución de 1911, que destronó al emperador, ocurrió antes que la revolución rusa, no teníamos en ese entonces un partido comunista, y la Revolución fracasó. La victoria de la revolución popular vino en 1949, con más de treinta años de retardo respecto de la Revolución de Octubre en Rusia. En este particular tampoco hay lugar para que estemos orgullosos. La Unión Soviética es diferente de nosotros, primero, en que la Rusia zarista era un país imperialista y, segundo, en que fue allí donde ocurrió la Revolución de Octubre. Es por eso que muchos soviéticos se muestran sobremanera orgullosos y andan con el rabo muy erguido.

Estas dos deficiencias nuestras son, a su vez, ventajas. En otras ocasiones he dicho que, en primer lugar, somos «pobres» y, en segundo, «desnudos». Al decir «pobres» quiero expresar que no tenemos mucha industria y que nuestra agricultura tampoco está desarrollada. Al decir «desnudos», que somos como una hoja de papel en blanco, puesto que nuestro nivel cultural y científico no es alto. Mirado desde el punto de vista del desarrollo, esto no tiene nada de malo. Los pobres quieren hacer la revolución, mientras es difícil que los ricos quieran hacerla. Los países con un alto nivel científico y tecnológico se comportan con mucho orgullo. Nosotros somos una hoja de papel en blanco, buena para escribir en ella.

Por todo lo dicho, estas dos deficiencias implican ventajas para nosotros. En el futuro, cuando nuestro país se haga próspero y poderoso, todavía debemos perseverar en la posición revolucionaria, ser modestos y prudentes y aprender de otros en vez de andar con el rabo erguido. Debemos aprender de otros no sólo durante el período del Primer Plan Quinquenal, sino continuar haciéndolo hasta después de decenas de quinquenios. Debemos seguir aprendiendo diez mil años más. ¿Qué hay de malo en ello?

He examinado en total diez puntos. Estas diez relaciones son contradicciones. El mundo está hecho de contradicciones. Sin contradicción no existiría el mundo. Nuestra tarea radica en tratar acertadamente estas contradicciones. ¿Podremos o no, en el curso de la práctica, darles una solución enteramente satisfactoria? Debemos, a este respecto, prepararnos para enfrentar una u otra eventualidad. Además, en el proceso de la solución de estas contradicciones encontraremos, ineludiblemente, nuevas contradicciones, nuevos problemas. Sin embargo, como acostumbramos decir, el camino es tortuoso y el porvenir, brillante. Debemos esforzarnos por movilizar todos los factores positivos, directos e indirectos, de dentro y de fuera del Partido y el país, para hacer de China un poderoso país socialista.


NOTAS

[1] Medida aplicada en China a partir de la primavera de 1955. Tomando como base la producción obtenida en condiciones normales, en ese año se determinó una cifra standard de rendimiento por unidad de superficie. Esta era la primera fijación, que servía como criterio para la segunda: la fijación de la cuantía del acopio estatal de granos excedentes de los campesinos. Dicha cuantía debía permanecer invariable durante tres años a pesar de cualquier incremento de la producción. La tercera fijación era la de la cifra de venta. Consistía en la determinación de las cantidades de cereales que el Estado debía suministrar a los campesinos que tenían escasez de ellos. El «sistema de tres fijaciones» estaba destinado a elevar el entusiasmo de los campesinos en la producción.

[2] Esta fue la principal medida aplicada en la Unión Soviética entre 1933 y 1957 para el acopio estatal de productos agrícolas. Los koljoses y las familias campesinas individuales estaban obligados a suministrar anualmente al Estado productos agrícolas en cantidades y a precios irrazonables.

[3] Fiel lacayo de Liu Chin (eunuco que sirvió como dignatario en la dinastía Ming), y uno de los personajes de El templo de Famen, pieza de ópera de Pekín.